• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: CIUDAD DESNUDA

Actualizado: hace 7 días

Por: Fare Suárez Sarmiento.


Gracias a la sobriedad obligada por el miedo al observar cómo se desgajaban los amigos desde el árbol de la vida. Ese miedo al que tanto le tememos, apagó la ilusión de contar las estrellas artificiales y los luceros quebradizos que históricamente se han columpiado colgados de los cables forrados de colores y serpentinas cruzando las calles de los barrios Manzanares y pescaito, principalmente. El coronavirus se hospedó en la tierra y tal vez en el cielo, no de otra manera podríamos entender el gordo silencio de los santos y vírgenes y de su jefe supremo frente a las inclemencias de la rueda samsárica (Jordi Pigem). Por lo menos (no se trata de estúpido consuelo) también derribó muchas arrogancias, no se olvidó de cremar tanta insaciable pleonexia, y ese mismo fuego alcanzó para volver ceniza el orgullo megalómano. En fin, volvamos la mirada espacial, concentrada en los detalles que siempre han permanecido en la esquina de los recuerdos de una infancia y una adolescencia más felices que las de Jean-Baptiste Grenouille.


Gracias al 25 de diciembre y al primero de enero, la ciudad exhibe sin estorbos su croquis de tiempos combinados: iglesias de los siglos XVI y XVII, avenidas del siglo XIX desembocadas en round points posmodernos y malls europeizados como sombrillas gigantes cubiertas de vidrios. Desnuda; nada hay en ella que narre la polifonía ansiosa de ser escuchada. Cemento de silencio descubierto, ni siquiera el rumor fatigante de voces, gritos y bocinas malhumoradas han dejado su huella; el eco que debía haber latido por el día anterior, fue devorado por la brisa silbante que estremecía techos y árboles.


Ciudad desvestida, hundida en su orgullo de haber sido la primera dama de Rodrigo de Bastidas. Ciudad que luce y ostenta su ancianidad sólo en cada onomástico; luego, regresa a la petrificación cultural y a los lamentos soberbios por el desamparo, soledad y desamor de todos sus hijos. Esos dos silencios causados por los festejos del nacimiento del niño Dios y por la llegada del nuevo año, le valen para pensarse, descubrirse y revelarse contra ella misma. Castigarse por su inercia, desenfundar el látigo de la ira y flagelarse por servirles de podio a los que nunca la han glorificado ni mucho menos han intentado rescatarla de las ruinas del tiempo perdido. Sus hijos ilustres, mercenarios de otros huéspedes, mantienen izados todos los poderes a través del acopio indignante de las fuentes de control. Poco importa la investidura cuando el concepto de lo público se diviniza y los actos de gobierno constituyen expresiones de posesión y propiedad.


Pero la otra historia que tiene para contar se refiere a las nuevas fuerzas que le han atribuido diferentes significados. La multiculturalidad espontánea donde se tejen razas, credos, géneros, edades e historias de grupos la han atrapado, secuestrado y yace oculta en espera de que aquellos mesnaderos, al servicio ciego de una práctica feudal, se apiaden de ella y la rediman de ese dolor tan profundo de saberse recluida entre muros de necesidades. Ciudad que soporta algarabías de distintas edades, murallas extensas de ropa manoseada que le impiden ver los afanes ajenos, carretas que exponen frutas, hortalizas y verduras, cuyo aroma vencido pervierte la brisa cálida que atraviesa la ciudad para ahogar su silbido en el mar.


Debe ser cierta la historia de que Dios bajó hasta aquí para exorcizarte de la demonización ejercida por los padres de la patria, quienes desde lejos no cesan de encubrir a los pérfidos gobernantes para que no purguen sus execrables crímenes contra Ti. Debe ser cierta, si escuchamos voces en ecos derrotadas, compungidas, cantando “Dios te salve ciudad dos veces santa “ya no como un silbido poético, sino la expresión angustiosa de un clamor doloroso.


Ciudad desnuda que se abre espontánea para que otros la penetren sin amarla. Viajeros sudorosos que incrustan sus ojos en los enormes pezones de la Sierra Nevada y despernancan la boca en un suspiro gutural: ¡guau! Curioso el hecho de que tus hijos propios se asombren del asombro de los otros, aunque lo disimulen por vergüenza. No te conocen más allá de la arena caliente que abraza las olas en su visita eterna. Hijos que apenas intercambian su congoja con susurros nostálgicos, en vez de gritar, demandar, exigir y arrebatar los litros de mar hurtados para que los ricos nos recuerden nuestra infancia cuando los barquitos de papel chocaban y se hundían en las poncheras de aluminio donde las madres y abuelas agolpaban la ropa lavada antes de ser tendida al sol.

A pesar de que cada quien sólo piensa en despojarte de un pedazo, todavía hay muchos soñando los sueños del rey de los Hunos para derrocar la avaricia incontenible de la nueva dinastía de emperadores que pretende succionarte hasta la última moneda que brote de tu suelo.


Sujetos dados en adopción debido a la perpetuidad de la pobreza que se hinca en caseríos, hogares palafíticos, pueblos encharcados endeudados con el pavimento. Lugares inéditos que hasta la geografía nacional se resiste a nombrarlos. Sujetos que convierten su ingenuidad y sus tulas llenas de valores éticos y morales en fetiche de teofanía que pulveriza todo el sufrimiento histórico que sirve de eudemonismo para hacerle brotar sin clemencia lágrimas al erario. Seres megalómanos que hoy les niegan el cuerpo a sus cunas. La olla del café, pangada y carbonizada aún sigue fiel a la alegría de las llamas que le aplauden desde los trozos de leña. Ese tinto hirviendo que los vio nacer, los sintió crecer, hoy los perdona y sirve para calentar los recuerdos con los que todavía los viejos esculcan su memoria para comprobar que ellos si son verdaderamente felices.

Golpes de hombros, apretujones, pasos frenéticos, roces sexuales, derrame de sudor, cuerpos tensionados y carteras y bolsillos aprisionados. La ciudad no respira, sino suspira cuando el sol empieza a esconder su furia y acelera sus pasos hacia el morro. El estropicio y la bulla se van apagando y los invasores cesan su tortura; la ciudad se incorpora de nuevo bajo la luz artificial, levanta la vista hacia el cielo y lee verso a verso las estrofas del hermoso poema que nadie ha escrito jamás.

159 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo