• Columna 7

MARCOS ROSADO: ADIÓS AL MAESTRO, AL AMIGO Y AL MENTOR

Actualizado: jul 19

Por: Catalina López Lafaurie.


Quienes estudiamos en la sede centro de la Universidad Sergio Arboleda de Santa Marta, supimos que Marcos Rosado se convertía fácilmente en el amor o el terror de las carreras de Derecho y Comunicación Social y Periodismo, incluso antes de llegar a su materia todos los estudiantes sabíamos a lo que nos enfrentaríamos, el famoso “colador”.


En comunicación, debíamos enfrentarnos al terror de historia de las civilizaciones, materia que él enseñaba en el primer semestre. Sus aulas de clase siempre estaban repletas, éramos la mezcla de primíparos, con personas de todos los semestres que aún tenían esa materia pendiente, la habían repetido una, dos y hasta tres veces, incluso había quienes estaban a punto de abandonar la carrera. No mentían cuando decían que era “el colador de primer semestre”.


Marcos Rosado fue un docente imponente, inspiraba tanto respeto que, apenas entraba al salón de clases, todos sin excepción, guardaban silencio. Su voz era avasallante, su porte alto y rígido, su estilo magistral hipnotizaba cada clase; ni el sonido de una mosca se escuchaba más que los ríos de conocimiento que desbordaba su mente, su pasión al enseñar nos llevaba de viaje a Grecia, Alemania, incluso a la antigua Mesopotamia.


No soportaba la mediocridad y era tan exigente con sus parciales que se tomaba el trabajo de hacer preguntas distintas para que nadie se copiara. Esos parciales daban más miedo que escuchar ruidos a las 3 de la madrugada en la habitación; el truco de ganarlos era prestarle atención a todo lo que dijera en clase. Sin embargo, más de la mitad del curso se veía en serios aprietos.


Llegaba a la sala de profesores con su paquete de parciales y los calificaba con gran decepción, jamás se burló de un estudiante, siempre reflexionó acerca de la juventud actual, de sus maneras de aprender y decía: “¿a dónde van a llegar estos muchachos? No quieren leer, ni estudiar”. Eso sí, su ilusión se acrecentaba cuando sin reparos colocaba un 4.8 como calificación; era una esperanza para él.


No sé muy bien cómo era la dinámica de sus clases en Derecho, pero en lo que a comunicación respecta, semestre a semestre este era el diario vivir.


Muchos lo conocieron como docente y otros pocos como ser humano: centrado y bien puesto en su lugar, Marcos Rosado fue un hombre caballeroso, generoso, terco como él solo e irresistiblemente reservado. Amaba los caballos, era un lector ferviente, amante de la historia y un reflexivo de la vida; la filosofía también era su fuerte. Sentarse a hablar con él era sumergirse en una esfera de conocimiento, era una descarga culta que él transmitía a través de sus historias.


Conocer la noticia de su muerte fue una desagradable sorpresa para quienes pasamos por sus hazañas como docente. Qué efímera es la vida, un día nos despertamos y así, sin más, alguien que queremos ya no está.


Me pregunto: ¿Cuál habrá sido su último pensamiento? ¿Qué le habrá expresado a la vida mientras sus latidos se apagaban? Será un misterio y solo Dios sabrá.


Me despido de él escribiéndole, como siempre me lo pedía, nunca perdí el contacto con él pese a que me gradué hace cinco años, fue un motivador constante, fue el artífice de mi llegada a Columna 7 y una de mis inspiraciones como profesional. Creyó desde siempre en mí de una manera que ni yo creo aun, confió en mis capacidades y me exigió como el fuego para que el oro brille más.


Como todos, fue un ser humano con aciertos y desaciertos, pero me guardo en el corazón las imágenes de él entrando con sus pasos firmes al salón de clase, saludando con su potente voz por los corredores de la Sergio Arboleda, las veces que me aconsejó, los abrazos diplomáticos que me dio y las historias que me contó. Me guardo en el corazón al docente, al amigo y al mentor.


Descansa en paz Marcos Rosado, como todos los personajes históricos que enseñaste, tú también hiciste historia en mi vida y en la de muchos.

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