• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: LA HISTORIA DE REOJO EN LA ESCUELA

Por: Fare Suárez Sarmiento.


“La vieja Colombia murió el 9 de abril de 1948: la nueva no ha nacido todavía” Así lo afirma el poeta William Ospina (Pa que se acabe la vaina; p.191). “Desde entonces Colombia sigue despidiendo sus esperanzas en los cementerios y ahora, como un alto símbolo de la época, “no cree en nada “(¿Dónde está la franja amarilla?; p. 31) al aludir a la inmolación de Jorge Eliécer Gaitán, Líder nacional en quien la mayoría de los colombianos (entendidos como innominados) tenía sembrada la ilusión de un presente menos doloroso y de un futuro promisorio que permitiera reconquistar la dignidad, el decoro, el respeto y –sobre todo– la humanización del ser, lanzados al lodazal de la ignominia y del oprobio desde inicios de la República por la oligarquía criolla.


La Nueva Colombia –con menos pesimismo que Ospina– está en camino, necesita con urgencia aliados dinámicos con sangre de patriota que estudien, analicen y asuman la historia local como estímulo académico para escudriñar los hechos y descubrir los protagonistas que han eternizado la ruina económica y moral de nuestro departamento. Para fortuna, contamos con un ejército armado de sueños que añora la libertad y cree en un mañana menos aciago. Hablamos de los niños y jóvenes hospedados en la escuela de la esperanza, templo de saber obligado a desnudar la realidad social y política que ha detenido el desarrollo de la ciudad y ha cauterizado en sus hijos el fervor agonista heredado de los ancestros que aún resisten en la Sierra.


Hasta ahora, nuestra historia local solo ha circulado a través del correo oral. Más de seis generaciones han culminado sus estudios de educación básica, media y universitaria sin añadir a su formación académica los pozos de sangre llenados de los cuerpos perforados por las balas y desmigajados por las motosierras. La última generación apenas se acerca a los hechos dantescos que marcaron al departamento del Magdalena como territorio inhóspito depredado por salvajes llamados eufemísticamente paramilitares.


La inmigración de una familia procedente de la ciudad de Riohacha a comienzos de los años setenta produjo un estremecimiento social en la ciudad de Santa Marta. La vieja costumbre de combatir el calor de las tardes bajo las sombras de los árboles con mecedoras apostadas en las puertas de las casas o sentados en los parques, empezó a fallecer. La hipersomnia había que regresarla a los patios, donde los abuelos usaban las tapas de las ollas como abanicos de mano.


Desde los inicios de los setentas, ya el país sabía de la masacre cruel que ocurría en las estribaciones y faldas de la Sierra Nevada de Santa Marta. La deforestación inmisericorde y el cambio de rumbo de los ríos que la descendían y bordeaban, nos contaban que la marihuana se había empezado a hospedar en los pisos térmicos de la Sierra. La desvergüenza y el descaro custodiaban los más de treinta camiones que cruzaban el centro de la ciudad rumbo al puerto marítimo local. De no ser por el mal empaque de la hierba, hubiera sido difícil determinar el contenido de la carga, porque súbitamente la ciudad quedaba a oscuras y el apagón duraba hasta cuando los camiones llegaban a su destino. El olor que se fugaba por los bultos mal atados, anunciaba la puesta en marcha de lo que se conocía como “embarque”, celosamente escoltado por pandillas de policías bien armados en patrullas oficiales. Luego llegó el anhelado refuerzo para fortalecer el ilícito. Los marimberos se unieron a lo largo del Caribe colombiano y provocaron el ascenso de López Michelsen al poder en 1.974. Las complejidades para traer a Colombia las tulas repletas de dólares, se redujeron gracias a la exoneración de cualquier revisión de las valijas diplomáticas, manoseadas por políticos de alto nivel, como también las maletas de doble fondo.


Con López, la palabra contrabando se fundió para siempre en el museo del diccionario. El licor, el cigarrillo y los juguetes en época navideña, tráfico absoluto de los propietarios de camiones y busetas que eran despachadas desde la Guajira, también fueron cayendo en el olvido. Aquellos inmigrantes de Riohacha de apellidos cruzados y mezclados con el del patriarca Cárdenas, erigieron su emporio en Santa Marta a unos escasos diez metros del cementerio Central nombrado San Miguel. El aroma salado que era devuelto al mar por el viento suave que viajaba desde la Sierra, abandonó los olfatos mayores de las calles cercanas al oligopolio armado. El silbido constante de las balas languidecía los gritos de los vecinos, por aquellos días en que el diálogo de fusiles y ametralladoras entre los Cárdenas y sus enemigos, empecinados en quitarse la vida, también ayudó a divorciar la conversación de las tardes.


La enormidad de riqueza derivada del tráfico de marihuana hacia Estados Unidos, sepultó valores ancestrales éticos y morales, tan dignamente exhibidos por personalidades, gobernantes y familias de reluciente alcurnia. Hasta el rostro del presidente López se ostentaba en una camioneta de propiedad de un mafioso sanguinario.


López legitimó un mercado delictivo que no tardó en ser invadido por todos los sectores de la sociedad colombiana: generales, políticos, empresarios, industriales, magistrados y jueces, se miraban de reojo el crecimiento acelerado de la opulencia familiar. La degradación del tráfico de marihuana no se hizo esperar. Los campesinos sembraban en las laderas y altiplanicies de montañas y vendían la cosecha a los magnates de la droga. Estos la almacenaban en caletas acondicionadas, amparadas por guardaespaldas o policías con armas de última tecnología. Surgieron –entonces– los caleteros o asaltantes de caletas; hecho que incrementó el caudal de sangre de niños, jóvenes y mujeres, muchos de ellos inocentes. El crimen sicarial se vestía de Mariachis, de mujer embarazada, de empleados del servicio de aseo, de vendedores ambulantes, de soldados, de policías y de más. El infierno de Dante se instaló en Santa Marta, como pastiche mediocre del sangriento dominio con el que Pablo Escobar magnetizaba a los antioqueños.


La gente madrugaba para observar al habitual necropsiero desayunando mientras necropsiaba a dos o tres cadáveres al mismo tiempo llevados al lugar por los mismos victimarios. Los jóvenes invadían el anfiteatro y sacaban a los difuntos de sus ropas, antes de que Narciso llenara los baldes con tripas.


Si Escobar había llegado al Congreso de la República, igual fortuna podría tener El señor don Black o su señora en la arena política local. Graciosa anécdota la que rodeó la candidatura de la señora de don Black al Concejo, según la cual, de los mil doscientos votos requeridos, ella compró dos mil para asegurarse, pero con billetes falsos. Habría que arbitrar el grado de timación entre los electores y la candidata porque se ahogó; peor aún, todo indica que hasta los escoltas la engañaron.


Varios casos sonoros de parecida ocurrencia se escuchan aún en Santa Marta, pero apenas han servido de tema de conversación informal. Cuando queremos achacarle la culpa de todos los males de la ciudad a alguien surgen los nombres y las circunstancias que los condujeron a ocupar sillones de élite en los cargos públicos. Han sido tantas y tan variadas las formas de comprar y vender los votos que una reflexión superficial no alcanzaría a cubrir las innumerables estrategias delincuenciales de casi todos los aspirantes a los aparatos que conforman los poderes públicos de la Nación, del departamento y de los municipios, para alcanzar un sitial de honor en las corporaciones públicas.


Pero la inmoralidad más soberana se posa en las paredes de algunas instituciones escolares: los delincuentes de élite procuran que sus nombres aparezcan como padrinaje de la educación tanto pública como privada. Se trata de una cruel grosería e irrespeto a la dignidad y honra de los ciudadanos. Peor aún, no conformes con bautizar la escuela con sus nombres, conquistan el escenario del arte esculpiendo en bronce o piedra o hierro tierno su imagen tamaño natural. ¡Ah! me olvidaba de la ostentación vanidosa que exhiben algunas avenidas, calles, barrios, suburbios, zonas de tolerancia, escenarios deportivos, con los nombres ilustres de quienes han eternizado la división de clase que estrangula las oportunidades de los innominados y los condena a la pobreza perpetua.


Bienvenida una escuela de la esperanza que abandone el letargo y la inercia y traduzca los sueños en –por lo menos– posibilidades, opciones de vida que financien verdaderos proyectos de bienestar familiar y social.

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