• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: LA PRENSA: ¿CUÁL CUARTO PODER?

Por: Fare Suárez Sarmiento.

A pesar de la crisis del neoliberalismo –aún respira fuerte– todavía brilla el predominio de un mundo capitalista marcado por la desigualdad, que requiere hacer uso del terror e incitación a la guerra para mantenerse en pie. Para ello, precisó la cooptación de los medios de comunicación en todas sus expresiones, alterando el sagrado derecho que tienen los ciudadanos a ser informados de manera equilibrada, imparcial, sin sesgos, ni sentimientos que pudieran afectar la recepción de la narrativa periodística.

Cuando Edmund Burke, en épocas de la Revolución Francesa vislumbró la importancia de un Cuarto Poder, enseguida asoció a la prensa con la búsqueda de las libertades. Más adelante, Marx visualizó a los medios como una fuerza importante para lograr la cohesión y la organización para la lucha política de la clase obrera. Todos los pensadores del entonces asimilaron la prensa como el soporte pedagógico del pueblo en las incipientes sociedades democráticas. De esta manera, empezaron a asumir los medios de comunicación como intermediarios entre la voluntad del pueblo y las instancias de poder; fue una ilusión, una entelequia, aún lo es.

El jugo que extrae la élite de poder del vocablo democracia, reproducido sin vergüenza alguna por los medios, se instala en la conciencia colectiva hasta convertirse en objeto simbólico de preservación del bien social. Nadie sabe qué es, ni qué representa, menos, cuál es el significado que mejor atina en determinada sociedad. En nombre de la democracia los dominantes pueden detraer o infamar cualquier asomo contradictor de lo que ellos han adoptado como democracia. Con mucha ingenuidad los dominados creemos acercarnos a su denotación semántica por el hecho de ser convocados a las urnas en el período electoral. Pocos piensan en la estructura etimológica del término o en la proximidad con los principios de igualdad y libre ejercicio de derechos constitucionales.

Ya lo dijimos, los ostentadores de los poderes de las nacientes democracias invadieron, colonizaron y se apropiaron de los medios de comunicación al reconocerlos como el medio instrumental con la capacidad de ingresar en los hogares y permanecer por tiempo indefinido secuestrando la conciencia de la gente, a partir de estrategias discursivas y fuentes iconográficas que generan confianza y halagan al receptor apelando a sus emociones. La efectividad colonizadora deviene con la imposibilidad de cuestionar, no obstante, el presunto rechazo, las informaciones se comportan como publicidad seductora, red que atrapa y cambia los hábitos más arraigados de los ciudadanos. Al imponer los medios un estilo de vida, una nueva forma de construir héroes y heroínas y de envilecer los existentes proclamados por la historia, moldea también a su antojo el pensamiento de la gente.


Recordemos que en un principio los medios se reconocieron como instancias fiscalizadoras de la gestión pública; el pueblo accedía a informaciones alusivas a las realizaciones de gobierno ligadas a las necesidades de la gente, en una clara expresión de uno de los principios básicos de la democracia como es el desarrollo del plan de acción e inversión social. Como lo expresó Javier Galán: “el periodismo surgió para resolver la escasez de información. Información que era valiosa por su escasez”. En aquel entonces como en el actual, la circulación informativa desde los confines del planeta hasta nuestro morro era privilegio de los medios, vale decir de los propietarios de las empresas de comunicación, quienes deciden qué deben saber los ciudadanos y cuál es forma de presentación más adecuada para eternizar su ignorancia. Los periodistas, avezados operarios desideologizados, instrumentalizan la información para seducir, embriagar, emputar o sencillamente doblegar las voluntades en un sutil dirigismo político e ideológico como protección del patrocinador si se hallare bajo amenaza por cualquier tipo de conflicto.

Los medios nunca serán neutrales (afirmación que será argumentada en la siguiente columna). No tienen por qué serlo; cuando la sociedad se estima cerca de un inminente conflicto, lo que emita la prensa conducirá hacia una dirección u otra, pero no podemos olvidar que esta circunstancia favorecerá a un sector, partido o persona en perjuicio o detrimento de otro (s).

Pero en la actualidad ¿cuál cuarto poder? Tengamos presente el redoble de campanas por la sociedad norteamericana, cuando aquellos imberbes periodistas del diario Washington Post: Bob Woodward y Carl Bernstein, en sus ansias de reconocimiento social, llevaron a cabo la investigación periodística de mayor relieve en la historia política del siglo pasado que produjo un enorme estallido mundial por la consecuente dimisión del presidente Richard Nixon en 1974.

Los republicanos liderados por Nixon extendieron toda una red de corrupción y excesos en el uso del poder que quedó al descubierto en lo que se llamó El Caso de Watergate. Entonces sí hablamos en voz alta de la prensa como cuarto poder, impulsora de grandes cambios, capaz de derrumbar gobiernos, de descubrir y señalar públicamente a los desangradores y violadores de las leyes. Así puede el pueblo confiar en el vocero de sus aspiraciones, en el defensor de sus intereses y en el único ejército formado por una sola voz dotado del don de la omnipresencia, aunque circule en un solo idioma.

Mientras el otrora cuarto poder no salga del puño cerrado de los empresarios con altos intereses en el escenario público, no asistiremos jamás a secuelas semejantes a las que arrojó Watergate; todo lo contrario, los actos de insólita ocurrencia en el peldaño de alta jerarquía política, seguirán el triste camino del amor citado por Héctor Lavoe en el Periódico de Ayer, que nadie más procura ya leer. El olvido será incitado por el borrador de conciencias: la prensa, cuya detestable misión es buscar la nueva información para acelerar la sepultura de la anterior, esa que se convierte en lugar común, aunque resucite cuando las circunstancias la requieran, como un lanza llamas para intentar calcinar las aspiraciones políticas de los poderosos, como los falsos positivos, la repartición del pudín de Agro ingreso seguro, las chuzadas del DAS y un extenso y extenuante vademécum desde donde sonríen los caudalosos latrocinios con sus actores.

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