• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: EL EJEMPLO DE LOS INDIGNADOS

Por: Fare Suárez Sarmiento.


No hay dudas de que los registros mundiales sobre las acciones de miles de jóvenes refrendan la involución de las políticas públicas y acentúan la indiferencia de los gobiernos frente al crecimiento acelerado de la población apta y competente para incursionar en el mercado de la producción. Pero no todos los recientes eventos multitudinarios han constituido gritos reclamantes de empleo; también estos alzados en voces exigen ser tenidos en cuenta como impulso de las transformaciones políticas y económicas, además del fervor patriótico de expresar su mayoría de edad académica y su formación profesional para evitar ser devorados por la práctica de la mendicidad derivada del subempleo o de empleos cuya precariedad y bajo reconocimiento en la cadena económica les negarían cualquier posibilidad de ascenso social.


Aunque los indignados europeos alcanzaron a estremecer los cimientos del sistema y pusieron en evidencia el fatalismo económico para la clase pocoteniente así como la sepultura inmisericorde de los nadatenientes, el trazado de las políticas neoliberales continúa derrumbando Estados y socavando gobiernos. En nombre de la paz se provoca la guerra, allí donde las riquezas naturales logran atraer como imán a las poderosas multinacionales, las grandes patrocinadoras y, desde luego, benefactoras de los caudalosos ríos de sangre que jamás saciarán su sed vampiresa de dinero y poder.


Sin embargo, la resistencia armada de gritos y consignas de los indignados europeos, apenas logró estimular la puesta en común de debates y reflexiones en algunas universidades y sectores de la izquierda democrática colombiana. Los actos se fueron convirtiendo en fenómenos publicitarios ampliamente explotados por los medios, sin la participación de las voces de los protagonistas. Debates y reflexiones que hallaron eco en grupos con profundas urgencias sociales quienes se volcaron a las calles para que la sociedad colombiana visibilizara sus apremios y expresara su solidaridad. Pero no fue así, el silencio volvió a los medios de comunicación, la ira hervida empezó a enfriarse cuando el gobierno y los universitarios acordaron la instalación de mesas de trabajo desde las cuales –fruto de la concertación parida del diálogo democrático­– se diseñarían nuevas rutas acompasadas con las exigencias socio-políticas, culturales, tecnológicas y científicas que posibilitaran la elevación del nivel de competitividad de los profesionales colombianos en el mercado global. Sin embargo, el gobierno nacional se aferró a una realidad muy distinta de las necesidades más sentidas de la universidad pública colombiana. Sin que el aspecto de la cobertura deje de ser importante, minimiza la profundidad del problema educativo en cualquiera de sus niveles. El hacinamiento estudiantil solo agudizará aún más la crisis frente a la formación profesional, puesto que la demanda estrangularía la oferta mientras el déficit presupuestario se vuelve lugar común en los discursos oficiales.


No es, pues, la cobertura la solución a los problemas de escasa cientificidad que azotan a los programas académicos universitarios, ni el aumento del número de doctores. Tengamos presente que si los costos de los doctorados fueran más accesibles, nuestro país tendría miles de doctores seguramente en las mismas condiciones en las que se hallan cientos de miles de magísteres y especialistas, con pocas posibilidades de ingresar a la cadena productiva.


La otra historia la está contando la misma universidad pública. La falacia de la autonomía, de la autogestión y autofinanciamiento ha cegado hasta los estudiantes. La venta de servicios; es decir, la acumulación de capital y el amasamiento de fortuna han forzado cambios estructurales en la academia. Lo que otrora se consideraba la adultez de la carrera universitaria con el fomento de la investigación tesística y después de ella la sustentación frente a jurados inquisidores, hoy es un pedazo de recuerdo de las buenas prácticas que inducían hacia una envidiable formación profesional. La tesis dejó de ser un camello, por un lado, y quebró a más de un empresario dedicado a su fabricación, por otro. Ahora, la misma universidad ofrece un afrentoso atajo llamado diplomado. Los estudiantes dejaron de lado el trasnocho, la lectura ávida, las consultas y entrevistas a los expertos, los viajes exploratorios y demás para concentrarse en la búsqueda de los recursos económicos exigidos en el diplomado. Todavía no se tiene noticias de alguien que haya cancelado los cuatro o cinco millones del valor del diplomado y no se haya titulado. En cambio, con la presentación y sustentación de la tesis de grado, tuvimos noticias y aún continuamos escuchando denuncias de plagios y hasta aplazamientos en la graduación.


Esas voces que circulan en voz baja –como cuando se dice la verdad– llenan las cafeterías, los parques y hasta las parrandas cortas. Después de allí, la actividad vuelve a la normalidad; el lunes, el martes, cualquier día se escucha el silencio en los pasillos y patios de las universidades. De manera mágica, los presupuestos para la inversión se elevan, nuevos módulos, más y mejores zonas verdes, festivales de música gratis, la tecnología inunda hasta los baños: usted se sienta en el retrete y después del regocijo una mano electrónica hace la tarea; todo gracias a que el crédito educativo les alcanzó para sufragar cada semestre, hasta cuando llegue la hora de enfrentarse a los milloncitos de la tesis, corrijo, diplomado.


Pero la fatiga social tocó las puertas de la sensibilidad colectiva y los indignados europeos en estrecho acuerdo silencioso con los indignados chilenos, enviaron sus alientos de fuego que se fueron depositando en los rincones de la conciencia estudiantil, mientras hervían las necesidades primarias de los miles de egresados cuyas madres a veces imitan a la esposa del coronel: “varias veces he puesto a hervir piedras para que los vecinos no sepan que tenemos muchos días de no poner la olla”. El fervor de la lucha por el rescate de la dignidad abandonó el silencio y los jóvenes de Colombia no solo elevaron sus voces, sino los gritos y arengas cuya templanza y decisión empezaron a derribar las nuevas estrategias de empobrecimiento dictadas por la clase dominante. Muchos días de fuerza enardecida, de sangre pisoteada y de jóvenes vencidos por las balas represivas entregadas por el gobierno para ahogar la enjundia de los adolescentes dispuestos a entregar sus vidas hasta arrebatarles el país a los grandes capitalistas, quienes seguramente conducirán a los pobres de este país a la extinción inminente por inanición, si no los vencemos en las urnas.


El país urge de una transformación política que revierta las históricas desigualdades sociales y se vuelque sobre las expectativas de la presente generación que sufre las ignominias de una clase dominante y gobernante que extingue los sueños de la mayoría de los jóvenes colombianos.

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