• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: DETRÁS DE UN PROYECTO PAÍS

Actualizado: hace 7 días

Por: Fare Suárez Sarmiento.


Cualquiera podría pensar que los estallidos sociales en la región impulsarían vientos de esperanza a todos los que claman justicia en el más amplio significado. Tal vez, la sangre derramada no ha alcanzado para que los gobiernos reconozcan que las políticas oficiales no deben de traducirse en el aumento del tesoro particular de un puñado de la población, mientras el despojo de sueños de la juventud cunde como una pandemia desde la Patagonia hasta el Cabo de la Vela. Ya no hablamos de una recolonización desde afuera a punta de fuego y rezos, sino de sinarquías criollas que aniquilan las famélicas fuerzas de los desamparados con discursos vacíos y promesas fantasmas, que forman parte de la agenda dentro del orden llamado jocosamente democrático.


Todavía suenan ecos que colocan en escena las ideologías izquierda y derecha, como un pretexto para repartir culpas y asumir políticas de gobierno en su nombre. Los grupos de poder no escatiman esfuerzos para mantener a la otra clase en la orilla: manipulan los hechos a través de los medios de comunicación con especialistas en manejo de masas, iglesias fundamentalistas tipo neoevangélico, “en una guerra de quinta generación, de redes dirigida a las percepciones y no al raciocinio, cuyo blanco es la psiquis y los nódulos neurálgicos del sujeto” (Aran Aharonian).


Hace unas décadas Fidel Castro previno al continente que “siniestros camarillas y lobistas de Bilderberg manipulan al público para instalar un gobierno mundial que no conoce fronteras y que no rinde cuentas a nadie, salvo a sí mismo” (dioses terrenales), denominados Los Think Tanks, grupo de intelectuales expertos cuya función es la reflexión sobre política social, estrategia política, economía militar, tecnología y cultura. Grupo al cual acuden muchos empresarios y políticos para que los ayuden a la formulación de planes y líneas de acción de gobierno.


Nuestra preocupación hoy se centra en el crecimiento asombroso de profesionales, trabajadores, estudiantes y desempleados que convalidan una falsa democracia al acompañar sin reparos en los procesos electorales a los verdugos que los han sometido desde siempre, sin que se vislumbre receta de cambio de actitud alguna.


Es cierto que la desarticulación del tejido asociativo estrechamente vinculado al socialismo, al igual que el débil posmodernismo circulante entre los intelectuales de izquierda, se sumergieron en una crisis de pensamiento político que cayó en una especie de anacronismo, totalmente desconectado de la realidad cultural, social, y desde luego política en la que se debatían los simpatizantes y seguidores. Este abandono expuso a los potenciales militantes de la izquierda a la voracidad electoral de los grupos de poder que abrieron sus brazos y aprovecharon la soledad política apoyados por la clase media, ya inscrita en la nómina oficial.


Pareciera como si la vieja teoría marxista de penetrar las instituciones del Estado para conocer in situ cómo opera el sistema, cobrara mayor vigencia, cuando en realidad lo observado se queda en la participación del reparto burocrático que los acerca al poder. Clara demostración de la tesis planteada por la expresidente argentina Cristina Fernández en su alocución, aún en el gobierno, en la que afirmó que “se había llegado al fin de las ideologías y que se trataba sólo de intereses contrapuestos”, algo así como un antifaz de la izquierda sedienta de reconocimiento a su estatura política.


Pero la cooptación por la derecha oligárquica no ha asolado sólo a los magnates de la izquierda, la debilidad de las prácticas democráticas ha facilitado la manipulación de las organizaciones sociales y la compra de conciencia de los falsos líderes locales. La denunciología se convierte en un valor agregado y en cínica estrategia para negociar silencios. El hecho de convocar masas en barrios y calles para servirlas en la bandeja de la ignorancia a los depredadores políticos de la derecha, les vale para ser considerados “aliados” que garantizan la perpetuidad en el poder.


Pero llegó el veintiocho de abril, cual Papá Noel cargado con su enorme costal de esperanzas que ocultaba en su fondo fardos de resentimientos contra unos gobiernos que han venido torturando sin misericordia los anhelos de los jóvenes quienes por décadas habían padecido del contagio de la indiferencia y del laissez faire de los adultos. Ahora llegó el momento de clamar por las oportunidades negadas históricamente; las calles y avenidas de la patria han sido nuestros aliados activos y testigos del derrame de sudor y de sangre con los que los jóvenes han glorificado la lucha. Rechazan la limosna del gobierno con el apelativo revolucionario de “jóvenes en acción” como si el pueblo entero ignorara que los ridículos pesos derivan de los impuestos que pagan los padres.


Pocos se detienen en el análisis de las causas y circunstancias que han conducido a los manifestantes hasta la ofrenda de la vida, convencidos de que no vale la pena seguir viviendo bajo la amenaza de una muerte prematura por inanición o por un ataque sicótico conducente al suicidio. Los sectores que gozan de una agenda alimentaria rutinaria asegurada, denominados económicos, hacen eco de la satanización de los medios de comunicación, voceros sumisos cuya dignidad se mantiene empeñada por los intereses empresariales. Ellos, profesionales de la emisión de la fake new, invaden la cotidianidad del pueblo exhibiendo los hechos ajenos al propósito del paro nacional colombiano, pero que son de inevitable ocurrencia en cualquier país del mundo, sobre todo, si es el mismo gobierno a través de sus instrumentos represivos infiltra las marchas con agentes policivos entrenados para convertir la crisis en caos cegando vidas inocentes sin distingo de sexo o edad.


Esta voz que ha logrado, por primera vez en la lucha popular, sacudir los tímpanos de los países más lejanos del planeta, no callará hasta cuando el croquis socio económico y político del país dibuje un espacio para que la juventud se hospede en él con iguales garantías sociales e idénticas posibilidades de sembrar los fundamentos políticos, legales, culturales y sobre todo, éticos, que le permitan intervenir activamente en el proceso de decolonialidad política, mientras el inicio del proyecto del nuevo país toma su curso, antes de que el pueblo llegue a dar la respuesta altisonante que el Coronel diera a su esposa cuando ella le preguntó: “Y mientras tanto qué comemos”.

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