• Columna 7

LA PARÁBOLA DEL ASCENSO Y DECLIVE DE UN LÍDER POLÍTICO

Por: Alvaro Echeverri Uruburu.


“Cuando los dioses quieren perder a los hombres, primero los enloquecen”.

(Proverbio atribuido al dramaturgo Griego Eurípides).


“ La divinidad fulmina con sus rayos a los que sobresalen demasiado” (Herodoto

padre de la Historia).


Las teorías del liderazgo, combinan conocimientos de filosofía, ética y psicología. Las referidas al liderazgo político, se adentran, además, en las profundidades de la medicina psicoanálitica, como lo veremos en estas líneas.


Recientes acontecimientos conocidos por todos, nos han motivado para iniciar una reflexión sobre el poder, el liderazgo político de tipo carismático y de sus infortunadas desviaciones, tanto para su titular como para la sociedad. Si algo puede enseñarnos la historia, es hora de aprovechar de sus enseñanzas.


De un dirigente político cualquiera a un líder Carismático


En los términos de la concepción Weberiana, el lider carismático es aquel dirigente político que por sus cualidades personales suscita la adhesión y entrega incondicionales de sus seguidores. Esa adhesión y entrega en algunos casos puede adquirir las características irreflexivas, incluso violentas, del fanatismo más extremo.


En el pasado, una de esas cualidades del líder podría consistir en su capacidad como brillante escritor, al estilo de Benito Mussolini en la Italia de la primera posguerra, pero en general, en casi todos los casos de liderazgos exitosos, la fuerza de la oratoria ha sido determinante, ya que esta cualidad genera fascinación y esta su vez, conduce a la adhesión a la persona del líder. Pero independientemente de su capacidad oratoria, el líder carismático será siempre un excelente comunicador de sus ideas.


También es de crucial importancia la visión estratégica que poseen líder, vale decir la capacidad de proyectar objetivos a largo plazo y el diseño audaz de tácticas convenientes para el logro de esos objetivos. En el caso del líder carismático, esta cualidad es definida por él en términos mesiánicos como un proyecto salvífico de naturaleza profana.


La retórica del líder carismático, con el propósito de hacer más fácil la comunicación con la masa de sus seguidores, tenderá a reducir los grandes problemas de la sociedad, de enorme complejidad y con hondas raíces históricas, a formulaciones simplistas, sesgadas o de medias verdades, como cuando se presentó el origen y accionar de los grupos guerrilleros como el producto de individuos desadaptados, animados de un espíritu terrorista y destructor. A esta imagen ideologizada y ahistórica contribuyó significativamente el discurso Internacional de la “lucha contra el terrorismo” proclamada por el presidente norteamericano George W. Bush.


De otra parte, la posición electoral de un dirigente regional en trance de convertirse en líder carismático, se vio fortalecida por su decisión de romper con el establecimiento político partidista ,desprestigiado a raíz de numerosos escándalos de corrupción. Esta circunstancia, le permitió presentarse como “hombre nuevo” un “outsider”, a pesar de haber pertenecido, de tiempo atrás, a la organización política que abandonaba y en cuyo nombre había desempeñado cargos oficiales y de representación ciudadana. En estas condiciones, ese dirigente, comenzó proyectándose como alguien que se encontraba por encima y superior a las fuerzas políticas existentes, de las cuales pudo prescindir para acceder a la más alta posición del Estado.


Una vez en esta posición, los éxitos sucesivos de su proyecto político- que había obtenido el favor de buena parte de la ciudadanía- lo van consolidando como líder indiscutible y necesario. Surge entonces “ una legión de incondicionales que reconocen su valía, pero que igualmente lo adulan sin medida”, provocando la megalomanía del líder


En esta fase megalómana del ejercicio del poder, los rasgos del líder serán la creencia en su infalibilidad y el sentimiento de ser insustituible. Creencia y sentimiento que igualmente compartieron sus seguidores incondicionales.


Es entonces cuando el líder dicotomisa el espacio político, dividiendo el país en un “nosotros” (los patriotas) y un “ellos” (los apátridas, entre los cuales se encuentran todos los que no están de acuerdo con él). El líder se constituye en el juez único de la virtud patriótica. Sólo él es quien define quienes hacen parte de la patria y quiénes conforman la antipatria.


Esta dicotomía maniquea de la sociedad es para el líder insuperable, porque de ella extrae la legitimidad de su poder y la posibilidad de prolongarse en su ejercicio (cuando ello no sea posible, intentará hacerlo por interpuesta persona).


“Ellos” , ese enemigo colectivo, tiene para él una naturaleza dual. Por una parte, es interno, conformado por todos cuántos no siguen al líder y lo cuestionan. En segundo término, corresponde a un enemigo externo que se encarna en dos tipos de personajes: uno malvado y poderoso (vg; un Fidel Castro) y uno menos poderoso y corrupto (vg; Hugo Chávez). Ello, porque como anota la politóloga María Esperanza Castillo, los villanos políticos son siempre duales (“líder héroe y Villano, los protagonistas del mito populista”).


Valga entonces la pena la siguiente aclaración. El líder carismático que hasta aquí hemos descrito, responde al gobernante populista, ideológicamente de derecha, ( estrecha relación con el capital nacional y extranjero, expedición de una legislación en exceso favorable a este último -repatriación de utilidades, exenciones tributarias, intangibilidad de la legislación beneficiosa etc.- ).


El líder carismático, que se ha servido de las instituciones de la democracia liberal para conquistar el poder, una vez en ejercicio de este, aplica todos los mecanismos de elusión posibles para escapar a los controles que las instituciones democráticas le imponen. Prefiere apoyarse en el contacto directo con sus seguidores, porque como lo dice la autora antes citada, el líder carismático populista, “debe crear y recrear la legitimidad de su propia autoridad, mediante la apelación discursiva directa y constante de sus seguidores”.


El Síndrome de la “Hybris”


Para los antiguos griegos la “Hybris” era el comportamiento desmesurado producto de la pérdida de la conciencia de las propias limitaciones y de las que impone la sociedad. Quien está poseído de la “Hybris” es un infractor de los mandatos de los dioses y de los hombres.


Este concepto de la ética antigua, ha pasado a la medicina psiquiátrica bajo la siguiente definición: “el síndrome de Hybris es un trastorno psiquiátrico adquirido, desencadenado por el poder y potenciado por el éxito” (J. González García, médico neurocirujano). Este síndrome que en su etapa inicial se caracteriza por la megalomanía, como lo indicamos antes, pasa en su etapa terminal a convertirse en paranoia.


La “Hybris” es una borrachera del poder como consecuencia de sus éxitos. Se manifiesta en un ansia Insaciable por su disfrute y del cual, el líder que sufre este síndrome, no quiere desprenderse, buscando eternizarse en él.


El médico británico, David Owen, que ha estudiado a los líderes más destacados de Estados Unidos y de La Gran Bretaña desde 1906 hasta la fecha de la publicación de su estudio, expresa que “ ... el poder intoxica tanto que termina afectando el juicio de los dirigentes.”


Según Owen, el afectado por este síndrome “se vuelve imprudente, deja de escuchar; cree que sólo sus ideas son correctas; jamás reconoce sus errores y gusta rodearse de una legión de genuflexos que no vacilan en alabarlo hasta en sus errores, afianzando, en él por tanto, los sentimientos sobre el valor imprescindible de su liderazgo mesiánico.


El líder aquejado de la desmesura, termina por corromper y desorganizar la sociedad, a la cual ha dividido de manera maniquea en “buenos”, los que están con él y los “malvados”, los que se le oponen.


El periplo vital del líder carismático, perturbado por la “Hybris”, concluye en la paranoia más absoluta: todo el que se le opone es su enemigo; sospecha de todos y se deshace de aquellos de los cuales desconfía en su lealtad; falsea la realidad y cómo ha dejado de escuchar, prevalido de la validez indiscutible de sus ideas, termina por cometer errores irreparables que lo conducirán, indefectiblemente a su caída.


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