• Columna 7

“LA POLA”, ALEGORÍA DEL EMPODERAMIENTO DE LA MUJER COLOMBIANA

Por: Lorena Mosquera Chaparro.


“Pueblo indolente, cuan diversa sería hoy vuestra suerte si conocieseis el precio de la libertad. Pero no es tarde; ved, que aunque mujer y joven, me sobra valor para sufrir ésta muerte, y mil muertes más”.


“La Pola”

14 de noviembre de 1817


Policaparpa Salavarrieta, heroína de la Independencia de la Nueva Granada, nuestra “Pola”, tal vez la mujer con mayor conciencia política que han parido éstas tierras, es la protagonista de la columna con la cual pretendo destacar, hoy, eventos cruciales de la historia naciente de Colombia, a propósito de la conmemoración del Bicentenario de nuestra independencia.


Mucho se ha escrito acerca del trascendental papel que cumplió la Pola en la lucha ideológica y política de nuestra independencia; ahora bien, poca información se tiene en torno a su vida personal. Se sabe sin embargo, que aunque no nació en el seno de una familia pudiente de la época, su origen mestizo estuvo precedido del ascendente de su madre, Mariana Ríos, quien era hija de un adinerado español que al pisar el Nuevo Mundo se encargó de extender su progenie y si, aunque no fuera la usanza, no desprotegió del todo a sus ilegítimos dejando entonces en manos de la madre de nuestra heroína una pequeña “dote”, si se quiere, con la cual ella y su amadísimo esposo, Joaquín Salavarrieta sustentaron un modesto pero próspero comercio en su natal Guaduas, de suerte pues que la niña Pola pudo acceder a un nivel de educación primaria – apadrinada luego por la madrina de su hermana mayor, Manuela Beltrán – aprendiendo a leer y a escribir, lo cual ni de lejos era lo habitual para las niñas mestizas en aquella época. La Pola entonces, aprendió de doctrina e historia española a la tierna edad de nueve años y conoció también la literatura non saeculare enseñada por las hermanas del Convento La Soledad, encargadas de su formación inicial.


Hasta donde hemos llegado, se evidencia diamantinamente que Policarpa no adoleció, ni aún de adolescente, de una familia amorosa, de la protección de sus padres, ni de medios para educarse como una señorita, si bien, no de casta de hidalguía, si con conocimientos en historia, literatura e incluso música – rasgaba la guitarra en el mencionado claustro aunque lo fuere sólo para amenizar las liturgias eternas que se incluían en la formación habitual –. Sin embargo, la viruela arrasó con por lo menos un tercio de la población cundinamarquesa en los primeros años de mil ochocientos, quedando nuestra Pola huérfana de padre y madre, quienes perecieron ante la peste y siendo llevada a vivir con su hermana mayor recién casada, según se dice, con un pequeño hacendado que murió luchando en el ejército de don Antonio Nariño – de quien me complacería hablar ampliamente en entregas posteriores –.


Inteligente, valiente, vivaz, participó como ninguna en nuestra lucha por la liberación del yugo español, no tomando las armas, como era de esperarse, empero si desempeñando durante “el régimen del terror” una labor absolutamente bien planificada y de notable valía para el ejército patriota: fue ésta mujer una suerte de espía que se movía con total agilidad y sigilo en círculos de poder, pues de su paso por el convento franciscano aprendió el arte de la costura – que se le daba muy bien, de hecho – y al tiempo que bordaba suntuosos vestidos para las más ilustres damas santafereñas, escuchaba noticias sobre las tropas realistas comandadas por Pablo Morillo, “el Pacificador” – y más tarde por el mariscal don Juan Sámano –, y se enteraba de información sobre su armamento, sobre sus movimientos y sobre las órdenes que este ejército planificaba, datos que eran luego transmitidos a sus amigos insurgentes a fin de que se planearan emboscadas y golpes certeros que de poco en poco fueron fortaleciendo nuestra lucha por la independencia. Su compromiso con la gesta de la emancipación la llevó incluso al patíbulo, siendo capturada y condenada a la pena capital, y pasando a los anales de la historia como la heroína más destacada de nuestra independencia.


Nuestra Pola representa, a mi modo de ver – y espero no tener el juicio sesgado por la gran admiración que siento por ella – el símbolo de empoderamiento femenino más grande de nuestra génesis histórica como república; y me atrevo a expresar con total contundencia tal afirmación, no porque fuera ella la única mujer involucrada en tan importante gesta – hacerlo sería como negar de plano la contribución de magnificas próceres, tales como: Manuelita Sáenz, Juana Azurduy, entre otras –, sino porque lo verdaderamente destacable de su participación en la lucha independentista fue su inteligencia, a la que se le dio un valor muy por encima de su esbeltez, juventud, o virtud para las artes amatorias.


Digo lo anterior, porque injusta, pero habitualmente, se nos ha visto a nosotras – más aún en la época de la independencia – como la flor delicada, la amante mujer, aquella que aunque puede ser protagonista, es reconocida por ser “la mujer que está detrás del triunfo de su hombre”; empero, la Pola, destacó por sí sola, sin hombre alguno que la llevara a su lado, sin ser ella la impulsora de ninguno, sin ser amante, esposa, mujer amada, refulgió en nuestra historia naciente por su audacia y brillantez, fue la heroína de un pueblo cautivando la imaginación popular y creando una gran resistencia al régimen del terror impuesto, inmortalizándose su historia, en la cual se resaltó siempre su valentía y coraje.


Hoy, en un mundo cada vez más convulsionado y desprovisto de valores, en una sociedad en la que se confunde la lucha por el empoderamiento femenino con el ridículo y grotesco movimiento feminista que ha degenerado en lo que peyorativamente se denomina en algunos foros como “feminazismo”, valoremos a tantas mujeres que como la Pola, rompen barreras y someten ejércitos con su inteligencia, utilizan sus habilidades intelectuales por encima de sus atributos físicos, se apropian de sí mismas, se dignifican y son dueñas incluso de la potestad de destacar en todos los ámbitos de la sociedad, con la cabeza en alto y las palabras adecuadas en su boca.


Mujeres que me leen – y hombres, ¿por qué no? –, pretendo que estas líneas que escribo y cuya inspiración ha nacido de la prolija historia de nuestra Colombia que hoy se celebra, nos inviten a ser una alegoría del empoderamiento de la mujer colombiana, pues sabidas estamos ya que desde el origen de nuestra independencia contamos con el más notable ejemplo de que podemos resaltar mucho más por nuestra inteligencia que nos hace poderosas por nosotras mismas, que por todos los demás talentos y virtudes que requieren de otro para hacernos brillar.


Gracias, nos encontramos pronto.



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