• Columna 7

LOS VISIBLES-INVISIBLES: TASAJERA ENTRE EL DOLOR Y EL OLVIDO

Por: Edimer Latorre Iglesias.


“… Y sueñan los nadies con salir de pobres. Que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznitas cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba. Los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada. Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tiene cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local…”


Eduardo Galeano.


Decía el famoso comediante Juanpis con su característico humor irónico, que los pobres en Colombia son los pixelados, esas personas que no se ven bien, esos seres desprovistos de atributos, que nos negamos a mirar, y que cuando por obligación los vemos o están cerca de nosotros, desviamos la vista y nos hacemos como si no estuvieran ahí. Es lo que podríamos denominar como los visibles-invisibles. Siempre que voy rumbo a Barranquilla, y paso por Pueblo Viejo, en especial por Tasajera, las ganas de desviar la mirada son prácticamente incontenibles. Barrios de invasión, basura y plástico por doquier, calles sin pavimentar, casas derruidas y miradas famélicas inquisitivas. Y los nadies, los postergados románticos, idealizados en la famosa tierra del olvido, sueñan con que en cualquier momento la carretera les traiga lo que nunca el Estado les ha proporcionado. Sueñan con abundante lluvia para que sus cisternas se puedan llenar, claman con que la suerte les traiga la comida que escasea y por que no, el dinero para arreglar las lanchas y poder salir a pescar.


Tasajera es un corregimiento de Pueblo Viejo que hoy destina gran parte de su presupuesto que asciende a la suma de 20 mil millones de pesos al pago de cosas que no tiene. De ese presupuesto debe pagar deudas que ascienden a más de 18 mil millones de pesos, lo absurdo es que una de esas deudas, es el pago de los famosos bonos del agua del actual ministro Carrasquilla. Se paga por algo que nunca llegó.


Es la ambivalencia del Estado colombiano, fuerte en el centro, débil en la periferia, pero lo grave de esto es que para los habitantes de Tasajera cuando el Estado actúa, también les hace daño. Hace 64 años cuando se diseñó la carretera troncal del caribe el impacto ecológico de la obra y la destrucción de los hábitats de especies únicas, fue un ecocidio sistémico. La carretera, la que hoy mata a 44 personas y deja heridas a más de 50, eliminó de un tajo las posibilidades a largo plazo de subsistencia de la pesca.


El debate por el saqueo de un camión cisterna volcado en el kilometro 44, y sus trágicas consecuencias, inundo las redes sociales. Los consabidos expertos en el manejo de la opinión precisaban que era un problema de una “maldita cultura”. Es ligero señalar con el dedo y en la comodidad del sofá, pero a los nadies, no se les escucha, es más fácil estigmatizarlos, se les silencia con el juicio sumario e implacable: se lo buscaron, bien hecho, eso les pasa por… Mientras los acusamos, sigue el hambre, los apagones, la ausencia de los derechos mínimos y el olvido, ese olvido que se los traga y los desaparece ante nuestra mirada. Casi nadie recuerda que los nadies sufrieron en su trágica soledad la violencia paramilitar.


El 11 de febrero del año 2000 a las cuatro y treinta de la tarde, entre 50 y 60 hombres armados pertenecientes a los escuadrones de la muerte de Hernán Giraldo, mataron a 11 personas después de irrumpir en Trojas de Cataca. Acusados de ser auxiliadores de la guerrilla en un secuestro de 9 Barranquilleros ocurrido en la Ciénaga del Torito y con la consabida excusa de ser un corredor estratégico, la masacre de Bocas de Cataca inaugura la violencia paramilitar en el departamento del Magdalena. Según el ya fallecido sociólogo Alfredo Molano la reconstrucción de los hechos evidencian la ausencia del Estado y su posible connivencia:


“La última vez que vino el ejército fue el 27 de noviembre de 2000, cinco días después del asesinato de seis pescadores, a pesar de que los celulares sonaron en la base militar de Malambo desde que los paramilitares llegaron a las cuatro de la tarde. No hubo intento de capturar a los criminales. Nada. Ni un solo paramilitar fue capturado. Esteban o Augusto, el comandante del operativo, murió meses después al estallársele una granada en la hacienda La Cumbia, de donde había salido con sus 40 paramilitares a matar gente en toda la ciénaga. Un testimonio recogido por Fernando Estrada en la edición 28 de la revista Número cuenta que a Ramón González, un pescador, "le hundieron en la boca un gancho de carnicería sujeto con una soga al parachoques trasero de una lancha y lo arrastraron maniatado por toda la ciénaga para que la gente lo viera y escuchara sus gritos. Luego lo degollaron y tiraron su cabeza al río". Fue el 22 de noviembre del año 2000. … Entraron por el caño Renegado. Se dijo que las masacres vengaban el secuestro de un grupo de socios de un club de pesca deportiva hecho por el ELN en la Ciénaga del Torito, cerca de Barranquilla; se añadió que Carlos Castaño quería ganarse a la élite del Atlántico, y se remató con la manida tesis del "corredor estratégico" entre Montes de María y la Sierra Nevada. … El hecho escueto fue que en Trojas de Cataca los paramilitares encerraron a todos los hombres en la capilla —a donde poco iba el cura— y lista en mano fueron sacando a los pescadores, los obligaban a "pedir perdón de rodillas por haber nacido" y los asesinaban luego de un tiro —o dos o tres o diez— en la nuca. O donde cayeran. No se oyeron sino los disparos rodeados de un silencio siniestro que producía más miedo que las detonaciones mismas. Y se fueron después del mediodía por el camino por donde nosotros llegamos desde Ciénaga. Detrás se fue el pueblo entero como huevos de iguana, uno detrás de otro…".


Por estos hechos, la reparación del Estado fue practicamente nula, se limitó a entregar tres enfriadores. El resto de las víctimas sigue a la espera. En últimas, la espera, que se enfrenta con el olvido, una espera al estilo de la esbozada por Beckett, quien crea unos personajes del absurdo, que se pasan la vida esperando, mientras otean el horizonte con la fe de que Godot algún día llegara. Tasajera se traga su dolor y mientras tanto, sigue esperando en la orilla de la carretera, con la fe de que la institucionalidad algun día llegara.


#Kilometro44 #Trágicas #Consecuencias

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