• Columna 7

LAS HISTORIAS DE PAPITO LINDO, UN HOMENAJE A MI PAPÁ


LAS HISTORIAS DE PAPITO LINDO, UN HOMENAJE A MI PAPÁ


Por: Ariel Alberto Quiroga Vides. Abogado litigante en derecho penal, Socio fundador de Uno Legal, Secretario General del Colegio de Abogados de la Universidad del Magdalena, Columnista invitado, asesor en programas de radio.


Papito lindo, así llamo a mi papá recurrentemente, un señor de 65 años que nacido según él en el Carmen, Norte de Santander, pero llevado de brazos a La Boca, hoy San José de Orientes, un hermoso corregimiento del municipio más enchoyaito (Consultar diccionario de costeñol) de Colombia, La Paz, Cesar, me ha surtido de historias fascinantes desde que tengo memoria, y yo sí que tengo memoria, pues recuerdo acontecimientos desde algo menos de los dos años.


Yiyo, como es conocido por quienes lo tratan, me ha entretenido desde mi infancia y hasta la actualidad con cuentos de probada veracidad, y también con otros que sospecho se los inventa, los exagera o los minimiza si él no sale bien parado en la historia, pero quien soy yo para juzgar a un tipo que ha embellecido mi imaginación aunque sea con mentiritas piadosas. En ocasiones, comparo a mi viejo con aquel personaje que encarnara Albert Finney en el Gran Pez, película exquisita que da la impresión, intenta volcar el realismo mágico latinoamericano a las historias folklóricas de los Estados Unidos.

Aunque muchos relatos que él me narra ya los sé de memoria, no me canso de escucharlos, son paz en mi corazón y una distracción relajante más excelsa que un cigarro después de almorzar, tal vez porque mi papá me recuerda constantemente la imagen del niño que se duerme mientras su héroe le lee un libro, y eso, es olvidar que ya soy un adulto responsable tales y tales…


De las historias de mi papito lindo (¡Suerte! si se escucha ridículo como le llamo públicamente a mi papá), extraía enseñanzas muy valiosas, pero debo confesarlo, también algunas conclusiones políticamente incorrectas o de nulo ejemplo para un niño, como mi mamá le ha dicho por más de treinta años y en algunas ocasiones tiene razón, no echa un cuento de servicio. Lo que si era resultado asegurado, es que por lo general él lograba una risa de mi parte, o por lo menos me enjaulaba en su relato que en pocas ocasiones iba al punto de forma directa, sino que se embarcaba en la pasión de los detalles y las aristas, hasta poder concretar su cuento, algo parecido a un tal Boris que conozco. La historia que más me ha contado y la tengo como la primera de todas, es la que trata sobre la muerte de mi abuelo, de su papá.


Mi abuelo murió cuando mi viejo tenía siete años, por allá en el 62 aproximadamente, él lo recuerda como un hombre recio, de color moreno o más bien cobrizo, muy parecido de rostro a mi hermano menor según nos dice. En San José de Orientes, para esa época gobernada la ley del más fuerte y el más rápido, ya sea con el revolver o la cuchilla, toda vez que sus gentes estaban olvidadas por la institucionalidad, pues eran un manojo de cachacos, (porque para el costeño todo lo de San Alberto para abajo es tierra cachaca), que huyendo de la guerra liberal-conservadora decidieron asentarse en las faldas de la serranía del Perijá, y claro, cayeron en la jurisdicción de la Paz, Robles; un municipio que tiene un marcado regionalismo pro provinciano-costeño, así que poco o nada le importaban a las autoridades de la Paz y Valledupar, la suerte de aquellos colonos del interior.


En el corregimiento ya nombrado, mis taitas (abuelos y tíos abuelos) tenían fama de recios con fuerte carácter, pues eran hijos de un señor norte santandereano al que llamaban Papá Chano, tipo de cejas pobladas, colorado, cabello lacio y ética espartana, que enredado con mamá yeya, una tolimense brava como ella sola, procrearon varios vástagos, entre ellos mi abuelo Alirio. Papá Chano les enseñó la prohibición de quedarse con lo ajeno, de ser sinceros, de no arrugarse ante nadie, ni por lo grande ni por lo rico, de portarse con bondad y sobre todo, de ser buenos amigos. Estas enseñanzas debían aplicarse, pues ante la mínima desviación de ese manual de comportamiento las palizas no se escatimaban.


Mi abuelo aplicó el mismo código de conducta con mi papá, tanto, que una vez ante una falsa acusación de una vecina, porque según mi viejo le había robado unos pesos, mi abuelo le dio tan fuertes golpes, que le arrancó un pedazo de piel de una pierna, de ese hecho él atesora una cicatriz que me muestra con dolor pero con orgullo, porque según él, es la prueba de que su papá era un tipo correcto; que cuando se enteró de que el señalamiento era falaz, quiso matar a la vieja esa, y lloró amargamente porque había aplicado un castigo innecesario al mayor de sus retoños. Ese mismo dogma de comportamiento le carreteo la muerte, (Cuando empiezo esta parte de mi escrito me embargó la tristeza, no lo conocí pero muy cierto lo que cantó Poncho Zuleta, “La sangre llama”).


Un día cualquiera que mi papá no ha logrado precisar, mi abuelo salió a hacer una diligencia, cuando vio que un gran amigo discutía con otro sujeto, y conociendo que su compañero era de carácter volátil, intervino para que este no cometiera un error y se metiera en problemas, sin embargo, la respuesta del maldito desagradecido fue “ustedes los Quiroga se las dan de muy bravos, si no lo mato a él, te mato a ti”.


En ese momento el tipejo sacó una cuchilla de la pretina y atacó a mi abuelo, pero él no se defendió, porque su ética no le permitía hacerle daño a un amigo que evidentemente estaba ebrio, cuando medio pueblo sabía que en el manejo de la cuchilla mi ancestro la tenía clara. Ante tal situación, mi abuelo decidió correr, no por miedo sino por evitar llevar en su conciencia la muerte de un ser querido, pero esa no fue la decisión correcta, ya que cayó por efectos de las calles empedradas de San José, y sin poder reaccionar, recibió varias puñaladas en la espalda; ahí terminó a la corta edad de treinta y dos años la vida de un señor del que me han hablado mucho pero conozco poco.


Cuenta mi papá, que la muerte de mi abuelo acabó lentamente con Papá Chano, pues ese era su hijo más cercano, y las gentes se aprovechaban de su tristeza y delirio para venderle notas con palabras mágicas, que recitadas, provocarían la muerte del asesino, sin embargo, aprovechándose de que el anciano no sabía leer, realmente lo que le vendían eran párrafos de canciones o burlas directas, algo así como los CD que varios de mis compañeros de universidad le entregaban a la profesora de metodología de investigación, que por exceso de carga laboral ella nunca revisaba.


Esta es la primera entrega de lo que llamaré las historias de papito lindo, aunque mi mamá protesta y dice que es mejor “las columnas de Alirio”, pero ese es un debate para después, lo que si es para ahora, es decirles que faltan muchas, como aquella donde le metió un empellón a Gali Galiano en el inicio de su carrera en una caseta en Chiriguaná, o cuando un tipo al que le llamaban “el culión” le estrelló una guitarra en la cabeza, o la vez que el que canta ausencia sentimental lo convidó a meter perico, o como; huyendo de un padre resentido porque mi papá le había perjudicado a las dos hijas, la misma noche, en la misma cama, conoció a mi mamá y nací yo…

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