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MAESTRO ALFONSO LÓPEZ CARRASCAL POR SIEMPRE

Por: Rosember Rivadeneira Bermúdez.


Ayer despedimos los restos mortales de un baluarte de la academia, de la ciencia jurídica y de la sociedad en general. Las almas sensibles presenciamos cómo se apagó una vela en la tierra para ser encendida una hoguera en la eternidad, que responde al nombre de Alfonso López Carrascal.


En mi memoria custodio el recuerdo de este auténtico alfarero, que posó sus pies en el aula, ilustrando honestamente y construyendo profesionales de verdad, para que fuéramos capaces de colocar el ingenio al servicio de la sociedad y tuviéramos el coraje para derrotar cualquier adversidad.


Hoy que evoco mi pasado y me visualizo sentado junto a mis compañeros en el sitial de los alumnos, descubro que los discursos de mi maestro Alfonso López Carrascal, superaban con creces la cátedra de derecho. Sus palabras transmutaban en proclamas de justicia y de moralidad. La pasión que le imprimió a la cátedra, el ímpetu y la majestad que irradiaba en cada gesto, simulaba la estancia en el mítico santuario del saber.


Usurpando el poder de emplear la máquina del tiempo del profesor Marcos Rosado (Q.E.P.D.) me transporto al periodo en el que cursaba séptimo semestre de derecho, época en que la universidad me brindó la oportunidad de disfrutar al maestro López Carrascal en la cátedra de Práctica Forense.


El aula de clase se transformaba en un laboratorio cuando hacía presencia nuestro extinto maestro, y con cada palabra que expresaba, las demandas, audiencias simuladas e intervenciones preparadas, nos contagió el amor por la ciencia del litigio. Liberó nuestra mente de las cadenas que disfrazan las nuevas formas de esclavitud, del venenoso ego de la posición social, de la jaula del escritorio en la que se consume la vida del mortal y de la limosna estatal del salario mensual, y nos animó a ingresar con elegancia al estrado judicial para ganarnos el pan y a asumir con gallardía la magna responsabilidad del ejercicio independiente de la profesión.


Lo expuesto, sin desconocer que experimentó la prueba de Adán y mordió la manzana, pues durante un tiempo la judicatura lo tentó, y en ella realizó una fugaz presencia ejerciendo como magistrado, pero prontamente logró renunciar. El ímpetu y el coraje de su alma reclamaba la libertad, pues en sus venas le hervía la sangre por volver a litigar.


Con su invencible pasión por el derecho forjó a sus estudiantes como obreros de la justicia, como los advocatus, los llamados a socorrer; los portadores de la sabia y poderosa voz que acude ante el juez para reclamar protección y brindar un aliciente a las almas sufrientes y desamparadas.


Mi maestro López Carrascal fue la prueba viviente del profesional que construye la gloria con sacrificio, serenidad y sabiduría. Fue un ser versado, aventajado y honestamente prosperado; apasionado por la historia, y docto en el derecho por el cúmulo de textos que leyó y por la experiencia de los años. Poseía una visión holística del fenómeno jurídico y razón le asistía, cuando afirmaba en el aula, pertenecer a una generación de juristas que fueron preparados para desempeñarse en todas las áreas. No en vano es reconocido, en el ámbito de los profesionales, como el litigante por antonomasia. Cuando transitaba por los pasillos del palacio de justicia, los colegas no veían en él a un simple abogado sino a una biblioteca jurídica transformada en ser humano.


Por eso, los alumnos esperábamos sus clases para preguntarle de civil, penal, laboral, procesal, constitucional, y de todo aquello que por la cabeza se nos podía pasar.


Maestro y amigo, sé que el sabio recorre el camino sin darle espacio al llanto y al lamento. Pero, al ver que tu cuerpo es entregado a la crudeza de la naturaleza, las lágrimas brotan de nuestros ojos, recorren nuestro rostro y caen lentamente para suavizar el suelo que será tu nuevo aposento. Lloramos, aunque sabemos que lo valioso de ti, sepultado no está, porque a tu alma, a partir de ahora, la gracia celestial la abrazará.


Partió el esposo, padre, abuelo, el familiar, colega, nuestro maestro y Q:. H:. Ve al encuentro de quienes primero partieron, recibe de San Pedro el pase de entrada como premio a una vida justa, dile al Creador que después de escuchar de Marcos Rosado Garrido las historias de Europa y Asia, te permita narrarle las maravillas de la cultura indígena, cuéntale que sospechas que Colón no fue el primero en visitar América; de la crudeza de la conquista española y de las disputas entre Santander y Bolívar. Confiésale que lo buscaste como ser supremo y siempre lo hallaste en las distintas corrientes místicas que acompañan al hombre en este viaje fugaz al que llaman vida.


En la tierra legas a tu familia el merecido título de haber sido un ser integral, y al elevarse tu alma por la gracia celestial, observaremos al cielo con la fe de que tu memoria es inmortal.


Gracias Maestro Alfonso López Carrascal por existir, miles de estudiantes conservaremos la huella imborrable de tu ser. Sit Tibi Terra Levis.

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