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PALABRA DE MAESTRO: DEVUÉLVANME LA CIUDAD

Por: Fare Suárez Sarmiento.


Ya se ha dicho que el sustrato de la historia de los pueblos se cimienta sobre la invasión silenciosa de vecinos del patio, cuyo presente se frena por la realidad socioeconómica y política de su lugar de origen. La ciudad les recibe el equipaje cargado de inocencia, y cubierto de deseos de conquistar un futuro próspero con el que puedan regresar al seno familiar. Pero ese proyecto de vida tropieza con unos cambios sustanciales cuando la ciudad abre los brazos y los sienta a la mesa. Desde entonces, la yuca con suero, el bollo de queso y la leche hervida con leña, se van sumando al anecdotario que destapan en reuniones con nuevos amigos. La pobreza se convierte en un vocablo innombrable. Ahora, el brillo del sol ha empezado a extirpar aquellos recuerdos; el barranco desde el cual se lanzaban al río en medio de la algazara de las panitas de infancia, lo derrumbó el trampolín, al mismo tiempo que la corriente de agua turbia perdió su velocidad ante la mansedumbre azulosa de la piscina. Aquel joven amable había ingresado ya a la colonia citadina del sur. Casi todos los paisanos que veía de reojo en la universidad, lucían prendas y vestidos que antes solo ojeaban en revistas.


Habían cambiado; sin duda, pero no hubo cirugía que pudiera alterar la música del cantadito del idiolecto, ni la esfericidad del rostro.


A la mayoría lo sorprendió el guiño del poder político al lado de la estrepitosa fortuna que empezaron a amasar sin tapujos ni miedos, ni vergüenza. El dinero de los asalariados, los comerciantes, los independientes y hasta de los ricos son extraídos de las arcas personales en forma de impuestos. La coacción, la amenaza y la presunta promoción imperan. Ello obliga a la práctica del soborno y del fraude clandestino de algunos servicios públicos.

La ciudad los señala y sindica de la acumulación exorbitante de capital y de bienes raíces, frente a la mirada displicente de los coadministradores, la connivencia impúdica de los guardianes naturales del tesoro público, y de la complicidad de la mayoría de los togados.


La malicia indígena y el temple de carácter han sido subsumidos por la pusilanimidad y el miedo. El silencio invade las plazas, calles y hasta las conciencias. Y si algunas voces osan despertar de ese letargo, reciben la represión escrita en un cheque. No es mucho lo sustraído; es todo. Algunos le llaman dignidad; otros le añaden el refuerzo decoro; en fin, la generación que nos sucede comprueba que los Mandamientos divinos, el Manual de Urbanidad de Manuel Antonio Carreño y el antiguo estribillo “la letra con sangre entra”, constituyen meros recuerdos que ya nadie recuerda, víctimas del memoricidio. Nos rigen otras normas cuyos autores han escupido sobre las lápidas de la tradición y del acervo sociocultural, causando tanto daño como una reconquista no española, sino criolla; arrasando con valores éticos y morales mantenidos y practicados con celo por casi quinientos años. Acciones que facilitaron el coloniaje político forrado en una ideología que rompe los cánones en los que se inscribe todo movimiento: la filotimia, entendida como las ansias de poder y de gloria que mueven al individuo por fuera de cualquier consideración religiosa, económica, cultural o social. La avaricia, la perversión, la deshonra, el cinismo, la desvergüenza, la insolencia y el abuso del poder, rodean el falso trono desde el que cual se orienta y dirige el cortejo amaestrado que ha de colectar, custodiar y asegurar en el arcón personal, la sangre de esta feraz y ubérrima tierra. Al mismo tiempo, regó semillas de enemistad, forzó la cooptación de sindicatos y líderes sociales junto con la puesta en duda de la honestidad y rectitud del aparato judicial.


Devuélvanme la ciudad. Pídanle perdón al río Mamatoco por haberle hurtado la melodía orquestal devenida con el golpe tierno de sus aguas contra las piedras piponas que placían en su lecho. Ya la enorme mole de cemento que se pavonea en una de las esquinas del puente, le quitó al agua el sabor a paz, hoy convertida en un hilo líquido, desaliñado.


Devuélvanme la ciudad. Me arrojaron sin compasión del único lugar donde podía perder un día entero con la esperanza de llevar la presa a mi casa. Allí, llegaban los mochuelos y los ojos gordos enrollados en las olas moribundas vestidas con espumas y caían en las fauces infames de los anzuelos. Los más pequeños se aferraban a las colas de los adultos, pero la fuerza de las olas los desprendía sin escrúpulos. Ese era el valor del rompedor de olas. De su extinción, pocos se habían dado cuenta del nuevo trazado geográfico forzado por la invasión. La oligarquía criolla sabía de la abulia mental de los samarios. Además del club social heredado de la tradición genealógica, donde festejan fechas memorables oficiales y sirve de guarida donde se fraguan el rumbo político, económico y administrativo de la ciudad, necesitaban un nuevo escenario, un espacio natural gratuito para estacionar sus yates y embarcaciones lujosas. También invitar a personalidades y amigos para vacacionar frente a la Sierra Nevada y de espaldas al morro, desde las orillas del planeta.


Devuélvanme mi tajamar para seguir observando el arrojo y pericia de los púberes al lanzarse al agua cuando las olas rompen y regresan al mar cargadas de espumas, como si ese piso de dos metros de altura fuera un trampolín.


Devuélvanme mis playas para que los niños jueguen a la sepultura con la arena tibia de los domingos matinales y la pelota de fútbol salte como rana asustada mientras rueda por la arena; y al tirarse al mar, los cuerpos salgan con olor a sal, no hediondos a grasa y aceite de yates.


Devuélvanme las playas del Kabuki, donde cada domingo hasta la arena blanca bailaba con la salsa del picot, cuya alegría incendiaba los ánimos a los cientos de familias que esperaban ese día para llevar a la playa y arrojar al mar las penas y el cansancio. No la pobreza; lo que había, lo que teníamos, nos hacía felices. Devuélvanme las calles y avenidas mudas, donde los caminantes alegraban sus oídos con el sonido delgado de los tacones y el arrastre de las chancletas. Apenas se oían los bostezos de los recién levantados ahogados por la campana con sonido polifónico de alta frecuencia del vendedor de petróleo en el carro de mula, como también los sonidos delgados que salían de la flauta de canutillo artesanal, copia de la antara, especie de flauta de pan, hecha con cañas de carrizo a manera de una zampoña del afilador de cuchillos y tijeras. Cada semana, aparecía el turco con el brazo izquierdo arropado con retaceas de rayón chalus, flannel, de organza, de algodón, de yute, de lino, de lana, de gabardina, de poliéster, de seda, de jersey; y en el brazo derecho extendido, exhibía el facturero, tan odiado por las amas de casa.


Ya no cantan los canarios desde las copas de los árboles, ni en los cables eléctricos que enredan la ciudad. Solo truenan las motocicletas y retumban los claxones de los taxis y buses. Los automóviles particulares no pueden competir con sus bocinas decentes, de tal suerte que los conductores convertidos en víctimas deciden enconcharse en la indiferencia y aferrarse a la resistencia tolerante, esperando llegar a casa a salvo.



Devuélvanme el pedazo de sueño arrancado a la fuerza por los gritos destemplados, a veces en coro, de los vendedores callejeros; y el irritable y altisonante megáfono que nos arrebatan las últimas horas de abrazo tierno con la almohada. Casi siempre, los vecinos se convidan para presentar quejas en atención a la Resolución 0627 del 2006 expedida por el Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial, la cual establece la norma nacional de emisión de ruido y ruido ambiente. Ello significa que todavía este bello pueblo cree en las instituciones. Inocencia o ingenuidad, tenemos que asumirlo como una cuota inicial de la urgencia de organización comunitaria que sienta y defienda la ciudad. Sin embargo, hay que luchar por la aplicación de la aludida resolución, en razón a que la entropía social es tan agobiante y opresora que cada segmento de la sociedad aplica la norma de su propia autoría. Los motociclistas y taxistas son daltónicos muchas veces con los semáforos, y en otras ocasiones los ignoran. De esto hay que advertirles a los vecinos; también ayudarlos a entender las negociaciones con los gobiernos locales que consistieron en entrega de prerrogativas entre las contadas; y otras como hacerse la vista gorda y los oídos sordos frente a la pusilánime y amañada crítica desde la prensa provinciana local, por las violaciones de todo tipo, pero fundamentalmente, las normas de tránsito.


Devuélvanles el derecho natural de los niños a soñar en la casa de Escalona, en la otra estrella del Unión Magdalena y en una educación alta, con estudiantes aguerridos que cuarteen las calles con las pisadas cargadas de esperanzas. Ellos, y no los que pregonan sin el más tibio asomo de vergüenza el viejo lema: “estamos en la calle defendiendo la educación pública”. No señores, los niños desheredados del reconocimiento social requieren la recuperación de la llama que flamearon los héroes y heroínas del sesenta y seis. No obstante, las gélidas jornadas y al sufrimiento causado por la dishidrosis, no hubo ampollas que detuvieran el fragor político de la Marcha de Hambre. Ese glorioso ejemplo ha sido deshonrado, ultrajado y, desde luego, mantenido en las tinieblas, al igual que los principios del club sindical. Nada existe en el marco de las falsas políticas estatutarias para la vigilancia del cumplimiento de los derechos. Y lo que halla, ni siquiera los administradores tienen noción de su existencia. Resulta indecoroso que sean los padres de familia, los veedores ciudadanos y hasta los estudiantes, quienes denuncien y publiquen los desatinos administrativos en materia de infraestructura, falta de docentes y plan de alimentación escolar, en primer plano. Peor les va con la revisión y posición crítica del currículo. Tal vez la tradición y cultura parasitaria los fuerza a esperar que los jefes máximos a nivel nacional, emitan juicios y generen debates controversiales acerca de la pertinencia y relevancia del menú que ofrece el plan de estudios. Luego, se inicia el turismo gremial en el que fluye el remedo que no causa efecto alguno en la educación; más bien, deprime tanto a los maestros que los conducen a expresar: “más de lo mismo”.


Devuélvanles la dignidad, la hidalguía, la autoestima, la motivación y la decencia a los maestros. Eviten a toda costa que la sociedad vea a los ocho mil, a través del cristal borroso de un puñado.


Devuélvanme mi ciudad, antes de que la horda de la diáspora de los vecinos fronterizos, me obliguen a traspasarle hasta la escritura pública.


Próxima entrega: migraciones.

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