• Columna 7

LO QUE APRENDÍ

Actualizado: jul 17

Por: Rosember Rivadeneira Bermúdez.


Al maravilloso mundo de expiación y pruebas ingresé para lograr mi transformación.


En el vientre de mi madre me engendré. Al nacer, con la manos vacías y desnudo, a sus brazos me entregué, y de sus dulces pechos me alimenté.


De cristo el bautismo recibí. En la escuela me inicié y, bajo las promesas de éxito, la educación emprendí.


Miles de contenidos recibí. Algunos, por su claridad y buena fe, digerí. De otros, con los años, la mentira descubrí, y de auténticas reflexiones aprendí.


En el transcurrir del tiempo la experiencia adquirí, y de ella algunas cosas quiero compartir:


Que el saber no es absoluto y que tampoco existe el hombre impoluto.


Que para ser buena persona no existe maestría, pero intentarlo es un acto de valentía.


Que sin importar tu nivel educativo, ni lo rico, ni lo pobre, siempre habrá alguien que te haga pelar el cobre.


Que en la vida hay sabios y farsantes, pero de todos ellos se aprende cuanto antes.


Que tanto la ley divina y la del hombre incumplimos, algunos en la oscuridad y otros en la claridad, pero Dios no se cansa de anhelar tu santidad.


Que los afanes irrazonables de riqueza solo traen dolores de cabeza y, en consecuencia, se consume nuestra alma en la bajeza.


Que, si no vas a la montaña, te vas a morir esperando porque ella no se mueve de noche ni de mañana.


Que en la diversidad se deleita el saber, y de todo, una buena experiencia podemos obtener.


Que preferimos escritos cortos para leer y conformarnos con poco saber.


Que es un fracaso intentar cambiar al mundo, pero toda una virtud transformarte en lo profundo, forjar tus virtudes y al padre retornar como ninguno.


Que de vanas emociones los tontos se mueven y de pertinentes razonamientos los sabios se envuelven.


Que es de hombre prudente escuchar el buen consejo del padre, y la virtud practicar para honrar a la esposa y a la madre.


Que pocos padres a sus hijos instruyen para que no se dejen vencer por las tormentas de los mares.


Que por muchos nombres con que etiquetemos a las religiones y, por más que a Dios lo renombres, y tus sermones a los cuatro vientos eleves, lo cierto es que la fe es lo es único que nos mueve.


Que a Dios no lo complace la boca que miente, sino el corazón ferviente.


Que por más que sientas valer mucho, y aunque descubras que el dinero no lo es todo, y a pesar que creas que todo el que sube baja como coco, lo cierto es que, sin dinero, en esta sociedad te tienen por poco.


Que entonces tu riqueza moral nada tiene que ver con la fortuna material.


Que la inmortalidad no está en tu cuerpo sino en tus obras y que la buena reputación será tu más fiel sombra.


Que el maestro en el alumno valores debe sembrar para que a la ignorancia no se canse de enfrentar.


Que por los detractores no hay que sentir odio, pero si mucho te detienes a batallar con ellos, perderás la posibilidad de subirte al podio.


Que mientras simplemente contemplemos que la política nos divide, nunca lograremos que la pobreza nos olvide.


Que quien respeta y siente placer por el que piensa distinto, más sabroso será con él tomar el tinto.


Que mi madre es mi fiel comadre, mi padre mi compadre, mi amigo es el hermano que ríe y llora conmigo, mi maestro el cincel con el que me adiestro y mi amada la flor que perfuma mi almohada.


Que, aunque vivo en sociedad, soy único y bendito, que me gozo en la risa y me apasiono en el llanto y que por más que la brisa azote nadie apagará mi canto.


Que no importa si es plana o si es redonda, pero disfrútala de buena onda.


Aún falta mucho más, pero solo hasta aquí mi alma te revelará.

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