• Columna 7

LA LITERATURA A PROPÓSITO DEL CONFLICTO PALESTINO-ISRAELÍ

Actualizado: sep 27

Por: Esperanza Niño Izquierdo.


El arte de escribir está sin duda ligado íntimamente con la realidad, con la historia o con los sentimientos, los recuerdos o simplemente con cualquiera de las sensaciones humanas. Por tanto el escritor hace de hilo conductor entre estas manifestaciones y la ficción de la narrativa literaria que le dan vida, hilvanando las palabras precisas para llegar a los lectores. Se maximiza este arte cuando se adentra en los conflictos históricos, como en este caso, el Palestino-Israelí.


Es así como Julia Navarro, escritora española, nacida en Madrid (1953) formada como periodista especializada en temas políticos y de opinión como consecuencia de la época convulsa de transición en la España en que le ha tocado vivir. Versátil en cuanto a las locaciones y la intrínseca historia en las que sitúa sus obras literarias, quizá por el hecho mismo de su profesión como corresponsal periodística desde distintos puntos de la geografía europea y en el medio oriente, que conoce relativamente bien. Se nos revela cuando al describir un pueblo, un lugar, no omite detalles y sitúa los pies del lector “in situ”, con lo cual le da color y atmósfera a cada rincón, palacio o calle que nos regala a través de su retina plasmando con suficiencia narrativa mediante su pluma descriptiva y a veces desgarradora, logrando penetrar hasta nuestra médula. Y no se diga de la capacidad superlativa para adentrarse en el alma y espíritu de sus personajes al máximo del intimismo, para que estos- sus personajes tan bien construidos-, “ se suban al escenario del momento histórico que están viviendo”, pues a su decir, “la historia es solo el escenario, lo que interesa son los personajes”. Esto último lo sabe gracias al gran conocimiento que tiene de la lectura de los clásicos como Dostoievski, Tolstoi, Shakespeare, etc., en los cuales ha abrevado su amplio repertorio del abanico emocional y rasgos psicológicos diversos que imprime a sus protagonistas.


Las obras narrativas de Julia Navarro, como La hermandad de la Sabana Santa, La biblia de Barro, La sangre de los inocentes, Dime quién soy, Tu no matarás y Dispara yo ya estoy muerto, a la que nos referiremos en este artículo, han sido traducidas a más de 40 idiomas y más de un millón de copias de sus libros se posicionaren como Best seller. Es destacable también que su obra reconocida en el ambiente como emblema literario, ha recibido innumerables premios de alta relevancia como la “Pluma de plata” de la feria del Libro de Bilbao y muchos otros más.


¡Los abrazos rotos!


Sería este un buen título para abordar la novela de Julia Navarro, “Dispara yo ya estoy muerto”. En ella, esta elocuente escritora nos transporta a los sitios geográficos que desde finales del siglo XIX los personajes han trasegado por las grandes transformaciones geopolíticas, desde la Rusia Zarista, hasta 1948 cuando se crea el Estado de Israel pasando por las dos guerras mundiales y la Revolución bolchevique de 1917. La amistad que se cultiva por décadas entre los personajes iniciales de la novela, y sus descendientes que superan hasta casi llegar al límite de lo imposible, los conflictos externos del entorno que habitan, para mantener viva y ejemplarizante la vida paralela pero íntimamente amistosa de estas dos familias. Con todo, aunque lograron superar las confrontaciones netamente humanas, no pudieron sobreponerse a las rupturas políticos-religiosas irreconciliables impuestas por otros, al partir en dos un pueblo que otrora fue escenario de convivencia como hermanos: Palestinos y Judíos.


De manera sorprendente Julia Navarro logra atrapar al lector desde la primera página del libro con esta luctuosa sentencia: “ Hay momentos en la vida en los que la única manera de salvarse a uno mismo es muriendo o matando”. Su pluma, encierra una narrativa que implica un juicioso trabajo intelectual psicológico e histórico. - Aunque, al decir de la autora no se trata de una novela histórica- Ella concibe la historia como el escenario en donde sus personajes desarrollan su devenir como agentes que involuntariamente tienen que ocupar un espacio en el teatro del mundo que habitan.


La puesta en escena de los personajes de la novela, nos hace recordar el pensamiento del filósofo español José Ortega y Gasset a propósito del ensayo sobre “El Quijote”, en el que afirmaba : “yo soy yo y mi circunstancia, si no la salvó a ellas no me salvó yo”. A partir de allí Julia Navarro nos lleva a reflexionar sobre los componentes de la existencia el yo- el sujeto y el mundo en que cada cual nace, en el que le toca vivir, en el que se mueve la existencia, en el que los hechos cambian, el entorno no escogido y allí, debe escribirse la propia historia.


Pareciera que ésta profunda reflexión fuera el punto cardinal que busca y con gran éxito encuentra la escritora, ya que la novela marca el hilo conductor a través de sus personajes, antagónicos, algunas veces, de otra estirpe social, otras, de pensamientos ideológicos diferentes y, en el cauce de cada uno, enfoca sin miramientos aquello que buscan, lo que encuentran, lo que nunca encuentran: el amor, el desamor, los sueños truncados, los desencantos marcados por los diversos conflictos como el escenario que fueron las dos guerras mundiales, los cambios radicales en la sociedad producto de la Revolución Bolchevique de 1917 y que trastoca sus destinos en desplazamientos forzados y en los pogromos ( linchamiento colectivo de judíos) dentro de los cuales muchos personajes de la narrativa sucumben. Finalizando en una crisis de disección de un territorio, signado por los tiempos a ser el escenario de ideologías políticas, religiosas y económicas diferentes e irreconciliables: Israel y Palestina.


La autora de manera consciente, nos introduce sin pestañear dentro de sus 900 páginas mediante un recurso simple pero definitivo: “el diálogo” a través de una entrevista de la cual el lector no espera tanto. Pero es allí, donde se desenvuelven cuatro generaciones de protagonistas con sus espíritus dolidos, buscando un lugar en donde habitarlos. Una entrevista que realiza Marian Miller, como investigadora de una ONG para refugiados palestinos, precisamente a Ezequiel Zuker, el judío. Miller conduce de tal manera la entrevista, que con una facilidad imperceptible nos enclava en la piel de unos y de allí, sin darnos cuenta, saltamos a la piel de los otros. Logra con ello una profunda empatía con los personajes, que nos hace conscientes del dolor ajeno, moviendo las fibras de la compresión con los sentimientos que afloran dentro de las casas y fuera de ellas, en las que discurre la vida en común de estas dos familias, la de los judios Zuquer y la de los Ziad, los Palestinos.


De esta manera, nos enfrentamos a las historias encontradas y las circunstancias que acercan o alejan a este conglomerado familiar de acuerdo al devenir de los tiempos, en un entramado de hechos violentos que desencadenan relaciones de odio, de pesar, de desesperanza para unos y de futuro alentador para otros.


Conducidos por un hilo mágico de la mano de Marian Miller y de Ezequiel Zuquer atravesamos un largo camino por múltiples sitios geográficos en los que ocurre la historia, comenzando en Rusia, origen de los protagonistas judíos, Francia, Inglaterra y el último destino, Palestina.


Durante este viaje la narradora nos lleva a recordar los hechos más críticos en Europa, como el atentado al Zar Alejandro II, del cual fueron inculpados algunos judíos, dando lugar los pogromos que más tarde se difundieron por todas partes de ese continente, hasta llegar al nazismo que buscó el total exterminio Judío. Todos estos hechos van marcando y abriendo paso a paso la vida de múltiples protagonistas cuyo desenvolvimiento en tantas circunstancias adversas, amplían orbitalmente el espectro emocional que estos sobrellevan en un juego de roles, en el que unas veces son perseguidos y en un mañana perseguidores.


Navarro, nos conduce desde 1880 de la Rusia Zarista hasta 1948, año en el que se aprueba por Naciones Unidas la creación del Estado de Israel, dando origen al despiadado desplazamiento de los árabes palestinos a los países fronterizos que les abrieron sus puertas pero para confinarlos en campos de refugiados que hoy todavía subsisten.


Sin embargo, la novela nos conduce mucho más allá de las decisiones políticas tomadas por otros, de los desencuentros religiosos impuestos por los fanatismos, para adentrarnos profundamente en el espíritu de los hombres que componen esas familias que ven y sufren el día a día, que son producto de las circunstancias adversas, teñidas de sangre y dolor y que indefectiblemente los lleva no sólo a una división geográfica sino a una obligada y dolorosa ruptura de la amistad, de aquella amistad que construyeron con el paso del tiempo, que siempre, a pesar de los escenarios trágicos, de las desavenencias lógicas de cualquier relación interpersonal, lograron mantener sólida hasta que la historia la partió en pedazos.


Julia Navarro, nos sorprende enfrentando el pasado con el presente mediante otro de sus ingeniosos recursos, en este caso, casi cinematográfico y a todas luces inesperado, devolviéndonos al principio de la novela, a la premisa inicial: “yo soy yo y mi circunstancias, si no las salvo no me salvo yo”; para terminar espectacularmente con la sentencia: “Dispara yo ya estoy muerto ”.


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