• Columna 7

PALABRA DE MAESTRO: ACERCA DE LA PEDAGOGÍA DEL BONSÁI

Por: Fare Suárez Sarmiento.


Las expresiones de las prácticas hegemónicas de la clase dominante no dan tregua. Los afanes de complacencia y sumisión a las políticas económicas de las organizaciones internacionales, impiden que la reflexión y la crítica tengan lugar en nuestro país. Tal vez podría pensarse en un derrotismo inmarchitable, pero no es así; la cuestión es que cada vez nos acercamos más a la tesis gramsciana: “cuando la clase dominada asume la ideología de la clase dominante, no se necesitan ejércitos de ocupación”. Siguiendo a Gramsci, basta con que la aceptación de las normas encapsuladas se digiera sin mediación alguna por debate y la actitud genuflexa se refuerce con el imperio del silencio.


Tal es el sentido de la pedagogía del estatismo social, como medio de invasión al pensamiento libertario que podría cultivarse en la escuela. Los planes para la nueva generación de maestros ya están trazados, cada día las barricadas para detener las posibles resistencias colman su cotidianidad, le arrebatan su tiempo familiar y los mantienen ocupados en los nuevos procesos de domesticación pedagógica. La estrategia de la clase todoteniente no solo consiste en encerrar al maestro en un mundo ilusorio de bienestar y prosperidad, consciente como lo ha estado a lo largo de la historia, del campo minado del aula bajo el control absoluto del maestro. Bien saben ellos, como al decir de Paulo Freire que “la educación no cambia al mundo, cambia a las personas para que ellas cambien el mundo”.


La pedagogía del bonsái extirpa cualquier diseño regulador de actos creativos que fomente la producción y explote los saberes más allá del aula. Todos sus derivados vienen debidamente sellados en recipientes extranjeros, principalmente de aquellos países cuyo éxito académico podría tocar el cielo. Objetivos, logros, estándares, competencias y demás embelecos educativos, todavía le siguen contando al mundo la urgencia de Colombia en rehabilitar lo público. La cuestión es que solo la educación exhibe resultados en el mapa internacional. Qué interesante sería exponer ante el contexto mundial la montaña de muertes apenas por desatención médica de niños y ancianos. Lo público. Ahí radica el problema. El control sobre cualquier manifestación de lo público se traduce en un imperativo del Estado colombiano. La tradición judeo cristiana y el feroz intervencionismo de los jesuitas dejaron de operar como opio para el pueblo, destinatario natural de la educación pública. El mismo gobierno –entonces– asumió la salvaguarda de su aparato ideológico y lo ha mantenido circunscrito a las demandas de las políticas económicas globales. No podríamos esperar que la educación pública se consolidara como la fuerza motora que impulsará el desarrollo económico y social del país. Mucho menos el social, en el entendido de que los ascensos dentro de la pirámide colombiana quedaron congelados desde mucho antes de la muerte de Bolívar y, a pesar de los esfuerzos iniciales de los movimientos revolucionarios, los ideales de una Colombia sin estratificación, sucumbieron.


Bien sabe el gobierno nacional que la clave para evitar que los pobres se doctoren, radica en acentuar el pobricidio pedagógico. La prevalencia de la pedagogía de la compensación no deja ver el perverso sentido de la valija llena de ilusiones y de discursos pirotécnicos que deslumbran a la mayoría de la comunidad académica. Las dádivas, los paseos, las becas y los créditos educativos distraen a la sociedad civil la cual puede alcanzar a creer que estamos frente a gobiernos putativos inspirados por un Estado benefactor.


Dada la seriedad investigativa de Estela Quintar, (citada por la profesora Piedad Ortega) quien acuñó la expresión pedagogía del bonsái por primera vez, nos remitimos a algunos apartes de su trabajo estilando un aterrizaje sobre el sentido y significado, en tanto se trata de “un proceso formativo que va mutilando suave, responsable, ordenada y técnicamente la capacidad de pensar creativo, en contravía de la pedagogía de la potencia que provoca el deseo de saber, impulsa a la búsqueda a desarrollar la capacidad de pensar desde las funciones superiores del pensamiento articulando, interpretando, aprehendiendo y comprendiendo el mundo...” Ya no se trata de la educación para el mercado per se; se procura destejer cualquier intento de consolidación de una fuerza que fomente los saberes y potencie el pensamiento crítico. Al decir, de la citada profesora universitaria Ortega, el mayor esfuerzo de los gobiernos neoliberales lo centran en mantener a los “maestros empequeñecidos, disminuidos, humillados que habiten como un mero decorado en el patio trasero de la escuela... una generación servil, banalizada, dispuesta, por el contrario, a aceptar las pequeñas verdades, cambiables de mes en mes, bajo la oleada frenética de las modas culturales y académicas”.


Se quiere para nuestro país un maestro receptivo, obediente, conformista, experto en las TICS, con el opinador fuera de servicio, que se silencie frente al “empobrecimiento de su poder simbolizaste, a la precarización de sus condiciones de vida y al declive de su autoridad.”

Sin embargo, los esfuerzos personales y la avidez por el ascenso profesional y el reconocimiento social, han ido superando los bloqueos hasta llegar donde antes solo era un sueño. El título de doctorado ha empezado a despertar el afán de conquistas de escenarios educativos más allá de la escuela, ha echado al olvido el cartón de Marlboro de la tienda y permite acercarse cada vez más a mantener la virginidad del desprendible.

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