• Columna 7

LA DISCIPLINA DEL ROBO

Por: Ricardo Andrés Manrique Granados.

Caótico, cuadriculado. Burocrático, de vías fáciles. Inhóspito, acogedor. Lento, acelerado. Cada cosa ha sido dicha acerca de este país, cada adjetivo, cada extremo. Muchos de quienes lo ven desde afuera afirman que es formidable, pues un país de injusticias e inequidades, no obstante, y precisamente por sus contradicciones, puede ser también un país de los esplendores más espectaculares, las mayores maravillas.


Nuestro país, entre otras cosas, es el país de los doctores; el país en el que uno levanta una piedra, y debajo de ella sale un columnista de opinión.

Pues bien. Ya que han movido este ladrillo bajo el que estaba descansando, no solo debo reconocer que me la pasaba bien en el suelo, junto con los alacranes y las garrapatas, sino que estaba ahí escondido, pues algo malo ha sucedido. Hoy, en este país de esplendor y situaciones alucinantes, he sido asaltado: hoy, me robaron el celular.


Pero si es una cosa de por sí molesta perder el móvil, en la esquina de la casa, como si uno no tuviera que afanarse en ir a buscar las desgracias, sino que ellas acudieran a uno, a domicilio, algo mucho peor en este país es tener que proponerse la difícil empresa de denunciar el hurto.


Me siento ante el computador y leo, por veinteava vez consecutiva el título, el imperativo “A denunciar”, el cual demuestra que, ya que los líderes de este bello y horroroso país no se pueden comprometer a velar por nuestra seguridad, sí es nuestra obligación dar toda nuestra información a una máquina que tal vez no haga otra cosa que recibirla y almacenarla. ¿Nos transformará en una cifra más? ¿O ni siquiera eso?


Luego, he tenido que volver a la sede de la empresa de telefonía, en donde compré un nuevo celular, porque cuando llamé a bloquear el que me robaron, lo que hicieron fue bloquearle el teléfono a mi mamá (pues se lo compré a mi nombre, y es el mismo modelo que el que yo tenía). Esa sola transacción se demoró alrededor de medio día.


Vuelvo a mi formato de denuncias, en el que he tenido que invertir también medio día; un solo documento digital que no solo es poco ágil y se traba —así que lo tengo que rellenar varias veces—, sino que me pide la misma información en distintas ocasiones; no me deja ponerle tilde a mi segundo nombre; me pide datos de los que no dispongo, y solicita una narración de los hechos del largo de este texto.


Lo que me pasó es muy sencillo: Salí a la tienda de la esquina a comprar pan, pasó alguien en una moto, me rapó el celular, y se lo llevó. No vi bien cómo lucía nadie ni nada más. No puedo hacer dos páginas de eso, salvo que me invente datos, o me dedique a poner mi opinión.


Es como que no basta con el robo en sí mismo, sino que los escasos y débiles mecanismos que hay para denunciar y recuperar lo que nos ha sido hurtado, conforman una extraña disciplina, que es extensión del crimen mismo. Veo con horror que, en Bogotá, la capital del robo del erario, todos somos disciplinados en torno a él. Es nuestra doctrina distrital, y nacional.


Pero no todo puede ser malo en materia de seguridad ahora mismo. O, como se avecinan las elecciones, es tiempo de mostrar resultados.


Al momento de llegar a este punto de la escritura de este texto, ya han pasado varios días desde el robo, y me he acostumbrado a leer en mi nuevo celular, que tiene una pantalla más grande y mejor que la del que tenía antes. En mi nuevo celular me entero que la policía capturó a la peligrosa banda de “Los de Camilo”, una red criminal que azotaba el suroccidente de Bogotá.


“Camilo”, líder de la banda, fue comparado por Claudia López con un miembro del secretariado de las FARC. Por ese mismo celular fui contactado por un fiscal que tiene a su cargo la investigación por el robo de mi celular.


Entonces, de algo servirá denunciar. Pero hay algo que molesta en la retórica de López.


No solo las FARC ya no existen, sino que esa acepción es más que anacrónica. Es nociva, porque a las FARC se les atribuyó un accionar guiado por una cierta alineación ideológica, eran una guerrilla organizada, y por eso estuvieron en un proceso de paz; en cambio, lo que hacen los delincuentes comunes, lo hacen casi siempre por necesidad, y, en algunos casos, por perversión.


¿O sí se puede hacer esa comparación? ¿Cuál es esa necesidad? ¿O no será que esa comparación le resultó necesaria a López, pues era la única forma de enaltecer su ego y sus acciones como la política con ínfulas presidenciales que es?


Así que esa misma es, tal vez, otra cara de la disciplina del robo; ese es otro de sus semblantes: el de aquello que se hace pasar por otra cosa. El del engaño multitudinario.


La disciplina del robo es lo que, con sus 5 millones de habitantes fantasmas, la Registraduría ya nos vendrá achacando y que veremos suceder, en una de sus tantas facetas, en el 2022.

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