• Columna 7

LA DICTADURA DE BOLÍVAR

Actualizado: hace 7 días

Por: Rafael Porto C.


Para entender como y porque se presenta la dictadura de Bolívar, es menester recordar la prestigiosa Convención de Ocaña, la cual fue convocada con el propósito de sustituir la Constitución de Cúcuta, sobre el cual existe una especie de consenso acerca de su inutilidad y la obsolescencia temprana a que había llegado. Al respecto el historiador José Joaquín Guerra anota, comentando las primeras deliberaciones de la Convención, que al inicio de la misma los diputados Aranzazu y Azuero presentaron un proyecto de resolución cuya parte decisoria establecía que “es necesario y urgente que la Constitución sea reformada, por tanto la Gran Convención Nacional procederá a ocuparse de este objeto”.


Agrega el historiador: “Era indudable ya que la Constitución de Cúcuta habia caído en desuso, y tan persuadidos estaban los diputados de Ocaña que su misión consistía únicamente en expedir tales reformas, que ni cuando se propuso la cuestión, ni en los posteriores debates que se le dieron, hubo una voz en defensa de la Carta Politica de 1821, ni una opinión sería en contra del proyecto de sustituirla antes del plazo fatal”.


Como se sabe, en el marco de las deliberaciones de una Convención se enfrentaron dos corrientes claramente identificadas. La primera, la santanderista, que contaba con el propio general Santander quien la encabezaba, y le secundaban los señores López, Gómez, Soto y Azuero como los más caracterizados. Este grupo se conoció como el ala liberal o federalista.


La otra corriente era la tesis defendida por el Libertador Simón Bolívar y contaba entre sus principales exponentes con los diputados Castillo y Rada, Gori, Aranda, Briceño Méndez y de Francisco Martin, grupo que se aglutinaba en pro de las tesis que acompañaban una visión centralista y autoritaria del Estado.


Ahora bien, la confrontación entre éstas tendencias y las personalidades fuertes de los dos líderes de ambas facciones sería lo que conduciría a llevar al fracaso las deliberaciones de la Convención de Ocaña, lo que a su vez abriría el paso a la dictadura de Bolívar y a la desintegración de la Gran Colombia.


En el fondo, la configuración del debate político fue la posición de Bolívar, quien se fue orientando hacia un concepto autoritario del Estado que culminó en la Constitución y la presidencia vitalicia para Bolivia, por su parte Santander se afianzaba en la propuesta de que para garantizar la libertad, ésta se debía identificar con la legalidad y no con la anarquía.


El expresidente Alfonso López Michelsen resume la situación de la siguiente manera:


“Uno y otro comprenden que la emancipación de España puede convertirse en un salto al vacío, si la autoridad real no es reemplazada por una nueva, bien sea ella de un hombre, como lo pensaba el Libertador, hasta convertirse él mismo en dictador, o de unas instituciones, como lo pensaba Santander, a riesgo de verse expuesto por la desfiguración de que abusaron sus contrarios, y que aún subsiste, a aparecer como abogadillo, más preocupado con el alcance de los incisos y parágrafos, por aspirar a encauzar los derechos y deberes, que en un estadista con una visión del universo”.


El General Santander se hallaba convencido de la importancia de despersonalizar el poder político y se quejaba de la preeminencia personalista en que había incurrido el Libertador. Al respecto, escribía durante la Convención:


“Nuestra patria está regida no constitucionalmente, sino caprichosamente por Bolívar, que del título puramente honroso de Libertador ha querido hacer su título de autoridad superior a las leyes [...] No por esto seré yo imprudente ni inmoderado en la Convención, porque no trataré más que de los interes del país, de refrenar ese poder colosal que ejerce, Bolívar, de asegurar los derechos del pueblo y de los ciudadanos, y de dividir la autoridad ejecutiva para contenerla”.


El desarrollo de la Convención concluyó en la presentación de un proyecto de Constitución federalista, promovida por Vicente Azuero, quien se enfrentaría al contra-proyecto de José María del Castillo y Rada, de corte centralista. Naturalmente, cada uno de los proyectos interpretaba los propósitos y deseos del general Santander y del Libertador Simón Bolivar, respectivamente.


Simón Bolivar, con la propuesta de un régimen presidencialista, se proponía conquistar a sus partidarios, y congregar también a sus contradictores, mientras Santander y sus seguidores procuraban, con la tendencia federalista, al otorgar mayor autonomía a las regiones, obtener el consenso de los venezolanos y ecuatorianos que veían con desconfianza el excesivo centralismo de Bogotá.


Al respecto, el Libertador –como era de esperarse– había expuesto una opinión contundente contra la adopción del sistema federal por parte de los convencionistas. En comunicación dirigida al General Briceño Méndez expresó:


“Digales usted a los federales que no cuenten con Patria, si triunfan pues el Ejército y el pueblo están resueltos a oponerse abiertamente. La sanción nacional está en reserva para impedir lo que no guste al pueblo. Aqui no hay exageración, y creo que los buenos deben retirarse antes de firmar semejante acta y lo que no esté de acuerdo con su conciencia”.


La recia oposición que enfrentó el proyecto de Bolívar y la condición de inferioridad numérica que aquejaba al sector de sus partidarios en la Convención, llevó al abandono de las sesiones por parte del grupo bolivariano, dejando sin quórum la asamblea y conduciendo así a la sinsalida a la Convención de Ocaña. La pugna entre las dos facciones se zanjó en forma abrupta e inconsulta a través de un mecanismo que se convertiría en un recurso muy utilizado en las prácticas parlamentarias colombianas: la deserción de los grupos minoritarios para disolver las sesiones por falta de quórum.


El 13 de junio de 1828, el coronel Pedro Alcántara Herrán, Intendente de Cundinamarca, decidió reunir en Bogotá una junta de notables, la atribución legal procedió a revocar los poderes de los delegados de Bogotá a la Convención, a desconocer cualquier acto de allí emanado y a encargar a Bolívar del mando supremo de la nación. El Acta respectiva fue llevada al Consejo de Ministros, en donde fue aprobada como si hubiera sido la expresión de un supuesto plebiscito, lo que le fue comunicado en forma inmediata al Libertador, quien comenzó de esa manera el ejercicio de una dictadura no declarada formalmente.


El 27 de agosto, Bolívar formalizó la dictadura mediante la expedición de un decreto orgánico que llamó Ley Fundamental, mediante el cual se suspendió la Constitución, se eliminó en la práctica la vicepresidencia, se creó el Consejo de Estado y se otorgó a sí mismo facultades plenas y absolutas, las que ejercería con el título de Libertador Presidente. En el mismo decreto se convocó una asamblea que debía reunirse el 2 de enero de 1830 con el fin de expedir una nueva Constitución. De esta manera murió la Constitución de Cúcuta de 1821, la primera en regir en todo el territorio de la actual República de Colombia.


La situación del país se complicó aún más con el atentado contra la vida del Libertador Simón Bolívar llevado a cabo el 25 de septiembre de 1828, del cual se salvó gracias a la oportuna y valiente actuación de Manuelita Saénz Aizpuru. La represión contra los autores intelectuales y morales del frustrado atentado fue intensa y se extendió a los enemigos políticos de Bolívar.


Santander, quien acababa de ser nombrado embajador de Colombia ante los Estados Unidos y se preparaba para viajar a Washington, fue víctima de la persecución a pesar de que nunca pudo probársele la supuesta autoría intelectual del hecho, ni siquiera que hubiera tenido conocimiento previo del atentado que se fraguaba. Finalmente salió desterrado hacia Europa, después de haber permanecido casi un año en prisión, buena parte de ese tiempo en las bóvedas de Bocachica en Cartagena.


Más adelante, el general Santander regresaría para organizar la Nueva Granada, ya disuelta la Gran Colombia, imponiendo su visión de una República de leyes y no de hombres, reivindicado en cierta forma por el propio Bolivar, cuando en el ocaso de su vida dijo: “El no habernos compuesto con Santander nos ha perdido a todos”.

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