• Columna 7

LA PRUDENCIA

Por: Christian Rodríguez Martínez.


La prudencia permite al ser humano tener la capacidad de decidir de lo que es bueno de lo malo. Por tanto, ayuda a tomar las mejores elecciones para la vida cotidiana.


Para Aristóteles la prudencia se relaciona con las otras virtudes[1] y “la define como hábito racional verdadero y práctico respeto de lo que es bueno y malo para el hombre”[2]. Lo que significa que esta virtud tiene por objeto lo que es justo, noble y bueno para las personas.

Así que será prudente aquella persona que para poder alcanzar algo razona de forma adecuada, toda vez que, la prudencia nos permite actuar de forma racional, verdadera y práctica, en la medida que nos ayuda a elegir o rechazar las cosas que no nos contribuyen, o en su defecto, nos guía para actuar o no hacerlo. Es propio de la persona prudente ser capaz de deliberar rectamente sobre lo que es bueno. De allí que podamos mencionar que no es posible ser bueno, sin la prudencia.


Si bien esto ha sido mencionado hace más de dos mil años, no ha perdido vigencia. La prudencia debe ser una virtud que debemos implementar en cada una de los escenarios de nuestras vidas: personal, familiar, laboral o profesional, ya que nos permitirá tomar las mejores decisiones. No solo debe caracterizar a una persona prudente, la idea que es reservada, que se mide en las palabras que dice, ya sea en una charla con amigos, en una reunión familiar o del trabajo sino que en cada decisión que adopte debe estar inmerso el concepto de lo bueno, tanto para él como para las personas que lo rodean.


Algunos sostienen que las virtudes, entre ellas la prudencia deben caracterizar a nuestros políticos, jueces y demás autoridades, por ejemplo, en el caso de los jueces, el Código Iberoamericano de Ética Judicial en su artículo 69 señala “ El juez prudente es el que procura que sus comportamientos, actitudes y decisiones sean el resultado de un juicio justificado racionalmente, luego de haber meditado y valorado argumentos y contraargumentos disponibles, en el marco del Derecho aplicable”. Lo anterior, nos lleva a pensar que debería existir una prudencia política, jurídica o judicial, lo cual es interesante pero exige un debate extenso que merece ser analizado en otra oportunidad. En especial, la prudencia jurídica o judicial porque no se puede desconocer que el ejercicio profesional del Derecho y la actuación de nuestros jueces ha venido siendo cuestionada ultimamente, máxime cuando se ha visto empañada por algunos casos particulares que muchos de ustedes conocen o han leído. Sin embargo, este asunto ha sido analizado por grandes maestros como Carlos Massini Correas y Rodolfo Vigo. A tal punto que ha dado para escribir tesis doctorales.


Ahora bien, en los momentos actuales que vive la humanidad la prudencia debe estar presente en cada decisión que adoptemos, aunque pueda parecernos simple. Debemos ser prudentes no solo por nuestra salud sino por la de las demás personas que viven con nosotros, así estaremos decidiendo sobre lo bueno o lo malo, ergo, lo que es justo para nosotros y para los que nos rodean.


La prudencia ha sido estudiada por siglos, sin embargo, no es fácil aplicarla, puesto que exige tener voluntad. No obstante, es necesario intentarlo, ya que es útil para cada momento de nuestra vida, sin que eso conlleve a ser un “moralista” que puede ser el temor de muchos al reconocer que es importante usarla. De hecho, Aristóteles reconoce que es una virtud práctica, ya que permite razonar y actuar mejor.


En el caso del Derecho, es una virtud que debe ser estudiada y analizada con un mayor detenimiento, toda vez que se relaciona con decisiones justificadas racionalmente, en los distintos escenarios en que opera éste: legislativo, judicial, administración pública y sector privado. Lo que muestra un camino largo por recorrer aún, pero que merece ser caminado. De hecho pueden surgir monografías de pregrado, tesina de maestría o tesis doctorales sobre estos temas. Al menos de mi parte ahora me surge un nuevo desafío académico: la prudencia legislativa.

[1] Cfr. Ética a Nicómaco, Madrid, Editorial Gredos, 2010. [2] Ibídem, 1140b4-6.



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