• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: EL OTRO POPULISMO

Actualizado: hace 7 días

Por: Fare Suárez Sarmiento.

Resulta difícil ignorar la premisa de Bauman (2013): “aunque hay muchos motivos para la preocupación, no hay ninguno para la desesperación”. Desde luego el escritor polaco-británico (1925-2017) excluyó de su mapa a Colombia, no obstante, el cauce del río de sangre que aquí nace haya alcanzado los rincones más oscuros del planeta. Pero del país, por ahora nos interesa una franja, un pedazo cuya gente embriagada de indiferencia, unos y quejosos de la brisa o del sol, otros, ha venido aplazando la urgente discusión acerca del destino de la ciudad. Siempre nos hemos ufanado de la natural alegría que nos inunda hasta en los sepelios, asumidos como puntos de encuentro para los chistes, o simplemente rasgarles la moral a los difuntos; y es que Santa Marta es el único lugar del mundo donde ningún muerto era bueno. Esa felicidad contagiosa ha valido para que sus habitantes festejen y se emborrachen sin saber siquiera quién es el anfitrión, lo que sí conocen bien es la procedencia de los recursos para exhibir tanta suntuosidad.

“Éramos felices y no lo sabíamos” dice un archivo de WhatsApp donde aparece un grupo de niños jugando con artefactos artesanales: trompos, boliches, carritos de madera, pelota de letras, cometas y muchos otros artilugios que colmaban el arsenal infantil de cada hogar. Así crecimos untados con la sabiduría de los abuelos y bajo el régimen correccional de los adultos, sin importar quiénes trazaban las rutas que habríamos de cursar. Los mayores amenizaban sus discusiones sobre política, deporte o cualquier tema del patio lejos de la presencia de los menores a quienes les estaba prohibido cualquier proximidad. No había medio para saber lo que ocurría más allá de la frontera local, razón para considerar a los maestros y los políticos personajes cargados de sabiduría. Así irrumpió el caudillismo provincial con la figura del todoteniente quien no requería de elocuencia discursiva para doblegar las voluntades, bastaba con el portento de la chequera para comprar el respeto de la gente y garantizar la ceguera y la sordera de la región entera.

Avanzamos un poco en la historia hasta encontrar la figura de Jorge Eliécer Gaitán Ayala, líder político carismático, quien en muchas formas encarna lo que más adelante se asumiría como populismo en el entendido de actitud política con gran capacidad para ejercer la atracción a partir de la elocuencia discursiva persuasiva. Sin embargo, muy pronto el término enfrentaría una elasticidad semántica sin precedentes. Del caudillismo provincial daría el salto cualitativo hacia la representación por un líder carismático dotado de una fuerza integradora y populista con retórica dogmática que recurre al patriotismo para enajenar cualquier indicio conspiratorio. Nos hallamos testificando el pleno auge del populismo; no el de Alán García, ni el de Correa ni el de Chávez. El actual es un populismo desintegrador de instituciones a través de la cooptación de sus representantes, jefes, directores y autoridades, sobre todo en lugares tan aislados del orden político nacional como Santa Marta, donde el populismo ha empezado a convertirse en el eje de la transformación política local tomando como tanques de guerra la descalificación de los contradictores apelando al chantaje moral, la amenaza personal y el descrédito panfletario contra quienes piensan distinto y observan el horror del derrumbe ético y moral de la ciudad.

Al presentarse como los adversarios acérrimos de la tildada élite política liberal, o simplemente de derecha, los políticos populistas han obtenido victorias electorales importantes. Los populistas ridiculizan a los líderes tradicionales -nos ha dicho Jorge Giraldo, 2018- por su incomprensión de lo que en realidad le importa a la gente del común. Prometen a sus electores la oportunidad de retomar el control. En el populista se destacan el líder carismático, como ya se ha expresado, el hombre fuerte, el culto a la personalidad y la desestimación de las instituciones.

La estrategia común de relación con el pueblo es el clientelismo, pues empodera a aquellos dirigentes que gozan de la simpatía y aceptación de los ciudadanos, como los sindicatos, juntas comunales, clubes deportivos y todo grupo que goce del fuero asistencial del gobierno. De ahí que el clientelismo se constituya en la mayor fuente de provisión del populismo.

También nos recuerda Giraldo que el populismo identifica a gobiernos o movimientos tanto democráticos como autoritarios. Al menos en un primer momento el populista es democrático, pues se expresa, organiza y asciende al poder mediante mecanismos institucionales.

El sistema de caudillaje populista suele contar con una etapa inicial exitosa en términos financieros y de aceptación popular, pero con el tiempo llega el desgaste como sucedió con Rojas Pinilla y Uribe Vélez, al igual que podría ocurrir con Trump.

Los mensajes discursivos del populista motivan y convidan a los seguidores al aplauso y la ovación puesto que aluden a la reducción de impuestos, a subir los salarios, a combatir el crimen, a meter a los corruptos a la cárcel, a acabar con la pobreza, sin mencionar siquiera las políticas a implementarse para tal fin, ni los presupuestos asignados. La mayoría de las veces tales anuncios llegan refrendados con estribillos de uso cotidiano por la prensa como castrochavismo, amenaza narcoterrorista, ataque frontal contra el feminicidio o la última moda: cadena perpetua para violadores e infanticidas.

La otra estrategia se basa en el liderazgo personalista admirable que despierta y motiva a una masa heterogénea de seguidores. El contenido se siembra sobre el discurso utópico de solución a los problemas sociales álgidos, donde los acólitos participarían activamente como sujetos que agrupados en movimientos bautizados con nombres altisonantes y banderas coloreadas con tonos brillantes de fácil identificación, multiplicarán exponencialmente el número de seguidores en tiempo muy breve.


El incentivo del populista es incrementar el poder y la intensidad del vínculo con la población al máximo, lo que arroja una tendencia peligrosa, valga decir, como carece de relaciones institucionales, llega a considerarlas con base en la satanización de sus funciones, como amenazas que extienden las limitaciones a su poder. Igual caso se presenta cuando no tiene vínculo institucional con los seguidores, con los cuales procura aumentar su aceptación, a través de la explotación emocional acudiendo a la polarización donde los populistas son los buenos y la oposición los enemigos a quienes hay que aplastar. La tendencia hegemónica de incremento y fortalecimiento del poder, inspira conflictos políticos y sociales de gran calado y trascendencia, puesto que la oposición también responde con agresiones y beligerancia considerables. Resultados: inminente sepultura de la pálida democracia y sectores sociales enfrentados.

La preocupación que brota de experiencias actuales nos invita a una reflexión serena que inspire el debate político, antes de que el caudillismo populista consolide el incipiente régimen autoritario, como la siguiente fase del sistema de gobierno. Los ejemplos abundan y lo peor es que buena parte del pueblo festejaría su instauración si el populismo realmente iniciara una creíble cruzada para destruir la corrupción y reconfigurar las instituciones locales, apuntando hacia el restablecimiento de la confianza de la gente. Pero late un problema; el clientelismo se reconoce como la fuente nutritiva del populismo, sistema que logra el poder hegemónico gracias a las dádivas y beneficios contractuales que recibe la clientela. Inmensa fila de distinguidos profesionales, beneficiarios algunos, que no han descubierto aún la ideología política que sustenta el régimen imperante, en tanto como al buen estilo Chávez hubo alianzas con la oligarquía venezolana y colombiana, trazó estrategias financieras con la ultraderecha argentina, firmó pactos de cooperación con Fidel y los rusos, estableció acuerdos con la guerrilla colombiana. El populismo carece de ideología y de partido, pero sabe enfatizar en las crisis y sujetarse a ellas sin resolverlas. Así preserva su vigencia.

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