• Columna 7

¿MERECE EL SOCIALISMO UNA CONDENA ABSOLUTA?

Por: Álvaro Echeverri Uruburu.


Me hubieran dicho en 1990 qué en 2020 iba a publicar una colección de crónicas tituladas ¡Viva el Socialismo!, habría pensado que se trataba de un mal chiste. Pertenezco a una generación que no tuvo tiempo para dejarse seducir por el comunismo y que se hizo adulta constatando el fracaso absoluto del sovietismo.


Tomás Piketty, ¡Viva el Socialismo! (Crónicas 2016-2020).



La condena sin redención posible del socialismo efectuada en reciente escrito publicado en este medio, “Columna 7,” titulado “El mal ejemplo del Socialismo”, me ha aguijoneado para efectuar precisiones y rectificaciones de fondo a dicho artículo.” Hacerlo es particularmente necesario en los actuales momentos cuando nos encontramos próximos a un debate electoral que nos permitirá elegir al sucesor del actual presidente, así como definir la conformación del futuro Congreso de la República, porque desde los comicios pasados del 2018, la confrontación ideológica, derecha-izquierda, ha adquirido relevancia desconocida en procesos electorales anteriores.


El colapso del llamado “Socialismo real” durante los años 90-91, había llevado a muchos analistas a plantear la hipótesis de que a partir de entonces los debates electorales en las democracias occidentales serían cada vez más desideologizados y centrados en cuestiones tecnocráticas (control de la inflación, austeridad fiscal, aumento o reducción de la tributación,etc.).


Sin embargo, los desastres ocasionados por la aplicación de las políticas neoliberales, manifestados en la creciente desigualdad de los ingresos a niveles nunca vistos, particularmente en los países más desarrollados; el aumento pavoroso de la pobreza en los países periféricos, así como las guerras interminables, ha provocado enormes flujos de migrantes del sur empobrecido en dirección al norte opulento, como no se conocía desde finales de la Segunda Guerra Mundial; las cada vez más intensas crisis de las economías de los países desarrollados que prácticamente han desmantelado el Estado de Bienestar, construido durante los primeros tiempos de la segunda posguerra, etc., factores estos que han impedido que se instalara una “Praxis” política “descafeinada” como llego a imaginarla el politólogo Francis Fukuyama a raíz del derrumbe de la URSS, en su popular trabajo académico publicado bajo el título “El fin de la Historia”.


Por el contrario, durante los últimos años del siglo pasado y lo que llevamos de este, hemos asistido en casi todos los países a un renacer de la ya antigua confrontación entre fuerzas políticas de derecha y las que se postulan como de izquierda. Más todavía, ésta confrontación parece dar paso a una mucho más radical como consecuencia del surgimiento y la conquista de cargos en los parlamentos o la participación en coaliciones de gobierno de movimientos y Partidos Políticos inequívocamente fascistas como, entre otros, “Alternativa por Alemania” el “FIDESZ” en Hungría, “Ley y justicia” en Polonia, “Vox” en España, y el más antiguo, el “Frente Nacional” de Marine Le Pen en Francia, sin olvidar la deriva cada vez más pronunciada hacia posiciones claramente fachistoides del Partido Republicano estadounidense, acelerada gracias a la aparición en el escenario político de ese país de un personaje como Donald Trump .


Nuestro subcontinente no ha sido ajeno a esta confrontación ideológica, particularmente a partir del ascenso al poder de movimientos de izquierda en Brasil, Venezuela, Argentina, Uruguay, Bolivia y Ecuador en las postrimerías del siglo pasado.


El fenómeno ha sido replicado por las derechas apelando a golpes de estado (Venezuela 2002, Bolivia 2019), destituciones presidenciales (Brasil 2015) o la cooptación por la derecha de un liderazgo inicialmente reformista (Ecuador 2017).


Ahora bien, con respecto a la caracterización de las fuerzas y movimientos políticos de izquierda, se comete con frecuencia un craso error, el de creer que el “Socialismo” corresponde a una única forma de entender la existencia y comportamiento de movimientos y partidos políticos que se autodenominan con ese rótulo. En realidad han existido y existen en la actualidad diversidad de movimientos que se reclaman socialistas y cuyas realizaciones políticas y sociales igualmente han sido diversas a lo largo de los últimos ciento setenta años.


El Socialismo Soviético, criticado tanto por la derecha como por algunos sectores de la izquierda (Trotskistas, Maoistas, etc.),cuyo derrumbe –ciertamente inesperado– no puede hacernos olvidar que dicho régimen transformó el país más atrasado de Europa –que mantuvo sus estructuras feudales hasta 1870 y que solamente alcanzó una débil industrialización a partir de 1905– en la segunda potencia mundial; que paralelamente a sus asombrosos desarrollos tecnológicos (primero en colocar un satélite orbital, un ser humano en el espacio exterior de la tierra y construir una máquina exploratoria de la superficie lunar, lo mismo que la única estación espacial), logró un mejoramiento sustancial en la calidad de vida de sus habitantes (educación, salud, seguridad social, vivienda ,etc.) como no lo había logrado antes ningún otro país.


La economía soviética que desde finales de la Segunda Guerra Mundial no había dejado de crecer, se estancó a partir de la década de los setenta del siglo pasado. Pero esta circunstancia no tenía que conducir necesariamente al colapso y derrumbe del sistema, cuando éste había sido capaz de superar crisis mucho más dramáticas y difíciles (la guerra civil, el tránsito de una economía capitalista a una planificada; los desastres y destrucción de la ocupación Nazi de su territorio, incluidos los más de 20 millones de muertos– la mitad de los ocasionados por la Segunda Guerra Mundial–. Esta es la tesis de dos investigadores norteamericanos, el profesor de la Universidad de Princeton y emérito de la Universidad de Nueva York, Roger Keenan y el economista Tomás Kenny en una obra que llevó por título “El Socialismo traicionado”.


Desde luego, qué los éxitos innegables del socialismo soviético durante buena parte de su existencia, no pueden ocultar, sin embargo, el régimen del terror stalinista con sus desapariciones, torturas y “gulags”, lo mismo que las persecuciones, los juicios amañados e injustos, las prisiones y los hospitales psiquiátricos que afectaron a cientos de disidentes y opositores del régimen.


El socialismo autogestionario yugoslavo. Buscó superar el burocratismo y el centralismo del socialismo soviético, por una organización de la producción que le entregaba a los trabajadores la capacidad de decisión sobre los asuntos fundamentales para el funcionamiento de las empresas. En algunos casos se incorporaba en las juntas directivas de la industria a representantes de la comunidad donde ésta funcionaba. El modelo yugoslavo funcionó exitosamente y provocó una significativa prosperidad de la población del país. Infortunadamente este fue paulatinamente abandonado a partir de 1965, pasando a depender cada vez más del sector financiero, cayendo en un exceso de endeudamiento externo que abonó el terreno a la crisis que llevó a la disolución de ese país.


El socialismo en los países nórdicos. Este modelo combina el sistema de cogestión de las empresas (directivos y trabajadores), en el marco de una economía de mercado, con una alta tributación de las grandes fortunas (hasta el 60% de los ingresos de una persona).


Ideológicamente el socialismo de los países nórdicos se funda en un Pacto Nacional que tiene como base lograr una igualdad real de todas las personas. Esto se expresa, por ejemplo en que un trabajador nórdico gana 3 veces más que un trabajador estadounidense. La distancia entre el ingreso de un trabajador y un directivo empresarial es de 1 a 5, en Estados Unidos es de 1 a 300 (Informe Kleisberg).


El socialismo de los kibutz israelíes. Creado por la segunda ola de emigrantes a Palestina de origen ruso. El kibutz es una unidad productiva de naturaleza colectiva, donde todos los miembros de esta no sólo participan en las actividades productivas, sino que comparten espacios de vida en común (comedores colectivos, lugares de esparcimiento).


Esta organización económica para muchos permitió el nacimiento del nuevo Estado de Israel, pues no solo transformó tierras áridas y desérticas en campos fértiles, proporcionando el alimento requerido por la población del naciente Estado, sino que igualmente fue la base de sus productos de exportación (verduras, frutas y flores).


“El socialismo del Siglo XXI”. El concepto originalmente fue acuñado por el sociólogo de origen alemán nacionalizado mexicano, Heinz Dieterich Steffan como una alternativa al fracaso del “Socialismo real” de origen soviético.


Una vez que este sociólogo entró a ser parte de los asesores de Hugo Chávez, éste se sirvió del término para caracterizar su proyecto político.


Con la perspectiva que ofrece el transcurso del tiempo, es posible afirmar que el autodenominado por Chávez “Socialismo real del Siglo XXI”, como una nueva forma de socialismo que criticaba y pretendía superar el fracasado “Socialismo real de la URSS”, no pasó de ser un “populismo de izquierda” (Echeverri, Álvaro. “Política y Constitucionalismo en Suramérica”).


En efecto, las políticas agrupadas en el programa denominado “barrio adentro”, no fueron más allá de un asistencialismo a favor de los sectores más pobres y marginados de la sociedad venezolana y que buscaron atender sus necesidades más inmediatas en materia de alfabetización, atención sanitaria, salud y alimentación). Otro programa como “Misión Hábitat “se enfocó en la solución del problema de la vivienda popular.


Aunque estos programas significaron una importante inversión, aprovechando los altos precios del petróleo, los mismos, con todo, además de la mala gestión administrativa, denunciada por muchos observadores, no significaron reformas o cambios estructurales.


El gobierno de Chávez careció de cualquier asomo de planificación de la economía. Las nacionalizaciones ordenadas directamente por él, carecieron de propósitos claros. Fueron, por tanto, acciones desordenadas y caprichosas.


La ausencia de planificación ocasionó lo que los economistas llaman la “maldición de los recursos”, en el caso venezolano, el petróleo, del cual dependió el gobierno de Chávez para adelantar su política social y comprar lealtades y aliados en varios países del Caribe.


La “Petromanía” qué caracterizó la economía de ese país desde que comenzó la explotación petrolera en la década de los treinta del siglo pasado, condujo desde entonces a un gasto público desmedido que socavó la ética social, anuló el espíritu empresarial y afectó la eficacia del Estado como consecuencia de la corrupción, vicios de los cuales no pudo zafarse el modelo chavista.


Con razón, el creador del concepto “socialismo del siglo XX”, el científico social germano mexicano, Dietrich Steffan, afirmó que el gobierno de Chávez no respondía a ningún modelo socialista y que a duras penas significaba un nuevo Peronismo, lo cual provocó la airada ruptura de Chávez con el referido politólogo.


Los marxistas ortodoxos nunca reconocieron el carácter pretendidamente socialista de su Proyecto Político. Por ejemplo, Milton de León de la “Liga de trabajadores por el socialismo”, sostuvo que el “Socialismo del Siglo XXI de Chávez” no significó más que algunas reformas, manteniendo y recomponiendo el régimen de dominio burgués y garantizando los negocios a los capitalistas” (“boliburguesía”).


Pero si el gobierno de Chávez no significó un “Socialismo renovado,” ni siquiera un remedo del antiguo “modo soviético”, lo que vino después con su sucesor en el poder, Nicolás Maduro ha sido un completo desastre en todos los órdenes de la vida social venezolana, a manos de este auténtico dictador primitivo y tropical que amparándose en la imagen de su mentor paradójicamente ha destruido todo lo positivo de la gestión de éste, porque si las políticas asistencialistas de Chávez pudieron reducir la pobreza en un 44%, de acuerdo a los datos de la CEPAL, el gobierno de Maduro– con una inflación galopante– la ha vuelto a elevar a un 76%, cifra que supera con creces cualquier registro producido durante los períodos presidenciales anteriores.


Resulta por tanto, de todo lo anterior, un atentado a la inteligencia las descalificaciones a la ideología socialista en abstracto, porque desconoce las distintas modalidades de ésta, así como sus resultados concretos en cada caso particular.


De otra parte, la derecha y la ultraderecha colombianas, han querido atribuir la debacle de la nación venezolana a los gobiernos que se han amparado en la fórmula política del “Socialismo del Siglo XXI”, que jamás como Socialismo existió en ninguna de sus versiones.


Por último, los sectores progresistas y de izquierda, han abrigado el temor de “partir las aguas” con las dictaduras de Maduro y Ortega, contribuyendo con ello a que el relato fraudulento construido por estas de un pretendido socialismo, sea aprovechado por las derechas, para propagarlo exitosamente entre una ciudadanía con escasa formación política y por lo mismo, fácilmente manipulable.


De ahí, la necesidad de adelantar procesos de educación política lo más amplios posibles que liberen a esos sectores del engaño y de su ciega instrumentalización política.


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