• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: EDUCACIÓN: ALGUNOS APARTES

Por: Fare Suárez Sarmiento.

La oferta de modelos pedagógicos del extenso menú con que cuenta la educación, restringe cada vez más las iniciativas del maestro para proponer rutas de enseñanza pertinentes y contextualizadas: la didáctica, la formulación de planes y proyectos y el abordaje del “eidis curricular” ya vienen enlatados, dispuestos para ser servidos en diversas formas y contenidos. Tal vez esta circunstancia promueva el estatismo en la escuela e intoxique la práctica pedagógica hasta el punto de que el maestro se sienta invitado de honor en la feria educativa, en vez de reconocerse como el arquitecto constructor de opciones de vida y estimulador de cambios socio- culturales y políticos.

La escuela ha sido cooptada por modelos que no han respondido a la función social a la que está destinada, ni mucho menos han logrado entronizar la práctica pedagógica; ni siquiera el Proyecto Educativo Institucional (PEI) ha sabido dar cuenta de la realidades históricas y políticas que vienen moviendo a las sociedades del planeta, más bien se asemeja a la hermosa carta de amor de Voltaire que nunca fue enviada. Pareciera como si el vocablo renovación constituyera un espectro, un ideario utópico, en lugar de concebirlo como sustento único del desarrollo de los pueblo, en igual o mayor medida de los otros dispositivos que constatan el crecimiento socio-cultural, político y económico, los cuales han permitido la reducción del mundo con su expresión globalizadora.

La comunidad educativa, (voz con la cual la tradición y la enciclopedia pedagógica registran a los agentes reconocidos como sujetos intervinientes en el proceso formativo de niños y jóvenes) consciente de las debilidades y vacíos tanto académicos como científicos, ha constatado la necesidad de organizarse como comunidad de aprendizaje, en términos de compartir saberes específicos que fortalezcan la vida escolar. Nos referimos a la gama de profesionales, técnicos y hasta fragmentos del precariado empíricos con larga experiencia que habitan las proximidades geográficas de la escuela sin importar si sus hijos o parientes se hallen matriculados en ella; es decir, se busca establecer un vínculo estrecho entre familia y escuela, ya no esta última como un depósito confiable donde albergar los niños por un tiempo determinado, donde las maestras funjan como madres sustitutas, sino como un escenario a disposición de las familias que cuente con profesionales dispuestos y disponibles para atender temas y problemas que afiancen el saber del maestro cuando sea del caso; aludimos a aquellos temas que deban ser objeto de transversalidad, tal el caso de cátedra para la paz como fundamento y sostén teórico de la verdadera Escuela de la Esperanza, que puede ser abordada desde la perspectiva política, sociológica, económica, cultural e histórica, donde bien cabría la visión de profesionales en estas áreas, otras concepciones o distintas aristas por fuera de la cápsula de la academia.

La invasión planetaria del Covid-19, con su devastación humana, ha conducido al sector educativo hacia la exploración de alternativas didácticas que atenúen el fuerte impacto contra la tradición judeo-cristiana de la enseñanza; situación que involucra estrechamente al maestro, quien en medio de un deuteroaprendizaje en materia tecnológica le ha correspondido salir de la anorgasmia creativa que ha venido marchitando su espíritu ingenioso.

Quizá, la escuela deba abrazar la eutopía (desmitificar la utopía) de la constitución de su comunidad de aprendizaje gracias al encierro obligado de los actores educativos. Tal vez, pueda iniciarse el proceso de conformación si se acerca a los hogares y comprueba en propio terreno (in situ) si existen padres o adultos que, en caso de tener alguna formación profesional, técnica o empírica calificada, puedan contribuir con la formación de los niños y jóvenes, en concierto con los principios institucionales y bajo la mirada tutelar de los maestros de base.

Ya fue suficiente, diremos los osados e irreverentes académicos. Con una ciudad llena de especialistas, la mitad de docentes con título de maestría y otro tanto de doctores en educación, bien vale una rebelión pedagógica que concite la fundación de una comunidad científica, productora de conocimiento en educación y pedagogía, principalmente; una comunidad inclusiva que active su beligerancia defensiva para velar por la educación pública, con el mismo fervor con el que defiende los malos usos y abusos de los demás servicios, también marcados como derechos constitucionales.

Tendremos que revisar la tesis piagetiana y contradecirla desde la práctica. Según Piaget (1.987) los teóricos y expertos en fundamentos educativos que el maestro asume como Ethos en educación, practicaron otras disciplinas, como Herbart, filósofo y psicólogo, María Montessori era médico, Rousseau no dio clases, el creador de los jardines infantiles Froebel era químico y no obstante Comenio creó y dirigió escuelas; su formación era teológica. Y aunque debemos ser justos, Pestalozzi, ilustre educador, no pasó del método, se concentró solo en procedimientos instrumentales para la enseñanza. Es claro que la liberación de tensiones entre la autonomía escolar y la ideología oficial, demanda unas acciones de emancipación curricular que alcancen para justificar la puesta en marcha de la comunidad de aprendizaje que inicie labores con la descolonización educativa. Este debate hay que forzarlo en la escuela como proyecto de invasión a la ciudad.

Cambiar los discursos pedagógicos, revisar los DBA, desinstrumentalizar las competencias y afianzar las teorías emergentes sobre los Fines de la Educación, sería una agenda inicial donde se consigne la identidad del país, de la región y– desde luego– de la ciudad. No para definir de manera atrevida el tipo de ciudadano que se necesita. Recordemos, cuando los niños sean mayores otras serán las urgencias.

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