• Columna 7

LA HOMOSEXUALIDAD NO ES PECADO

Por: Rosember Rivadeneira Bermúdez.


Surgió en mi mente la necesidad de escribir acerca de este tema, el cual ha sido satanizado desde épocas inmemoriales e históricamente ha generado una oleada de violencia que, incluso en la actualidad, continúa cobrando la vida de muchos seres, constituyéndose así en una de las tantas prácticas que alimenta el catálogo de conductas discriminatorias promovidas por seres que fatalmente han sido predispuestos por una enseñanza obtusa y equivocada.


Algunos opinan que la homosexualidad es una condición natural. Otros pregonan que dicha orientación constituye una aberración del individuo. Los religiosos lo abordan como un pecado, una afrenta que el creador sanciona con el exterminio del cuerpo y la extinción del alma en las llamas del infierno. Algo de ello se revela en el relato bíblico descrito en el Génesis, respecto a la destrucción de Sodoma y Gomorra.


No siento traicionar al creador por negarme a creer que la homosexualidad constituye una trasgresión a la ley natural. Tampoco creo que Dios, con su puño y letra, haya elevado al rango de pecado capital el amor homosexual.


No han sido pocas las veces en las que el ser humano ha impuesto su voluntad y subyugado a los demás, mediante la pavorosa práctica de suplantar la voz y la presencia de un ser sobrenatural. No han sido escasas las oportunidades en las que se nos ha privado de la posibilidad de reflexionar, haciéndonos creer que ahondar en el asunto o proclamar una tesis disímil es contrariar a Dios y, por tanto, exponernos a perder la salvación.


Se trata de la cadena impuesta por el dogma, el cual se erige como una puerta condenada. Pero el despertar que se experimenta con el transcurso de los años, asistido mediante la observación atenta de lo que ocurre en nuestra existencia y de lo que ha ocurrido reiteradamente desde antaño y que continuará ocurriendo sin lugar a variaciones, nos permite afirmar sin temor alguno, que se ha tratado de mentiras y más mentiras. Dios no ha prohibido esa expresión de amor. El hombre ha sido el gran impostor.


Podrían especular respecto a que Dios reveló la prohibición de la homosexualidad a algún sabio en la soledad de su templo, pero que abandonó a la órbita del libre albedrío de la humanidad la posibilidad de beneficiarse con la recompensa de la obediencia al ser heterosexual o de padecer la sanción por ser homosexual.


No obstante, la ciencia ha revelado que millones de homosexuales no tienen opción de elegir el camino convencionalmente aceptado, pues nacen predispuestos biológicamente a esa forma de amar, la cual no puede ser modificada por medicamento, tratamiento hormonal, terapia psicológica o sesión exorcista alguna. ¿Quién podría negar el origen divino de ese ser humano? ¿Quién se atrevería a negar que es un hijo de Dios? ¿Quién, inmerso en una corriente mística o religiosa, osaría negar que la obra de Dios es perfecta?


El impulso natural eleva el grito de victoria en la batalla que se cierne entre el bien y el mal que ha sido diseñada por la humanidad. Por eso evidenciamos a innumerables representantes de las distintas corrientes filosóficas, religiosas, místicas o esotéricas participar en prácticas homosexuales. Algunos enarbolan la bandera de una religión que se opone al clamor de su alma. Por eso se ocultan en la oscuridad de la noche para satisfacer su necesidad de amor. Al igual que Nicodemo, temerosos al linchamiento social, buscan la verdad a escondidas.


La homosexualidad no es una condición excepcional. Se trata de una orientación que no discrimina de ricos o pobres, blancos o negros, sabios o ignorantes, altos o bajos, súbditos y autoridades. Aborda tanto al pastor como a la oveja. Tampoco se trata de una inclinación intermitente en la historia. Siempre ha estado presente porque corresponde a una condición naturalmente humana.


El amor entre seres del mismo sexo históricamente ha resistido y superado el linchamiento social, la presión del dogma, el horror de la hoguera y la amenaza humana de la condena espiritual a perpetuidad. Ello nos conduce a reflexionar acerca del por qué la ley del César y la religiosa no han podido erradicar esta práctica natural.


Ahora bien, ciertamente la sexualidad propende principalmente por la procreación, la cual es posible, en la generalidad de las especies, mediante el contacto de un óvulo y un espermatozoide, esto es, por la interacción entre la sustancia masculina y la femenina.


Sin embargo, no podemos confundir el acto de procreación con las diversas manifestaciones en que se expresa el amor. De hecho, existe la procreación con y sin amor, pero también el amor sin procreación. Resulta irracional presumir la ausencia de amor por la falta de voluntad e incluso de posibilidad de procrear, bien porque siendo factible no se desea, o porque biológicamente resulte imposible.


Es necesario recalcar que, además de constituir un impulso natural, corresponde a una decisión personal, en la cual no puede inmiscuirse otro ser, y mucho menos para reprimir el sentimiento que de tales relaciones surge, mediante el cierre de las puertas que conducen a escenarios en los que se deben ejercer los derechos en igualdad de condiciones sin importar la orientación sexual del individuo.


Los homosexuales, seres de carne y hueso que poseen un alma iluminada como cualquier otro ser, no conquistan derechos en el escenario jurídico, simplemente recobran los que les han sido arrebatados por quienes han impuesto a través de la fuerza y el engaño un modelo de familia y de sociedad.


La raza, la ideología, la fe, la condición económica, la sexualidad, entre otros, han sido motivos de segregación social. Las diferencias que resultan por la dualidad, jamás se conciliarán mediante la imposición de la unidad. La solución aflora mediante el respeto de las diferencias y el reconocimiento de las libertades individuales.


No soy homosexual, pero si lo fuera, sin vergüenza alguna defendería el derecho natural a serlo, a expresarme y comportarme como tal, e incluso proclamaría con mayor vehemencia la tesis de que dicha orientación no es un acto pecaminoso y tampoco el supuesto de hecho de la condena espiritual a perpetuidad. También gritaría a los cuatro puntos cardinales, como lo he hecho en estas líneas, que es una de las tantas formas en las que el amor se encarna.


Lo escrito no es una invitación a serlo, pero sí para respetar y valorar al que lo es. Por ello, debemos abandonar el vicio de estimular la sensación de culpa o de vergüenza por las diferentes maneras en que el amor toca a las puertas del corazón del ser humano.


No soy enemigo de lo diverso, por eso respeto y valoro el derecho que le asiste a otras personas para pensar de manera distinta a la mía.


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