• Columna 7

LA INDIA:TIERRA REVERBERANTE DE HOMBRESDIOSES MITOS Y LEYENDAS

Por: marcos rafael rosado garrido.




Arriba: escena orgiástica en un friso del templo de Lakshmana. Kajuraho. India. Las representaciones sexuales en el arte indio simbolizan la unión de los dioses para la creación de todo lo existente, la conjunción de los principios cósmicos para la procreación, en una religión cuyo fundamento es la vida.


Los Chandelas, una dinastía india, fundaron su reino en el siglo X d.C en la India Central, en el actual Estado de Madhya Pradesh. Hacia 925 d.C , uno de sus príncipes decidió embellecer su capital Khajuraho construyendo varios templos que honraran a los dioses Siva, Vishnú, y a Kalí, entre otros. En dichas construcciones, verdaderos monumentos de la arquitectura india, en varios frisos superpuestos se reproducen escenas de carácter sexual de elevado contenido erótico entre parejas, tríos, y aún más… Se representan escenas de zoofilia incluso, y, todo ésto saturado de posturas y gestos corporales de claro sentido simbólico no sólo sexual, sino cultural y religioso. Para la mente del hombre occidental, todo aquello no es sino la representación del KAMASUTRA, aquella obra escrita por el poeta Vatayayana Mallanaga (s.v d.c) sobre el amor y el placer sexual , e ilustrado con las posiciones del cuerpo para alcanzar máximos estados de satisfacción amorosa.


En ambos casos, tanto con los templos eróticos de Khajuraho – así se les llama – como con los Versículos del Amor (Kama: dios del amor, Sutra: verso, versículo) en sus siete libros, treinta y seis capítulos y sesenta y cuatro párrafos, sólo hacemos gala de nuestra ignorancia acerca de la cultura hinduista y de esta religión. Esas escenas, impresas en las juveniles camisetas de los muchachos de la “civilización occidental “con un objetivo comercial de tinte morboso y burlón, no son sino en su esencia religiosa y cultural, la representación de la unión o relación de los principios cósmicos – dioses y diosas copulando, y reyes y cortesanas en lo mismo, pero en las tierras de los hombres – de la cual nace el mundo, la creación de éste y de la misma vida.


Como señala J. Pijoan[1] en su historia del arte, los templos de Khajuraho con sus abigarradas paredes de escenas sensuales, no son sino “… la exaltación abierta del amor… en una civilización en que uno de los valores fundamentales es la procreación”. El arte indio, el referente al hinduismo y sus derivaciones, está impregnado de mitología, de dioses y diosas buenos o malos los unos y voluptuosas las otras, en un panteísmo que por propia definición y naturaleza cree y crea a trescientos treinta millones de aquellos. Bonachones dioses con cuerpo de bebé y cabeza de elefante, diosas terribles como Kalí la negra, a quien se sacrificaban niños, representada con múltiples brazos y un collar de calaveras personifica igualmente a Parvati, esposa de Siva, de quien es potencia y energía.



Siva, uno de los tres dioses de la Trimurti (triple forma o la trinidad hindú) junto con Brahma y Vishnú, es representado en varias actitudes y posiciones de las cuales la más conocida en la de Siva danzante (nataraja) , gira y gira en el Monte Merú, el centro del mundo, donde vive, y en la mente de los creyentes, significando el continuo círculo de destrucción-regeneración, de vida, muerte y transformación de todo lo creado. Siempre representado auroleado del fuego cósmico de la creación inicial, con una pierna posada sobre un enano, el demonio de la ignorancia, y con otra, levantada y dirigida a un extremo señalando cual es el camino por el cual se va a esa ignorancia, ignorancia que consiste en no reconocer la presencia de dios en todas partes, sitio o lugar.


Ahí radica el panteísmo hindú. También presenta varios brazos, cuatro seis u ocho, en cada mano un símbolo, sea un tambor, una serpiente, una hachuela o un ciervo. Incluso el peinado ( jatamakuta: corona de cabellos) variará según el estilo sea de la cultura gupta , calukya, hoysala, pallava, etc. La posición de las manos y de los dedos (mudras y hastas ) llevan la intención del mensaje, así, la palma arriba y abierta hacia adelante significa protección; palma hacia abajo y abierta hacia adelante implica concesión de un favor; brazo y mano extendidos hacia abajo y palma igual implica que el devoto debe protegerse cobijándose bajo la pierna levantada… y, así, sucesivamente. Son trece posiciones de manos y dedos, cada una con su nombre: abhaya, varada, danda, hasta o karihasta y demás.[2]


Arriba.der. Posición de mano ahayavarada, con la cual se solicita la concesión de un favor.

Abajo. Der. Posición Lola, que significa ir libremente.


Abajo.Izq. Siva Nataraja (danzante). Escultura en bronce. Museo de Madras. Abajo. Der.El Bodjisattva del loto azul Cuevas de Ajanta. India.



El famoso escultor francés Auguste Rodin (1.849-1.917)[3] sentía por la cultura india una gran empatía, analizaba ese arte con su captación y sensibilidad de esteta, y comprendía que las expresiones de aquél no podían ser captadas por una mente obtusa o ignorante. Escribiendo aforismos, describe un bronce de Siva sito en el Museo de Madrás, y titula su escrito Sobre el arte supuestamente bárbaro de Siva, lo desarrolla señalando que: “…el hombre ignorante simplifica y mira groseramente, le quita vida a un arte superior para amar el inferior, sin consideración a nada. Hay que estudiar además para interesarse y ver”. Continúa en su apreciación-descripción y, ahora, titula al siguiente aforismo como Mirada de conjunto a Siva, expresando que: “…abierto a la vida, al río de la vida, al aire, al sol, el sentimiento del ser es un desbordamiento. Así se nos presenta el arte del Lejano Oriente… La divinidad del ser humano se logró en esa época no porque estuviera más cerca de los orígenes, ya que nuestras formas siguen siendo las mismas, sino porque la servidumbre de ahora ha creído emanciparse de todo y estamos desorbitados. Nos falta el gusto por lo bello…”.


Difícil la comprensión de dicho arte, rebosante de misticismo y de una espiritualidad avasalladora donde el mito prácticamente se vuelve verdad, aliena la mente del creyente y señala el derrotero de vida de éste. Es el panteísmo hindú, que al predicar la presencia de dios en todas partes permite a esta religión tragarse cualquier concepto, doctrina o creencia, hacerlos propios, ya lo vivieron los misioneros cristianos cuando evangelizando creyeron que el cristianismo era aceptado por los nativos y se encontraron con la realidad que lo que ocurría era que éstos identificaban a Cristo como un avatar del dios Vishnú en una de sus tantas venidas a la tierra. Lo cierto es que si no se estudia la mitología india no se podrá apreciar su arte en lo que al hinduismo y sus ramificaciones se refiere, resultándonos abstruso y hasta grotesco aquél.


Si ya resulta difícil comprender su arte bajo los parámetros que lo conforman, más dificultoso, para una percepción clara de ella, es tratar de entender la sociedad que de ese misticismo se nutre, se regla y se conforma. Esa sociedad de estructura complicada, basada en el sistema de castas, y máximo ejemplo de lo que una religión manipulada por el segmento dominante de la sociedad, y puesta en función de los intereses de éste, puede ejercer sobre un grupo humano, una Nación y un Estado mismo.


Las castas en la India. Un mundo delirante, verdadera mixtura de miseria y riqueza, inclusión y exclusión, barbaridad y cultura, y únicamente injusticia. De la división de la sociedad en estancos cerrados como son la castas, de las cuales sólo puedes escapar “renunciando al mundo”, deviene una ideología brutal con una visión del cosmos, del mundo de los hombres, de los dioses mismos, y de una sociedad humana erigida y regida por una filosofía política basada en diferenciaciones imposibles-al menos en tiempos pasados-de superar completamente, y un desequilibrio humano y entre humanos que raya en el paroxismo hasta la contemporaneidad.


Brahmanes, guerreros, comerciantes y sirvientes, cuatro castas iniciales , para que con la secularidad de la creencia y la costumbre, multiplicarse en cientos o miles de castas ya no solamente por razón del nacimiento únicamente, sino también por las profesiones y oficios. Y, debajo de todo esto, una masa millonaria en miserias, desprecio, resignación y casi nula esperanza. Son los parias o intocables, condenados a una subsistencia de miseria y degradación por la simple razón de haber llevado en vidas anteriores un comportamiento no acorde con los preceptos del hinduismo, y al morir y darse la metempsicosis (transmigración del alma y reencarnación de ésta) recibir el castigo por la transgresión de aquellos preceptos. El infierno en la tierra es un barrio (chavola) de intocables, hacinándose en cuchitriles, con altos índices de cólera, lepra, tuberculosis y otros males, donde todavía se puede morir de sarna o, incluso, ser abandonado al nacer en un basurero. La actividad de la Madre Teresa entre esta masa humana en Calcuta, la hizo acreedora del Premio Nobel de la Paz. Ella y las abnegadas monjas de su comunidad recorrían los basureros de esa ciudad para rescatar en medio de montañas de inmundicias y buitres hambrientos a los recién nacidos dejados por sus madres como desperdicios en esos lugares al no poder alimentarlos y convertirse en una carga para ellas.


En la mitología hinduista la Muerte está representada por un ser de origen divino de nombre Myrtu o Yama. Reside en el mundo de los muertos donde juzga los actos buenos y malos de los difuntos – el karma - y de éste análisis, al momento de la reencarnación, el alma respectiva nacerá en mejor o peor casta, incluso en otro ser viviente como una serpiente o un insecto. Es la metempsicosis antes mencionada, poderosa arma para la alienación mental de las masas indias, y conseguir su pasiva conformidad con la injusta sociedad y el control de esta por las clases dominantes. Si existe una forma, certero ejemplo, de como la religión en una supraestructura social sirve para controlar el monopolio de una clase sobre la infraestructura societaria (Modo de producción), el de la India es el más dramático, porque se proyecta su existencia hasta estos tiempos contemporáneos.

A veces, la muerte cumple un ciclo y desaparece, o descansando deja de actuar por un tiempo, entonces la Tierra sufre de superpoblación y agobiada y asfixiada por tanta exigencia vital acude a Brahma solicitando ayuda, éste responde provocando y causando la muerte o, convocando a Siva para que sea éste quien la cause basándose en el comportamiento y acciones de cada quien.


Los dioses también se preocupan cuando la muerte se ausenta, pues los hombres, mortales por naturaleza, se vuelven inmortales, queriendo ser como aquellos, creando igualdad entre éstos y aquellos, lo que es inaceptable ante la ineludible jerarquía entre ambos…quizás esa sea una de las causas primigenias del sistema de desigualdad entre las castas y su inexorable división de dominio y sumisión. La muerte es la puerta y camino para el individuo hacia otras vidas, su hecho no es sino el esfuerzo individual del Atman, o alma, de superarse a través de los avatares o reencarnaciones, dependiendo del karma o la responsabilidad de los actos en las vidas pasadas, para fusionarse finalmente con Brahma, La Gran Alma, la máxima divinidad, El Creador. Todo dentro de un inmenso e intenso espiritualismo entre los mortales y lo divino, tal como lo encontramos en las palabras con las cuales el Shadu (santón) le explica al pequeño Kim, su cheela o guía, en la bella obra de Rudyard Kipling[4], como ha logrado salvar a ambos uniéndose a la Gran Alma a través de la meditación, en un despliegue de misticismo interior tan propio de ese espíritu de la India, que como bien lo señala C. Sivaramamurti[5], director del Museo Nacional de Nueva Delhi, es su deseo de realización de “los cuatro grandes ideales de la vida que han actuado como motivaciones principales del indio durante toda su existencia cuyo modo de vida se ajustaba a los más elevados códigos éticos que pueden resumirse en una palabra intraducible: Dharma”.


Sin embargo, la cultura india a pesar de sus siglos de existencia y de los sincretismos y simbiosis en los cuales se ha inmerso, no cesa en su dinámica de permanente evolución sin perder sus valores históricos. A diferencia de otras culturas, ese pasado que muchas veces aparece como un lastre, impulsa a la Nación en los tiempos; tal vez con menos fuerza que otras naciones, sociedades y regímenes políticos, pero es evidente que, siguiendo lo que sería un intento de traducir o significar la mencionada palabra “dharma” como una observancia de las leyes de la armonía del cosmos y de los estrictos deberes éticos del individuo, el pueblo indio dentro de su compleja diversidad conserva y todavía construye su cultura.


[1] Pijoan J.: Historia del Arte Salvat Editores S.A. tomo IV pag.248.1.973.Barcelona. [2] Sivaramamurti C. El arte de la India. Edit. Gustavo Gili S.A. 1.975. Barcelona. [3] Rodin A. Sobre el arte supuestamente bárbaro de Siva. Revista El Correo de la UNESCO. Marzo 1.984 [4] Kipling Rudyard. Kim. Editorial Aguilar. 1.972. Madrid. [5] Sivaramamurti C. Prólogo. Op.cit.

61 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo
©®Copyright