• Columna 7

MAQUIAVELO EL PATRIOTA FLORENTINO (III PARTE)

Por: Marcos Rafael Rosado Garrido.


Como habíamos comentado en la I parte de este escrito, la Italia de Maquiavelo podía ser cualquier cosa menos un país con la concepción que se tiene de un Estado unitario y autónomo, capaz de defenderse o de tratar de tú a tú con las potencias de la época.


Al caer en poder del Imperio romano de Oriente o Bizantino, en el siglo VI, comenzó para muchos historiadores el desmembramiento de la nación italiana, pues los bizantinos interesados en la flota italiana que les permitiría el control de esa zona del Mare Nostrum, el Mediterráneo, al ser disputada su hegemonía por normandos y sarracenos en ese aspecto, fueron perdiendo poder sobre las ciudades marítimas, las cuales a poco se declararon independientes y capaces de asumir su propio desarrollo económico y defensa. Amalfi, Génova, Pisa y Venecia se convirtieron en repúblicas marítimas autárquicas y poderosas, incluso en continuas luchas entre sí.


Lo que vino después, comentado en la I entrega, sería con lo que se encontraría y viviría Nicolás Maquiavelo, lo cual con un poco de sindéresis por parte de quien estudie al florentino, permitirá comprender su deseo de que su patria volviera a ser lo que fue, se hiciera una sola nación fuerte que pesara en el concierto europeo de naciones, y que todo lo que se opusiera a ese nuevo destino parecido al antiguo de Roma, fuera destruido incluso por cualquier medio.


He ahí la génesis de su odio a todo lo que se opusiera a la unión italiana. Me he preguntado mil veces cómo puede pretenderse que a partir de ese fervor patriótico, una persona que ve su patria despedazada por el poder extranjero e incluso por los propios, convertida en campo de batalla por los mismos, sea consciente de quienes son los culpables de esto, y sobre todo, consciente y también realista de cuáles son los métodos que los nuevos tiempos renacentistas señalan idóneos para los cambios políticos y de poder, no deba y pueda pensar, analizar, escribir y aconsejar como lo hace.


La identificación de los enemigos internos es fácil: Nobleza e Iglesia. La primera con sus señoríos y principados, mezquina de cualquier interés nacional que no sea el de su territorio, hace un verdadero puzzle de la nación, la sumerge en un régimen feudal de fronteras que imposibilita el desarrollo de la emergente burguesía con una asfixiante tributación de la cual la nobleza terrateniente y feudataria se encuentra exenta. Además, cualquier cambio social y político que implique compartir poder, encaminado a un mejor bienestar burgués, es reprimido ante el total control de los concejos de las ciudades por los nobles, y el monopolio que ejercen estos sobre la alta oficialidad de los ejércitos. Para Maquiavelo no existen medios para tratar con este segmento social distintos al de su exterminio.


Con la Iglesia cristiana católica, el tratamiento no puede ser diferente debido a que aparte de controlar verdaderas extensiones territoriales de la península, el Patrimonium Petri, lo que se convierte en un verdadero valladar para cualquier idea de unificación, su identificación con la nobleza feudal es total, al fin y al cabo son las grandes familias señoriales quienes controlan y se disputan el solio papal.


Comprensible resulta entonces, que conociendo Maquiavelo el talante de un papa renacentista, amparado éste en la Teoría de las dos espadas y la espuria Donación de Constantino, pueda pensar en darle un trato distinto al de separar Estado e Iglesia, debiendo ser el primero enteramente laico, y relegando a la segunda a un papel de sostén y refuerzo para aquel.


En este último aspecto encontramos el porqué del rechazo de Maquiavelo a la religión cristiana, acusándola de ablandar el carácter recio de los italianos heredado de los romanos, con los principios de Cristo de humildad, conformidad, tolerancia y sumisión, algo impensable en la anhelada antigüedad romana del ego sublimado.


Se inclina por el sistema republicano, por las oportunidades para todos de participar en las decisiones sobre el destino de la patria común; pero no se engaña al sostener que no toda idiosincrasia popular se conjuga con la república, pues pueblos indisciplinados y de talante pernicioso y de poca educación cívica, necesitan un gobierno fuertemente centralizado y autoritario como es la Monarquía, capaz de actuar sin ataduras morales que puedan propiciar la pérdida del poder alcanzado y caer la sociedad gobernada en el desorden.


Es obvio que tenga que pensar en Cesar Borgia o similares, porque en el desmadre inmoral del Renacimiento, que no es invento de Maquiavelo, simplemente no se puede actuar en otra forma sin que te arrollen y pasen por encima. Esto lo entienden y ponen en práctica, las santidades cristianas católicas herederos de San Pedro y “guardianes de la moral en Roma”.


De no ser así, los Estados pontificios habrían tenido una existencia más sujeta a los caprichos de los monarcas europeos con los ojos puestos en Italia, que de los mismos papas con sus oraciones y los mercenarios de la Guardia suiza. El mejor ejemplo de esto es, el Saco de Roma (1.527) por las tropas imperiales luteranas del catolicísimo Carlos I de España y V de Alemania, enfrentado al cristianísimo Francisco I de Francia, aliado éste con el Papa Clemente VII, y posiblemente con la turca Sublime Puerta.


O sea, que el papa, representante orbi et urbi de Cristo, no tuvo o no hubiera tenido reato alguno en aliarse con el mayor enemigo de la cristiandad de entonces, el musulmán Solimán El magnífico, sultán de Turquía.


Queda por decir que saqueada y bañada Roma en sangre, el emperador Carlos V hizo llegar sus condolencias al papa prisionero. Más hipocresía para dónde, y no producto de los planteamientos de Maquiavelo, sino de la mentalidad dominante en la época y de la brutal concepción de la geopolítica de entonces.


Así pues, es bueno revisar la más famosa de las frases de Maquiavelo, pues a nuestro parecer si la ubicamos en el entorno principal del pensamiento político y patriótico de aquel y, sobre todo, en su verdadero decir y contenido, el significado varía, a menos en tono.


Siempre oímos y leemos “…el fin justifica los medios”. La frase no es así, y es justo hacer ciertas puntualidades:


1) No se encuentra en El Príncipe, ni en ninguno de sus libros.


2) Está contenida en una carta dirigida desde Peruggia por Maquiavelo a su amigo Giovanni Battista Soderini, fechada en septiembre de 1.506. El tono de la carta es netamente amigable, y bien leída nos permite conocer el saber que tiene el autor sobre la historia de Florencia y de Italia, además de una amplia cultura general.


3) el contenido exacto es “…y así creo (…) que en las cosas se deba mirar el fin y no el medio, y más al saberse que se obtiene un mismo resultado con diversos manejos, y que obrando de modos desiguales se obtiene un mismo resultado”.


4) Expresión parecida se encuentra en El Príncipe, cap. XXV: De donde resulta (…) que dos obrando diversamente (…) arriban al mismo fin”.


O sea, la frase invita a sopesar como hacer las cosas, a mirar que medios, porque existen varios y no siempre malos, pueden utilizarse para alcanzar un fin, que incluso puede ser el de la violencia (el derrocamiento de un tirano, las fuerzas del orden estatales en acción, un ataque preventivo justificado), tan propia de la naturaleza humana y no invento del florentino.


Todo muy lejos de la escueta frase que simplemente invita a actuar sin contemplaciones.


De los críticos de la inmoralidad y cinismo atribuidos a Nicolás Maquiavelo, toca mi atención Federico II el Grande (1.712-1.786) rey de Prusia. Educado bajo la rigidez militar prusiana, tuvo sin embargo, gran influencia cultural francesa lo que lo condujo a rechazar los planteamientos morales y políticos de Maquiavelo, plasmando su posición en su libro El antimaquiavelo, en el cual a cada planteamiento o frase del florentino le hace la respectiva refutación.


Pero, tan pronto subió al trono prusiano procedió acorde a lo recomendado por el toscano, fuese monopolizando el poder y mejorando cada vez más el ejército (…si quieres tener amigos hazte a un buen ejército) fuese atacando a sus vecinos basándose en argucias, como cuando reclamó Silesia a María Teresa de Austria. Ladino y felón engrandeció al Estado prusiano a base de amenazas, mentiras, o utilizando su disciplinado y eficiente ejército. Fue considerado el clásico déspota ilustrado, selecto grupo de monarcas que bajo el lema “todo para el pueblo, pero sin el pueblo” gobernaron sus naciones a lo “maquiavélico”.


Para cerrar, anoto que siempre me ha inquietado la perspectiva histórica de si Nicolás Maquiavelo, llevado por el patriotismo y la grandeza de Italia, habría apoyado los métodos de Benito Mussolini para hacerse con el poder y mantenerlo. Si habría estado de acuerdo con los camorristas camisas negras fascistas y su jarras de aceite de ricino a sus opositores, aplaudido el asesinato del opositor Matteotti, lo mismo que la alianza con Hitler. Francamente, no lo creo.

(FIN)


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