• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: COLOMBIA: DESERCIÓN Y REPATRIACIÓN

Por: Fare Suárez Sarmiento.


No somos tendentes a abordar temas coyunturales que apenas alcancen para debates calenturientos, sobre todo si su trascendencia política es silenciada por los medios con el remplazo de eventos de farándula o de hechos deportivos magnificados, pero la pésima parodia del presidente Iván Duque a las decisiones del gobierno de los Estados Unidos de Norte América, respecto de los migrantes hispanos, principalmente, nos conduce a compartirles de nuevo un escrito cuya vigencia se la debemos a la hazaña del “Decreto por medio del cual se crea el Estatuto de Protección Temporal a Migrantes Venezolanosque permite el tránsito de los migrantes, “quienes tendrán un lapso de 10 años para adquirir una visa de residentes”.


Como vemos, este corazón tan noble y tan grande ha expresado sus sentimientos a los casi dos millones de vecinos migrantes y ha servido para que aquella reflexión de hace ya varios años, salga de nuevo a la luz. Primero, abordamos muy por encima el drama padecido por los colombianos y luego observaremos la burla de que fueron objetos nuestros científicos, entre otros ilustres colombianos.


Desde luego que todos los colombianos sufren la terrible calamidad de los miles de compatriotas despreciados en Venezuela. Las escenas dantescas filmadas con acento propio de la morbosidad publicitaria, logran arrancar voces de ira, rechazo, de indignación y sobre todo, de impotencia. Pero no podemos caer en la ingenuidad de corear las ráfagas de odios disparadas contra el presidente Maduro, ni mucho menos juzgar sus decisiones políticas sencillamente porque nos hallemos atrapados en las redes del rencor. Si debemos –desde luego– invocar el derecho internacional humanitario para que la dignidad y el respeto fluyan desde las autoridades administrativas y policiales de Venezuela. Los vejámenes y atropellos, no deben tener lugar en ese proceso de desalojo forzado de la tierra de la cuna de Bolívar.


La manipulación mediática y el clamor solidario lanzado desde la cúspide del gobierno colombiano y reforzado por la iglesia católica, no debe vendarnos los ojos para que no veamos con claridad la inmensa responsabilidad política que le ha asistido al gobierno nacional desde los inicios de la República. Hace unas décadas, el destape de la fuga de cerebros movió los cimientos del Congreso en la búsqueda de paliativos económicos que permitieran la repatriación de los académicos prominentes y los científicos destacados regados por la geografía universal.

La Propuesta quedó en el aire y solo hasta el año 2.014 el presidente Santos instó a Colciencias para repatriar a 140 científicos e investigadores de alto nivel con un salario mensual de seis millones de pesos, vinculación con universidades de prestigio internacional y amplias garantías para adquisición de vivienda e instalación con sus familias.


El nuevo plan estratégico motivacional de repatriación denominado “ES TIEMPO DE VOLVER” estimuló el colombianismo de más de tres mil profesionales, doctores, investigadores y científicos con asiento en la mayoría de los países de Europa y en Estados Unidos y Canadá. El plan inició en marzo y ya en septiembre del mismo año, los convidados al engrandecimiento académico y científico del país habían empezado su retorno al extranjero por el descarado incumplimiento de los términos económicos y la ausencia de garantías contemplados en el plan.


La discusión sobre la deserción obligada de los cerebros colombianos ocultaba un poco el drama socio-económico y político que venía padeciendo la cordillera de nacionales radicados en Venezuela. La histórica desatención de los gobernantes regionales y la ausencia de políticas sociales de gobierno expulsan a familias enteras del territorio propio, a sabiendas que el dolor y el sufrimiento se vincularán al diario vivir.


No es la impiedad de Nicolás Maduro la que debe ocupar nuestro obligado debate sobre la situación fronteriza, sino la desesperanza cultivada por siglos de una legión marginada de colombianos. Muchos costeños recordamos aquellos tiempos de la opulencia venezolana; en los que era tan arraigado el amor por la tierra de Candelario Obeso, de García Márquez, del Tuerto López y otros, cuando los adultos (padres y madres) cruzaban la frontera para entregarse con alma y cuerpo a labores domésticas las unas y oficios de relativa dureza, los otros. La vida palaciega del venezolano clase media se curtía de comodidades, lujos y ostentación. Situación que resolvía en gran medida los abismos económicos de los planes de desarrollo de los gobiernos. Ese amor por la Patria no dejaba que las familias enteras se movilizaran hasta el vecino país. Los padres y adultos preferían regresar cada navidad cargados de regalos y dinero que les permitiera soportar otro año, mientras se repetía el ciclo a partir del siguiente mes de enero.


La ignominia contra los deportados colombianos decretada por Maduro, semejó los desastres naturales que hemos sufrido los más pobres del país. Llanto, desconsuelo, indefensión, soledad, sufrimiento, abandono, luto y coraje, mucho coraje por la suerte inmerecida. Y las reacciones han sido las mismas: discursos altruistas de acompañamiento y solidaridad, un lánguido bono de unos pesos para manutención y pago transitorio de arriendo y después de la tempestad aumentan los truenos y los cordones de miseria logran colonizar geografías inhóspitas desde las cuales cuelgan casas o lo que sea para reunir la familia.


Es innegable la atrocidad de la Guardia venezolana contra los excluidos. Poco importan las razones falsas o no esbozadas por Maduro frente a la decisión de la expulsión, y no deportación como afirman algunos medios. El hecho es que miles de colombianos habían escogido sobrellevar las limitaciones de supervivencia en ese país en vez de sufrir la muerte paulatina por física hambre de sus niños y ancianos en la propia tierra. Así que, si nos atrevemos a subir a Maduro a la horca, no olvidemos construir unas calderas tipo palcos de honor de clase V.I.P. (Vi Ay Pi) para toda la oligarquía colombiana quienes históricamente han dejado sin alternativas a los nacionales. ¡Qué ironía! En este país tanto los que tienen la oportunidad de formarse y obtener títulos universitarios importantes como los que jamás han pisado una escuela tienen que fugarse. Los primeros para cumplir sus sueños de desafiar la ciencia y la tecnología o de ascender en la pirámide económica, mientras los otros, los desescolares, los que nunca escucharon los gritos destemplados de una maestra histérica, huyen de la muerte sembrada por los mismos gobiernos y de las torturas, violaciones y demás vejaciones promovidas por ejércitos asesinos patrocinados por los ricos y los gobiernos, disfrazados con sustantivos chistosos como paracos.


La expulsión de los colombianos de Venezuela debe tomarse como una ocasión apropiada para poner en evidencia la perversidad política de este gobierno que siempre ha pretendido esconder a sus pobres. Pero este drama, aunque deplorable y lamentable, los expone al sol, los saca a flote como ocurrió con las ánimas en pena de Pedro Páramo.


La legal acogida de los migrantes venezolanos acrecentará la bien disimulada mixofobia propiciada por los transgresores y presuntos delincuentes que han sembrado el pánico entre los locales. Es cierto que, como afirma Bauman (P.62), todos vivimos ya, nos guste o no, en un planeta “cosmopolitizado”, con fronteras porosas y altamente osmóticas, y caracterizadas por una interdependencia universal. Pero no por ello, debemos disimular el miedo al asalto callejero y al despojo de nuestra tranquilidad. Ya no se trata, como podría pensarse de la desleal competencia laboral, ni del posible desalojo de nuestro empleo por oferta de mano de obra barata y tal vez mejor calificada; ahora, nos hallamos frente al cinismo para gorronear al sistema de un Estado que posa de benefactor con el objeto de conspirar contra Maduro y ganarse la gracia de los gobiernos que lo satanizan. Es muy predecible que ni siquiera un muro trumpniano podrá detener el alud humano que invadirá nuestra tierra, gracias al falso espíritu bondadoso y humanitario del presidente Duque.

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