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PALABRA DE MAESTRO: CIUDAD TOMADA

Por: Fare Suárez Sarmiento.


Bien podríamos releer la breve historia de Irene y su hermano para que usted, amable lector, constate los grados de angustia que padecen los individuos cuando son forzados al autoexilio, así sea por un hecho tan simple como los ruidos que se van instalando paulatinamente en cada uno de los sectores de la casa. Los hermanos, en lugar de enfrentarlos condenan los lugares de la casa que han sido invadidos, huyen, dejan encerrados a los ruidos y luego botan las llaves por las rendijas de una alcantarilla.


No pensemos en una apología al miedo o al habitual remarque de la indiferencia que nos asedia. Tal vez, estaríamos frente a una premonición si no hubiera cerca de ochenta años de distancia entre la publicación de Casa Tomada del escritor argentino Julio Cortázar y la epopeya realista de los migrantes venezolanos que no cesa de tener lugar en nuestra ciudad.


Aún recordamos como la diáspora vecina venció la fatiga muscular e hizo rendir el ardor del vacío estomacal. Ya se apagó aquel peso del sol cargado sobre hombros y espaldas destapadas; el mismo que hacía crujir la piel de los niños, las mujeres y los ancianos. Abandonaron el país que los había convertido en adictos a las frustraciones, blandiendo un mapa en blanco; esa travesía inhumana hacia ninguna parte formaba parte de la bitácora de vejaciones que el mismo sistema había reservado para ellos. Todos los sectores políticos y grupos distinguidos como humanitarios tendieron las redes para pescar réditos de alcance populista. Pero muy ponto la enormidad del vórtice humano obligaría a esconder el falso espíritu solidario, mientras se observaba la paulatina eclosión del miedo vestido de repugnancia, anunciando el inminente océano de rechazo en el que nadarían los migrantes. La bien fingida mixofilia inicial no tardaría en traducirse en un sentimiento disruptivo muy próximo a la mixofobia. Muchos sentían la brisa yodada que les recordaba su tierra costera natal, pero al lado de la nostalgia, surgía el llanto incontrolable del niño y el ardor inmisericorde en el estómago de los adultos.


El asedio a las viviendas no daba tregua. Grupos enteros al parecer familiar, pedían especies o dinero. Niños con las manos tendidas, el rostro como si le perteneciera a otro cuerpo y los harapos a la vista para provocar la caridad de los habitantes; mujeres embarazadas o con panzas ficticias que exigían más que solicitaban. De resultas de este paisaje social, el mantra de “bienvenidos hermanos” cambió radicalmente su contenido por algo parecido al inicio de una canción de Héctor Lavoe: “cuidao que por ahí vienen los anormales”. A diferencia del partido de gobierno que veía más allá de la filantropía y la compasión, los opositores de ultra derecha agudizaban su vigilancia ubicua sobre acciones y actores migrantes que habían comenzado a arrinconar a los ciudadanos, como en La Sociedad Situada en la cual “mantener con vida y salud a los marginados desafía a toda racionalidad y

no sirve a ningún fin razonable”. La desconfianza se fue traduciendo en aversión, en tanto el fingido altruismo social alcanzó su máxima expresión en el recelo.


Pero el miedo no solo se hinca sobre las libertades y mira por las hendijas; también el refuerzo de verjas con aumento del espesor de las varillas de hierro fuerza un ermitañismo que se ha extremado en las familias. La pérdida de la estabilidad laboral ha acrecentado la cagalera, muchas personas han sido golpeadas ya directamente por las misteriosas fuerzas diversamente apodadas competitividad, recesión, racionalización, caída en la demanda del mercado o reducción; cada uno de nosotros puede nombrar fácilmente a muchos conocidos, familiares y amigos que de repente se quedaron sin el suelo bajo sus pies. Esta circunstancia, como lo anotó Bauman (2017) nos obliga a considerar el futuro como una amenaza en vez de como un refugio o una tierra prometida.


Al comienzo de la invasión, las imágenes dantescas televisivas solían producir una especie de catarsis que más adelante se convertiría en muchos casos, en un sentimiento de distarsis, entendida como la satisfacción por la muerte o heridas graves producidas por los ciudadanos en defensa de la seguridad e integridad vecindaria o en procura de la recuperación de lo hurtado.


Llegaron los miedos con el peor de los agravantes: la mirada cómplice de una justicia que opta por liberar a los delincuentes y criminales para evitar la carga manutencioncita del Estado. El raponazo, la violación sexual, el asalto callejero, la invasión violenta a los hogares, el secuestro de vehículos, el atraco a entidades financieras, no son delitos sino pequeñas causas o eventos de cotidiana ocurrencia que solo alteran la tranquilidad ciudadana y a los cuales no merece la pena dedicarles tiempo y trabajo, posición que certifica el anuncio de Marco Anneo Lucano: “lo que es pecado de muchos queda sin castigo”.


Si el saqueo inmisericorde de la ciudad nos volvió insensibles e indiferentes, la hostilización contra las personas indefensas, nos redujo a la condición de anacoreta, sin el sentido religioso. El autosecuestro permanece a la orden del día; ya no se trata de elevar vallas de hierro ni muros de concreto. El crimen no violenta puertas ni usa llaves maestras; mucho menos salta paredillas.


Ahora, la presunta sobrevivencia familiar y personal se ha convertido en un leit motiv, a veces justificado por los que se hallan a salvo, para irrumpir en los hogares y enfrentar su espíritu desalmado contra un honor desarmado. No basta con esculcar hasta el último rincón de la casa. El síndrome de la perversidad les despierta la avaricia sexual sin distingo de edad ni condición de salud. La depredación no se detiene frente a la discapacidad física o mental, como tampoco a la niñez y la vejez.


Los migrantes y los nativos bendecidos por el laissez faire, laissez passer, instaurado por los aparatos judiciales nos han formateado la existencia; un nuevo sistema de convivencia dicta unas normas apócrifas que regula la interacción social. Han desaparecido aquellas conversas de pretil a pretil con los vecinos; ya no existe el intercambio de comidas, ni el préstamo transitorio de un tomate o de una cucharadita de sal. Hasta los velorios caseros de las nueve noches fueron obligados a encerrarse en las funerarias como medida de protección. Se equivocaron quienes así pensaron. La ola de atracos armados y de despojos de los bienes personales de deudos y convidados estalló enseguida. Mucho peor, los asaltantes fingían el duelo y atracaban con ojos nadando en lágrimas.


Hoy, todos los actos de la cotidianidad samaria se traducen en cifras que colman las estadísticas. Eventos que nos regresan al inicio de los años setenta, cuando la ciudad empezó a conocer el sabor del pánico.


El zumbido de las balas, el chirrido de llantas y el estruendo de las bombas, convirtió a Santa Marta en un gallinero humano. Con la fuga del sol también se ocultaban los cuerpos, otrora bultos de vecinos que salían a pasear las mascotas alrededor del parque San Miguel y luego se sentaban en las puertas para darle la bienvenida al silbido del viento húmedo que, a esas horas, bajaba desde la Sierra Nevada.


Desde entonces, la ciudad no ha intentado expurgar el desvalimiento congénito. Quinientos años después, aún perviven las conversaciones encabezadas por el famoso te acuerdas de…en las que se levantan de las cenizas la cantina de Ñaño Pérez, la calle de Las Piedras, el Palacio de los Discos y hasta se compara el perro caliente de Pluto con las empanadas de Susy.



Cómo no recordar al salsero Henry Fiol cuando enciende la llama del infierno que estamos viviendo. “Yo nací en Nueva York, en el condado de Manhattan donde perro come perro y por un peso te matan”.


Ya no se trata de desplazamiento laboral, ni de envidia por las políticas garantistas adoptadas por el gobierno nacional, para arrancarles una sonrisa a los ojos externos. Nos hallamos pendiendo de la suerte entre la vida y la muerte, vida cotizada en un celular, una cadena, un reloj, una bicicleta o unos tenis nuevos. La soledad de las calles es igual al silencio de las autoridades. Nos cambiaron la vida. Otros ingredientes han ingresado al menú de los tormentos habituales. La ansiedad se agiganta frente a la inminencia de un asalto; poco importa el lugar o el tiempo; en el pasado, la presencia de otros inspiraba valor y protección, hoy, los otros se dispersan en el momento de la hostilidad de la agresión. El arma de fuego o el cuchillo portan la magia de hacer desaparecer a todos los que pudieran atreverse a fungir como testigos de un acto criminal.


Si les pedimos a los asaltantes criollos del infame latrocinio de la ciudad que cesara la horrible noche y nos devolvieran las migajas que hubieran quedado, con mayor y auténtica razón debemos concitar ideas argumentadas que nos permitan regresarles a los migrantes el miedo inoculado con sevicia y traición.

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