• Columna 7

MÁS LA ESPADA QUE LA CRUZ

Por: Álvaro Echeverri Uruburu.


El descubrimiento de América. II Parte.


Pizarro, el conquistador de los Incas, a un cura que le recordó su deber de propagar la fe en el Perú : << No he venido a evangelizarlos, he venido a quitarles su oro>>”.


Burbank, Jane y Cooper Fredrick , Imperios. Una Nueva visión de la Historia Universal.

El Almirante codicioso

Los católicos Reyes españoles, Isabel y Fernando – sobre todo la primera, que se creía en vida beata cristiana, porque Fernando era otra cosa, un político pragmático y de pocos escrúpulos, como nos lo pinta Maquiavelo – se propusieron crear un “Imperio Católico” incorporando a los habitantes originarios del Nuevo Continente a la fe cristiana.


Pero otra cosa pensaron y sobretodo actuaron los primeros descubridores y posteriores conquistadores, comenzando por el propio Colón, en su increíble empresa, sin duda, de extender los dominios de España post-árabe gracias a las nuevas tierras descubiertas.


Como señala Germán Arciniegas, en su luminosa obra, “La biografía del Caribe”: “Colón antes de embarcarse pensaba en oro y en esclavos”. Por eso, observa en la mansedumbre de los naturales que los reciben el 12 de octubre de 1492 en su isla de Guanahani, la facilidad para reducirlos a la esclavitud.


Predecesor de la futura soldadesca fiera y brutal que pronto llegará a estas tierras, sufrirán de la misma enfermedad del “descubridor”: la sed insaciable por el oro. Así, al día siguiente de su llegada al nuevo continente, Colón, como lo anota en su diario, “estaba atento a saber si en la isla hay oro”.


Al darse cuenta de que él, el anhelado metal no existía en esa isla, se dirigirá a otra Isla vecina y de allí a otra y de ésta a otra más, en un continuo navegar buscando saber si en alguna “habría oro”. Y es que éste tiene para el almirante el valor sobrenatural de lo místico, pues “el oro, anota Colón, sirve hasta para sacar almas del purgatorio”. Lo mismo sostendrá algunos años después el Papa Medici, León X, descendiente de una poderosa familia de banqueros florentinos, cuando decreta el pago de las indulgencias – las gracias divinas de los cuales la iglesia es el depositario bancario – para la redención de los pecados. Con su producido se construiría la imponente catedral de San Pedro en Roma, pero también será ocasión para la escisión de la cristiandad promovida por el fraile rebelde Martín Lutero, escandalizado por los negociados del Papa.


En sus siguientes tres viajes, la obsesión de Colón por el oro no sufre mengua. Establecido en la española – hoy Santo Domingo – manda expediciones al interior de la isla en busca de oro. “ Oro, oro, Oro, es lo que urge – relata Arciniegas – para qué renazcan las ilusiones y alumbre otra vez su estrella”, que se ha apagado tras los sucesivos fracasos de sus expediciones, que nada le han dejado a él y menos a sus monarcas protectores.


En su cuarto viaje, que lo lleva a Veraguas en Panamá, por fin obtiene de los indios de la región oro en abundancia, “más oro en dos días que cuatro años en la Española”, anota en su diario. Escribe entonces a los reyes: “De estas tierras España podrá sacar mucho oro”. Y nuevamente acude a su mente el carácter sacramental del Oro: “...el oro es excelentísimo...con él, quién lo tiene hace lo que quiere en el mundo... hasta mandar las ánimas al paraíso”.


Esta “Fiebre del Oro” de Colón, será la misma que abrazaran los Conquistadores que lo suceden y que los conduce a cometer los más execrables y pavorosos crímenes. En este aspecto, también Colón será el precursor de Cortés, los Pizarro, Los Jiménez de Quesada, Belalcázar y muchos más.


En la Española, que sería la primera Colonia estable en América, Colón inicia la inicua práctica de la casa de indios en las islas vecinas para someterlos a la esclavitud. Un día captura 1500 infelices, de los cuales escoge 500 para embarcarlos con destino a España en varias carabelas a las órdenes de su hermano, Diego. Tan sólo llegan a Cádiz 200; 300 han muerto en la travesía.


Como gobernador de la Española, Colón impone toda suerte de castigos inhumanos, como cortarles las orejas y la nariz a los Indígenas esclavizados que roben a sus amos peninsulares.


El llamado “Tributo indígena”, signos de la sumisión del mundo indígena al poder de la Corona española y que será suprimido tan pronto nacen las repúblicas americanas a la independencia, fue también el producto de la inventiva del “descubridor”. En efecto, se impuso a todos los indígenas de la Isla que cada tres meses entregasen una escudilla cargada con oro en polvo, obtenido de los ríos de la Isla.


Después de Colón, vendrían los hechos, una y otra vez narrados desde hace cinco siglos, de las guerras contra los indígenas justificadas con la ideologia que había legitimado la guerra contra el islam en la Península, denominada “guerra justa contra los infieles”; el secuestro de los jefes tribales y de los Imperios – Cómo Atahualpa en Perú – para exigir rescate en oro y plata; la quema de aldeas y la destrucción de templos y lugares sagrados; los suplicios y torturas, lo mismo que la “horca infame” para los indígenas rebeldes y al final, la esclavitud de toda una raza que sólo cesará por orden de Carlos V en 1527. Y ratificada por otro Papa Medici, Clemente VII, en 1537.


A todo este tropel de infamias, se sumaron los contagios de las enfermedades traídas por los europeos y para las cuales los naturales de estas tierras carecían de defensas biológicas.


Las consecuencias de todo este proceso depredador, se medirían dos siglos y medio después. Se había producido durante el período de la conquista una verdadera hecatombe demográfica, una reducción abismal de la población aborigen del continente.


Si bien existen grandes diferencias entre los investigadores según sean hispanistas – defensores de la conquista española – o indigenistas – denunciantes del exterminio de esa raza – con respecto al número total de habitantes de este continente antes de la llegada de Colón, una cifra realista ofrecida por investigadores imparciales, sitúa la población americana en 65 millones.


Para 1770, de esos 65 millones apenas quedaban unos 5 millones de indígenas. El Imperio Azteca que había llegado a tener unos 20 millones de habitantes, para la fecha indicada solo existían un millón trescientos mil Mexicas. En cuanto al otro gran Imperio Indígena, el Inca, cuya población había alcanzado los 30 millones, también para el mismo año, tan solo contaba con unos dos millones de Aymaras y Quechuas en los Andes peruanos y bolivianos.


Ante esta catástrofe demográfica, sin antecedentes de esa magnitud en la historia humana, muchos autores han considerado como un verdadero holocausto de dimensiones sin duda mayores al cometido por el régimen nazi contra los judíos entre 1933 y 1945.


El Imperio español en América, una contradicción con la naturaleza histórica de los imperios


El proyecto de Los Reyes españoles de construir un Imperio Católico a partir del descubrimiento y conquista del nuevo continente, condujo tanto a las autoridades peninsulares mandadas a este, como a los misioneros de todas las órdenes religiosas que aquí llegaron, a emprender una campaña sistemática para extirpar las creencias y ritos idolátricos de los indígenas, esto es, eliminar las religiones ancestrales, sustituyéndolas, a las buenas o mediante el poder de las armas, por la doctrina y el culto católicos.


Este proceso de “culturización”, casi siempre forzoso, significó, por tanto, para los pueblos de América el despojo de sus lenguas, de sus costumbres y de sus cosmovisiones religiosas. Así, por ejemplo, tan pronto Hernán Cortés reconquista la capital de los Aztecas, la magnífica Tenochtitlan en 1521, en medio de una mortandad espantosa, lo primero que hace es ordenar la destrucción de los templos piramidales que servían a los ritos religiosos del pueblo Azteca.


Lo mismo hacen los hombres de Pizarro en el Cuzco, la capital del Imperio Inca, donde sobre las ruinas de los templos indígenas, como el célebre templo al sol de Corinchanca, se levantan Iglesias y conventos católicos.


Templos más modestos por no ser construidos en piedra, como los de los Aztecas e Incas, también desaparecieron por el impulso fanático de los conquistadores, como el recordado templo de Xué (dios del sol Muisca) en Sugamuxi –Sogamoso actual–, incendiado en 1538 por la soldadesca de Jiménez de Quesada, el conquistador del nuevo Reino de Granada, hoy Colombia.


Aunque estos datos son fragmentarios, no cabe duda de que el Imperio español adoptó una política de destrucción de la cultura de los pueblos indígenas conquistados. Esta política Imperial contrasta con las con las características propias de los imperios anteriores y en particular, con el modelo de todos los imperios, el Romano.


Dos profesores investigadores de la Universidad de Nueva York Jean Burbank y Frederick Cooper, han señalado como Roma no buscó homogenizar a los pueblos conquistados. Su politeísmo religioso le facilitó aceptar los dioses de otros pueblos, incluso, incorporándolos a su propio Panteón con otros nombres, como ocurrió con la religión griega (Zeus pasó a llamarse Júpiter; Hera, Juno; Atenea, Minerva,etc.). El Magnífico edificio del Panteón (dedicado todos los dioses) construido por orden del emperador Adriano en 126 d.c., servía para rendir veneración a todos los dioses de los diversos pueblos del Imperio. Incluso a los judíos, que siempre rechazaron la cultura helenística de la cual Roma era la difusora, se les permitió practicar sin problemas su religión. Más aún, un rey de origen árabe, Herodes “el grande” impuesto a aquellos por los romanos, reconstruyó su venerado Templo de Salomón.


Anotan los mismos investigadores, como incluso el Imperio mongol, el más extenso de toda la historia, construido con extrema violencia y crueldad por Genghis Khan, una vez desaparecido este, “el repertorio de dominación propio de los mongoles combinó la violencia intimidatoria con la protección de las distintas religiones y culturas”. Un ejemplo magnífico de esta política tolerante la ofreció el emperador Mongol Akbar, de religión islámica durante el siglo XVI en la India. Quien buscó superar las diferencias y conflictos entre sus súbditos de religiones musulmana e hindú.


El integrismo religioso del Imperio español negó lo que había sido una tradición de casi todos los Imperios que en el pasado buscaron integrar territorios y pueblos con culturas y religiones distintas en una unidad política centralizada.


En una palabra, los imperios antiguos y anteriores al español no pretendieron someter a uniformidad a los distintos pueblos conquistados. Por el contrario fueron pluralistas y tolerantes.


Una historia final de la intolerancia


Una noche de julio de 1562, una hoguera iluminó las oscuras calles de un pequeño pueblo, Maní, en la Península de Yucatán, México. Aquel fuego consumió algunos objetos religiosos de los indígenas mayas, pero sobre todo, 40 códices – libros sagrados – que contenían saberes tradicionales e historias de la cultura de ese pueblo, que a partir de esa fecha se perdieron para siempre.


La destrucción de estas valiosas obras, fue ordenada por el fraile franciscano Diego de Landa, que con anterioridad a este acto de fanatismo religioso, había torturado y celebrado los llamados “autos de Fe” como los que la “Santa Inquisición” realizaba en la península, en estas tierras sacrificaba no contra herejes sino contra los indígenas contumaces y reacios a recibir la fe cristiana. Acusado el fraile por estos hechos ante la Corte Real, resultó absuelto.

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