• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: LA REVOLUCIÓN EDUCATIVA EN LA AGENDA POLÍTICA. TENSIONES ENTRE LA INCERTIDUMBRE

Por: Fare Suárez Sarmiento.


Las verdaderas transformaciones se empeñan en arrancar de raíz los quistes que tienen a la sociedad sumida en el desamparo. Sustraer la cepa de la infame tesis del sostener el poder para mantener la esterilidad del pensamiento otro, es tarea inaplazable del nuevo gobierno. No hay dudas de que la eutopía del presidente Petro es consustancial con su conciencia de clase. Sí así lo confirman sus actos y mandatos, no podremos esperar un aborto inducido por la resistencia de los sectores políticos, económicos y, por supuesto, élites sociales que forcejean por aferrarse a la sinarquía asumida como un derecho natural de preservación del poder, una donación divina inscrita en la historia de Colombia.


Los nuevos discursos apuntan hacia unas decisiones que retorcerán los viejos cimientos de unos trazados ya envejecidos, destinados a la caldera. Todo señala que aquellos gobiernos que importaban a los especialistas en aras de adecuar las políticas diseñadas por los organismos internacionales, para el sostenimiento de la ideología imperante, no volverán a encumbrarse como falsos y perversos sembradores de una educación equitativa, sin distingos de clase ni credo ni raza. Así lo ha escrito por siempre la burguesía criolla abrazada al poder desde el nacimiento de la república.


La mirada universalista desde lo estructural debe encadenarse con los demás escenarios que conforman el croquis político, el entramado social y, desde luego, el aliento económico. Las políticas públicas educativas tienen que nutrirse de esos pilares. Sólo así podremos debatir acerca de la pertinencia de los objetivos, de los fines y de los principios sobre los que se debe erigir el aparato educativo y cuál debería ser el sistema que mejor los encauce.


A menudo hablamos del ciudadano que la sociedad necesita en términos tan inocentes que alejan cada vez más las posibilidades de una profunda reingeniería pedagógica. La educación no decide lo que debe de aprender un niño o un joven para ganarse la vida. Solo puede descubrir talentos y alimentarlos con motivación asertiva constante. También puede reconocer los límites en los avances deseados y propiciar los escenarios estimulantes para que las diferencias no constituyan un obstáculo en la formación del sujeto.


La vida no está llena de fábricas y empresas que la educación debe poner a funcionar a través de la dotación de mano de obra. Qué haría, entonces, la sociedad con los artistas, los músicos, los pintores, los escritores y todas aquellas vocaciones innatas y talentos heredados, quienes deben tener sus espacios en la escuela.


Más bien pensemos en el maestro, ese sujeto lleno de un saber parcelado que lo enajena de la universalidad del conocimiento. Tal es la causa principal del fracaso de los proyectos y temas denominados transversales. Contenidos ajenos al dominio primario del maestro que lo distancian y desmotivan, puesto sus competencias se reducen a las particularidades que encierran la especialidad que le ofreció el estudio superior. Propuestas de preservación ambiental o de educación sexual, distantes del discurso matemático hallan poco eco en contadores, administradores de empresa, economistas y licenciados en esa área, pero la escuela asume ese trazado curricular sin la debida reflexión acerca de la pertinente inclusión de esos maestros. La involuntaria participación los conduce hacia un desgaste y a un rechazo constante frente a la nueva carga laboral. Extraer de la bitácora cultural el saber ser y activar los principios del currículo oculto para que funciones el saber hacer, distrae y aleja al maestro de su eutopía académica.


Nos embarga la incertidumbre; es cierto. Desarticular todo un dispositivo signado por la tradición y el anclaje en un ciego laicismo, con fuerte intervencionismo en la educación, es tarea difícil. Comprender que cada momento histórico obliga a la sepultura definitiva o transitoria, de las prácticas sociales, expresiones culturales y axiológicas que la dinámica de las revoluciones industriales y las demandas de lo mercado imponen. Los cambios derivados de los avances de la sociedad, no son ralentizados ni detenidos por la nostalgia; al contrario, el pasado ya no toma de tránsito al presente, la velocidad de esos cambios, fuerzan el salto al futuro.


El presente gobierno encontró, como lo han señalado algunos pedagogos importantes, una escuela de siglo XIX albergando a un maestro del siglo XX, lleno de sanos propósitos para formar un hombre del siglo XXI. Lo bueno radica en que el alumno le devuelve al maestro la enseñanza a sumar, a restar y a leer, con el manejo de todos los contenidos del celular. El maestro agradecido porque ya puede, además de llamar y escribir mensajes, navegar a través de los distintos entresijos que le ofrece la nueva tecnología. No es tan sencillo como piensan muchos. Desactivar un sistema donde confluyen intereses políticos y económicos cuyas fuentes de manejo se hallan en el seno del mismo gobierno, será tarea quijotesca.



La entrega de la educación a los actores primarios, dejaría con escasas posibilidades de manipulación de los concursos docentes, por un lado, y de los manejos presupuestarios por el otro. No podría la escuela diseñar un currículo en el que la visión del hombre nuevo sea la prioridad. Para ello, sería necesario revertir la docilidad y sumisión del maestro; tendría la escuela que crear los escenarios participativos donde prevalezcan las contradicciones, las proposiciones y la crítica constructiva. Si no se entrelazan la cultura de la crítica interna con los actos de gobierno escolar, las opciones de cambio mental, no tendrán lugar. De esta manera la sociedad no podrá esperar la formación de un ciudadano que proponga, discuta y critique aquello que sea digno de revisión. La educación no puede seguir resumida al dictado de clase del maestro como su meta. La educación integral, requiere, urge de un maestro total, no con saberes parcelados, ni recetarios académicos que inunden los tableros y saturen los cuadernos de los alumnos. Nos referimos a una formación basada en acuerdos y métodos de enseñanza, en los que tengan cabida todos los estilos de aprendizaje; procedimientos y procesos que incluyan, motiven y den valor a la escuela; que los padres y los hijos la vean como el deseable y único camino de combatir la pobreza. La voz del presidente retumba sin cesar en el imaginario social del país.


Algunos creen que los obstáculos para avanzar en una transformación ética, política, cultural y pedagógica, se erigen con mayor altura, si la oligarquía criolla siente que le arrebatan uno de los estamentos donde más se expresa su poder. Los otros, seguiremos soñando; es decir, esperando.

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