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PALABRA DE MAESTRO: LA NOSTALGIA DEL PASADO OBSTRUYE LA VISIÓN DEL FUTURO

Por: Fare Suárez Sarmiento.


Le ha costado mucho a nuestro país abandonar la añoranza del pasado. Esa morriña eternizada por los recuerdos nos mantiene aletargados, jugando a las comparaciones entre el ayer y el ahora. Nos hemos aferrado a sus incuestionables bondades, sin percatarnos de que ya no nos pertenecen. Gravitan en nuestra memoria y hacen siesta en los corazones viejos, pero tenemos que dejarlo ir y, tal vez, acercarnos de vez en cuando a las anécdotas para que la nostalgia nos pruebe que sí existe la felicidad. La alegría, la risa, el apodo, el juego sabían burlarse del hambre.


La historia en todos los frentes: político, económico, cultural, convivencial, social y religioso se siembra en la familia y se cosecha a través de los vasos comunicantes de las generaciones. No es la escuela responsable de las distorsiones eventuales sobre los hechos y desechos que rodearon los procesos colonizadores. Los abuelos, con los nietos infantes sobre el muslo extendido, contaban el cuento con relativo deslumbramiento que, sin dudas, competía hasta con el libro religioso más famoso de la época: Flos Sanctorum de Pedro Ribadeneyra, un compendio de las vidas de Cristo y de los santos. Resulta evidente que en cada traspaso de información histórica se imprimía el punto de vista y los sentimientos de las generaciones secuentes, hasta el extremo de generar escepticismo por el contenido del libro Historia de Colombia para la enseñanza secundaria, escrito por el bogotano Gerardo Arrubla, publicado en 1911.


Nuestro pasado expide una carga emocional en la época moderna tanto por la fantasía como por la barbarie, profusamente recreadas por el escritor cataqueño Gabriel García Márquez. El estribillo “todo tiempo pasado fue mejor” pretende ahogar la importancia del desarrollismo, por las terribles consecuencias de devastación, hambre y miseria padecidas en nuestros pueblos, ignorando de hecho, la crueldad y la animalización presentes en la solución de conflictos.


La obsesión por mantener las cosas como han estado siempre acrecienta el culto a la tradición: la añoranza por el tocadiscos, la radiola, el casete, la grabadora, la cámara fotográfica, el teléfono fijo, el café hirviendo con carbón, el sancocho con leña, la tranca como cerrojo de la puerta y los buenos días de puerta en puerta, se resisten a salir de las páginas que invaden las historias de los septuagenarios. Todavía se tienen noticias de familias que sirven las comidas y abren la silla del comedor a la persona fallecida para que su espíritu no abandone el hogar, tal como hacía el expresidente Hugo Chávez, quien en sus reuniones de gabinete dejaba una silla vacía para que el alma del Libertador lo iluminara en sus decisiones.


Nada hay de malo en las reminiscencias del pasado, lo grave es construir muros inescalables que obstruyan la entrada del futuro. Lamentable que pasado y presente se combinen en una fusión inalienable. Un presente cargado de miedo para saltar las distancias que lo separan de la luna, porque la nueva generación le impide salir del presunto confort que abastece los sueños de niños y jóvenes. Los héroes y heroínas que transitaron a través de la colonia y aquellos que se abrogaron la dignidad de la emancipación, a pesar de que no hubo quien hallara sobre nuestro suelo una gota de su sangre, no han abandonado las páginas de la cultura, de la historia, de la religión y de la academia; aún perviven en los diseños de estudios amparados por leyes y decretos paridos de las políticas educativas oficiales.


La generación actual, solo repite lo escuchado y reescribe lo leído sin que los procesos de internalización y luego comprensión, tengan lugar. Ellos son hijos de otras guerras, el dinamismo del mercado plástico los sitúa en cualquier lugar del mundo donde surjan dispositivos que los conviertan transitoriamente en ciudadanos del mundo. No asimilan ni entienden el concepto de héroe/heroína, enyesados sobre los pedestales erigidos por la cuestionada historia. La niñez y la juventud han superpuesto modelos, seres humanos, hombres y mujeres en los cuales observan la posibilidad de llegar a ser y de tener un lugar en el paraíso de la fama y la fortuna, no como la casa que quería hacer Escalona. Aquí yace la conexión estrecha con el presente que tiende los cables para sostener el puente que han de cruzar hacia el futuro. Pero se trata de una entelequia marcada con fecha de caducidad. La experiencia nos demuestra que la fragilidad ideológica de los modelos los convierte en sujetos-objetos creados, manipulados, explotados y luego remplazados o sencillamente, inhumados.


Nuestra hipótesis no expresa la apología a la sepultura de una tradición idiosincrásica, una cultura autóctona forjada por el sufrimiento, endurecida por el atroz derrame de sangre y la devastación inclemente de los pueblos ancestrales. Desde luego que no; solo predica el resguardo de la historia patria en la memoria, sin que obstaculice el camino hacia el futuro. Cuando hablamos de tecnología, evocamos al Japón; si se trata de medir nuestro enano desarrollismo científico, llamamos a los Estados Unidos; si queremos ofender el sistema educativo propio, traemos a la cita a Singapur y Finlandia.


Todavía seguimos creyendo que las bondades del subsuelo garantizarán el crecimiento en todos los órdenes, sin percatarnos de que el verdadero desarrollo deriva de lo que seamos capaces de hacer con la materia prima que brota de esta tierra parturienta de esperanzas. La innovación, desde la siembra de un espíritu creativo, no exige como condición o requisito para el progreso la despensa inagotable del oro, la esmeralda, el petróleo, el carbón y el potencial ingenioso del colombiano. Muchos países no contaron con la bendición de Dios en la repartición de recursos naturales; sin embargo, iluminó el cerebro de sus gentes para que hallaran el único camino con el poder suficiente para derrotar la inercia desarrollista. Irlanda, Taiwán, Luxemburgo y Singapur, entre otros, lucharon con el arma más poderosa para iniciar el proceso de redención de la pobreza de sus pueblos. La educación, como fuente de impulso de la economía del conocimiento del siglo XXI garantiza que un programa de computación puede valer más que miles de toneladas de materias primas. Los países de este lugar del planeta se concentraron en negociar con los frutos de la tierra como petróleo, carbón, minería y productos paridos en el campo. Al mismo tiempo, Corea del Sur y China emprendieron sagaces cruzadas de formación en educación especializada para concebir el mayor número de derivados posibles de esa materia prima, de los cuales surgían productos más refinados y complejos que invadían los mercados del mundo. Esta circunstancia nos dice que la innovación cuando se expresa y traduce en riqueza, deviene de un sistema educativo fundado en la calidad; no medible, a través de evaluaciones de competencias, cuyo referente ha sido el circuito cerrado de los contenidos curriculares; ni cuantificable, a partir del otorgamiento de un valor aritmético como signo estigmático de bueno, regular o malo; hoy, en nuestro país, marcado con los eufemismos excelente, deficiente e insuficiente. En cambio, la calidad de la educación en los países aludidos entra en el plano específico de lo verificable, sin caer en la tendencia resultadista que glorifica la excelencia y sataniza la insuficiencia. La calidad de la educación no es un privilegio de ricos; las políticas educativas expresadas en el eficaz funcionamiento de un sistema pertinente con áreas del saber relevantes facilitan la internacionalización educativa, con pasaporte garantizado para intercambios académicos con Estados Unidos, principalmente. Algunos países como India y Singapur, entre otros tantos, ofrecen becas a grupos de estudiantes extranjeros y envían al exterior a sus niños desde la básica primaria.


Siempre será digno de mención la tenacidad de Singapur para fortalecer su sistema educativo; un país, como es bien conocido, que importa desde los alimentos que consume hasta el agua que bebe. Pero la rapidez y organización con la que asumió la educación, lo llevó a ser considerado como el principal exportador de plataformas petroleras submarinas, al igual que se encuentra entre los mayores productores de servicios de ingeniería y arquitectura del mundo; un país con algo menos de la mitad de la población que tiene la ciudad de Bogotá.


En alguna ocasión, una comisión del gobierno colombiano viajó a Finlandia para conocer in situ las razones de su éxito educativo. Quedaron admirados por las condiciones de las escuelas y la dinámica de las clases, pero llegaron a Colombia y guardaron silencio frente al enorme desafío que significaba alcanzar excelsos niveles de calidad de la enseñanza por la enorme inversión que debía hacer el gobierno para siquiera acercarnos al funcional sistema finlandés. La comisión guardó sepulcral silencio cuando constató que la formación de los docentes era financiada por el Estado hasta los niveles de posdoctorado. Esa era la clave, cuya llave no quería usar el gobierno colombiano para abrir las puertas hacia el desarrollo del país. Con todo lo que habríamos logrado si dicha comisión hubiera traído al país el deseo de aplicar el proverbio chino, entre otras versiones: “If you want to help a man, never give him a fish; teach to him how to fish”.

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