• Columna 7

¿NACIÓ CRISTO ANTES DE LA ERA CRISTIANA Y NO UN 25 DE DICIEMBRE?

Actualizado: jul 18

Por: Álvaro Echeverri Uruburu.



Todos sabemos que la última traslación de nuestra tierra alrededor del sol –próxima a concluir este 31 de diciembre– y cuya duración ha sido de 365 días, dará lugar a un nuevo ciclo que convencionalmente denominaremos el año 2021.


Pero esta convención no es universal. De ella, por lo menos teóricamente, no participan todos los habitantes del planeta. Por ejemplo, para los musulmanes el próximo año será el 1442, esto es, el número de años transcurridos desde julio 16 de 626 de nuestra era, cuando Mahoma, temiendo por su vida, abandonó La Meca y se trasladó a Medina, acontecimiento que los creyentes en el profeta llamaron “La Hégira” (éxodo o emigración).


Por su parte, la China, la única civilización de la antigüedad supérstite, se encuentra en el año 4717, cómputo de años que al parecer comenzó en el año 2697 antes de nuestra era, bajo el mandato del primer emperador que dio su nombre al país, Ching Huangdi.


La civilización india, igualmente contó con dos calendarios distintos: uno, que contabilizaba el tiempo desde el año 47 antes de nuestra era, y otro, que lo hacía desde el 78 de la era presente y que finalmente fueron unificados en 1957.


Para no hablar de los judíos ortodoxos, cuya numeración va en el 5780, a partir de la creación divina del universo.


Ahora bien. Es evidente, con todo, para estos pueblos y culturas y muchas más, con calendarios tan distintos al nuestro, para múltiples actividades, (transacciones comerciales, festividades, fechas de actos públicos y privados etc.) utilizan el calendario occidental, tanto en la denominación de los meses y días como en la de los años.


El predominio de este en todas las culturas contemporáneas, tiene que ver con el dominio que ejerció Europa sobre casi todos los pueblos del mundo desde el siglo XVI hasta el siglo XX, lo cual ha permitido a un conocido historiador de la Universidad de Harvard, Neil Ferguson, hablar con cierto desprecio –por lo menos en el título de uno de sus libros– de “La Civilización occidental y el resto”.


Volviendo a nuestro caso, ¿que contabilizamos con los últimos 2021 años transcurridos?. En el siglo VIII, en plena alta edad media, un monje Inglés, BEDA llamado “el venerable”, comenzó a denominar los tiempos históricos con los apelativos “antes de Cristo” y “después de Cristo”, tomando como punto de partida, hacia atrás en el tiempo y hacia adelante, el supuesto año de nacimiento del fundador de la religión cristiana, establecido cuatro siglos antes, por otro monje Dionisio el exiguo”, quien utilizó este apelativo no por su estatura sino por su inclinación personal a la humildad.


¿Cómo había podido este monje precisar el año de nacimiento de Cristo, cuando los evangelios canónicos, aprobados por la iglesia y que son las fuentes fidedignas para el conocimiento del Jesús histórico, no nos brindan ningún dato sobre el año y la fecha de su natalicio?


He aquí la historia de una gran equivocación que ha perdurado hasta nuestros días.


En el siglo IV, el Papa Juan I, encomendó al monje bizantino, Dionisio “el exiguo” famoso erudito y matemático, la misión de establecer la fecha y el año del nacimiento de Cristo, a fin de fijar con precisión la celebración de la pascua de navidad.


Dionisio, consideró que dicho acontecimiento trascendental para la religión cristiana, había ocurrido el 25 de diciembre del año 753 desde la fundación de Roma (“ab Roma condita”) que era entonces cómo se contabilizaba el tiempo en la Cuenca del Mediterráneo sometida al imperio de la ciudad fundada por Rómulo. Por tanto, para Dionisio ese año, el 753, pasó a ser el año 1 de la era cristiana, a partir del cual, se seguirían contando y denominando los años.


Pero Dionisio se equivocó al menos en 4 años con respecto al año de nacimiento de Cristo, pues si como lo sostiene el más antiguo de los evangelios, el de Marcos, Cristo nació bajo el reinado de Herodes “el grande” –Rey subordinado a Roma pero famoso por sus grandes proyectos arquitectónicos, entre ellos, la reconstrucción del templo de Salomón, destruido 500 años atrás por Nabuconodosor– y que éste monarca murió 4 años antes del 753, es claro, por tanto, que Cristo tuvo que nacer por lo menos con 4 años de antelación al año fijado por el monje bizantino.


Por ello, no resulta un exabrupto y menos una herejía sostener, con fundamento en hechos históricos ciertos, que el fundador del cristianismo nació un poco antes del inicio de la era que lleva su nombre.


El otro interrogante que ha apasionado a los estudiosos de las religiones: ¿Por qué se fijó como fecha de nacimiento de Cristo el 25 de diciembre, cuando, se repite, nada dicen los evangelios sobre este particular?


Todo indica que esta fecha fue una decisión claramente intencional de distintas autoridades eclesiásticas, hasta su definitiva consagración por el Papa Julio I (337- 352 d. C.).


Convertida la religión cristiana en la religión oficial del Imperio, todo el esfuerzo de esta se dirigió a extirpar de raíz las creencias y los cultos paganos, bien mediante la fuerza y la violencia, apoyada en el poder imperial ahora de su parte, como lo ha demostrado el valioso estudio de Catherine Nixey, “La edad de la penumbra. De como el cristianismo destruyó el mundo clásico”. O bien, de manera más inteligente la iglesia, sustituye las creencias, cultos y ritos paganos, por creencias, cultos y ritos cristianos.


Esto último es lo que ocurrió ni más ni menos con la fecha del 25 de diciembre, que coincide con el solsticio de invierno en el hemisferio norte y caracterizado por ser el día más largo del año, en el cual el sol parece detenerse para reiniciar posteriormente su carrera por el espacio (en realidad es la Tierra la que se mueve, pero para los antiguos sus sentidos les revelaban otra realidad). En este día los romanos celebraban la fiesta del “Nacimiento Sol invicto”, seguida por las festividades de “las saturnales” (en honor al dios Saturno), fiestas que para los primeros cristianos debían parecerle “celebraciones diabólicas”, en la cuales, amos y esclavos se confundían en bacanales durante varios días.


La iglesia sustituyó entonces la idea de la luz solar que resplandece entre las tinieblas del Invierno, por la de “Cristo luz del mundo” (“Lux Mundi”) que borró definitivamente cualquier referencia al dios solar.


Dentro de este esfuerzo de la iglesia cristiana por sustituir la religión rival el paganismo, resulta interesante anotar como Santa Helena, madre del primer emperador cristiano Constantino, decidió construir la iglesia de la natividad (todavía en pie en la Cis-Jordania Palestina), en una antigua cueva donde, según escribe San Jerónimo, (siglo IV), se practicaba un culto al dios Tammuz. Esta era una divinidad de origen Sumerio- caldeo que según los textos religiosos de esa región consignados en tablillas de arcilla, habría nacido un 25 de diciembre de su madre virgen, Semiramis– más tarde llamada por los babilonios Isthar –quien lo habría engendrado mediante un rayo del sol en el cual se había convertido su esposo Nemrod– Baal (que equivale al bisnieto del Noé bíblico). Tammuz, muerto por un jabalí, es resucitado por su madre cada 6 meses, representando así, simbólicamente, el paso de la oscuridad del invierno a la fecundidad de la primavera. Tammuz, era no solo el dios de la fertilidad sino dios pastor.


Corrientes protestantes, cómo los mormones y los Testigos de Jehová, qué rechazan las festividades navideñas de los católicos y de otras iglesias cristianas, acusan a los primeros de haber transformado el mito de Tammuz, atribuyendolo a Cristo para legitimar una celebración que en sus orígenes era pagana y que la iglesia primitiva no celebraba, pues para ésta la única conmemoración válida era la de la muerte redentora de Cristo.


Como se deduce de todo lo anterior, el estudio de las religiones, en particular del cristianismo, cada vez ofrece más resultados sorprendentes que desquician viejos conceptos y creencias.

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