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LOS CLÁSICOS… LOS CLÁSICOS NUNCA MUEREN

Por: Edimer Latorre


Como en las narraciones de García Márquez, el calor era tan fuerte que se podía sentir como el sol penetraba en las partes más íntimas del alma. Era una cancha al aire libre. Parecía que todo el pueblo se había volcado a esa conferencia. Yo me preguntaba ¿Cómo podía asistir tanta gente a escuchar hablar sobre el humanismo integral? Estaba en Guamal (Magdalena), el lugar de nacimiento del profesor y excelso humanista Alfredo Avendaño Pantoja conocido como el Magister. Me había prácticamente llevado a la fuerza a ese lugar lleno de calidez humana y de un insoportable calor semi húmedo. Ahí estábamos los dos, con un micrófono conectado a un gran bafle. La conferencia estaba programada de diez a once de la mañana. Por cuestiones de logística empezamos a las once en punto. Me dije a mi mismo, no creo que estas personas logren resistir esta conferencia. Todo estaba planeado para que fuera un diálogo entre él y yo.


Craso error. Cuatro horas después, la gente no se levantaba de sus asientos, las preguntas iban y venían, ni el almuerzo los hacía irse. La voz del magister, una voz de seminarista excelso dominaba el ambiente. Hablamos de todo, del renacimiento, de Platón, de Aristóteles, de Maquiavelo, los estudiantes preguntaban. Nadie se movía. Yo estaba estupefacto. El magíster nuevamente me había dado una lección. Subiéndose al autobús, casi cinco horas después me dijo una frase que me quedó tatuada en el alma: No importa donde estés ni con quien hables, el pensamiento de los clásicos resuena en las mentes y apasiona los corazones.


Exseminarista, de hablar pausado, con unas gafas oscuras, su presencia era dominante cuando tomaba la palabra, era de una amplitud intelectual insondable, sus argumentos estaban llenos de autores y de aforismos filosóficos. Durante más de 23 años dirigió el departamento de gramática de la Universidad Sergio Arboleda seccional Santa Marta. Docente, padre ejemplar y devoto religioso. Incansable lector a pesar de sus problemas de visión. Me unía a él una entrañable amistad. Hoy lo despedimos con un dolor indescriptible por su pérdida. Hace unos pocos segundos alguien me escribió y me dijo que había muerto una biblioteca andante. Me dijo que se nos fue un clásico. Yo con lágrimas en mis ojos, en una distancia marcada por el inmenso frío y con el corazón arrugado del dolor, solo atine a decirle… los clásicos... los clásicos nunca mueren.


Paz en su tumba.

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