• Columna 7

LA CRISIS DEL MAESTRO Y DE LOS PROFESIONALES

Por: Rosember Rivadeneira Bermúdez

Muchos temas podemos rescatar para establecer las razones que han retardado el progreso de la humanidad. Hoy dirijo la atención sobre la educación. Se trata de una actividad trascendental que constituye un factor importante a la hora de medir el nivel de progreso de los individuos.

Concretamente expresaré unas ideas referentes al rol que debe asumir el docente para que los contenidos de las materias que imparte logren generar un efecto positivo que no se limite al precario e infantil estímulo de la calificación satisfactoria, pero también de los factores que han generado una crisis brutal en el sistema educativo y sepultado las expectativas de los profesionales.

Durante mi experiencia como docente he concluido que no debo preocuparme únicamente por el contenido teórico de la materia. Reviste especial importancia ilustrar al estudiante respecto a la aplicación práctica del saber, la manera en que la posesión del conocimiento transformará su esfera moral, intelectual, afectiva y social. El nivel de prosperidad económica que podría lograr para sí mismo y para quienes lo rodean y el aporte que su intervención puede generar en las futuras generaciones.

Debemos tener presente que interactuamos en una economía de capital, de generación y aspiración de riqueza. Enfocados en este fenómeno, el docente y las instituciones deben capacitar al estudiante para que al obtener su título profesional ingrese en el mercado con una mentalidad empresarial. Por tanto, además de ser un depositario del saber, debe ser experto en el arte de ofrecer los bienes y servicios que genere, expresarse con autoridad en su contexto comercial y aprender a manejar su imagen y forma de presentarse ante los consumidores de su arte, profesión u oficio. Estos aspectos no se agotan mediante el suministro de técnicas de protocolo ni de usos sociales.

En este orden de ideas, de nada sirve que el estudiante aprenda que uno más uno es dos, si no le enseñamos que las matemáticas son útiles para incrementar su riqueza, que no se trata de simples fórmulas abstractas o de operaciones básicas para comprar en la tienda de la esquina. Se trata de un conocimiento vital para su prosperidad. Que no se aprende a sumar para contar ovejas en sus noches de insomnio, sino para emprender actividades que le permitirán adquirir los ceros a la derecha que lo acompañarán en el futuro.

En la sociedad abundan profesionales idóneos, pero frustrados. Poco útiles para sí mismos, para su familia y para la sociedad. Encarnan uno de los tantos factores que impide la evolución colectiva de la sociedad. Muchos encabezan las estadísticas de subsidios estatales y, por tanto, de pobreza extrema.

Profesionales que además de estar frustrados se sienten estafados. Perciben su experiencia educativa como una inversión errada y un tiempo perdido. Al calcular el costo de su instrucción preferirían haber invertido sus recursos en otra actividad. Quizás pudieron construir un inmueble y percibir ingresos económicos mediante su comercialización, o haber emprendido un pequeño restaurante, o comprado un vehículo de transporte y dedicarse a esa actividad, entre otras inversiones en las que pudieran haber multiplicado los recursos que destinaron a una profesión incorrectamente suministrada y pobremente ejercida.

Lamentablemente la educación, desde hace muchas décadas, constituye una actividad empresarial como cualquier otra. Sin embargo, quien la dirige debe tener presente que, quien recibe el conocimiento tiene un proyecto de vida que depende del ejercicio exitoso de su profesión. No podemos decir a los estudiantes que vuelen si las instituciones no estimulan sus alas y tampoco los instruyen en las técnicas de vuelo. Sin embargo, cumplida la instrucción, que el estudiante vuele alto, bajo o que no quiera volar, es su responsabilidad.

Muchas veces el sistema estafa a los estudiantes mediante el ofrecimiento de paquetes educativos con escasa o nula oferta laboral. Preparamos a estudiantes que se enfrentarán al flagelo de la inexistencia de espacios y oportunidades para concretar su proyecto de vida. Les estimulamos las alas para un cielo que no existe.

El Estado omite alertar a quienes se interesan por educarse en un arte, profesión u oficio acerca de los riesgos que enfrentarán, bien por el incremento de profesionales en dicha área, lo cual abaratará el precio de sus servicios, o por la ausencia de oportunidades laborales durante un probable espacio de tiempo, lo cual frustrará las expectativas de ser empleado, o bien porque es un oficio que ya no es atractivo en los procesos económicos debido a que ha perdido utilidad. Sin llegar al extremo de restringir los derechos fundamentales de las personas, considero que en tales circunstancias el Estado debería suspender durante un periodo de tiempo ciertas ofertas académicas, o por lo menos cumplir con el deber moral de advertir a los interesados acerca de los riesgos de su vocación profesional.

Por otra parte, los padres tenemos la sagrada misión de advertir a los hijos que la vocación no es suficiente, pues si el área que por vocación desean emprender no les reportará ningún provecho futuro, e impedirá el progreso de la respectiva generación y, por tanto, echará al abismo el esfuerzo de sus padres, es mejor sentarse a reflexionar. Constituye una necedad pretender ser bueno en un arte carente de proyección económica. Y mucho menos podemos invertir los recursos económicos para que a nuestros hijos les toque trabajar gratis o por salarios degradantes. Si te gusta, pero no es útil, deséchalo hijo mío. Es cierto que el dinero no lo es todo, pero sin él, en esta sociedad, somos nada.

Lo anterior, sin dejar a un lado que ciertos sectores empresariales cercanos al poder público propician el incremento del índice de profesionales en determinado ramo para abaratar el precio de sus servicios. Por ahora me limitaré a expresar que esto aconteció con los profesionales de la salud, luego de la entrada en vigencia de la ley 100. Los empresarios les arrebataron a los médicos su autonomía profesional y capacidad de valoración de sus servicios.

La máxima del proceso educativo es la transformación del ser humano, de tal manera que se convierta en centro de impulsión moral y participe en la generación de riqueza. Encarnar al individuo en un escalón ascendente en la inagotable ruta de la evolución, es el objetivo. Y para ello resulta vital, entre otros aspectos, contar con docentes auténticos y estudiantes mentalmente dispuestos a triunfar.

Pero fracasa el propósito cuando se emplean docentes para adornarles la hoja de vida, para ayudarlos a sumar puntos en un concurso de méritos, o tal vez con fines caritativos, esto es, para ayudar a alguien a que obtenga unos ingresos extras que le permitan sostenerse. Estas prácticas son fatales para el sistema educativo. Se trata de un concierto para frustrar el progreso de las futuras generaciones cercenándoles la oportunidad de ser esclarecidos. Este tipo de docentes incrementan sus ingresos, pero les roban el futuro a los estudiantes. Son los más severos y exigentes, y emplean esta faceta como velo para encubrir su ignorancia y falta de pericia en el sagrado arte de enseñar.

La docencia no es una actividad de rebusque o para el menudeo. El docente debe ser auténtico, el más reputado de los actores, el mejor de los intérpretes, el mago que por arte de magia se robe la atención de sus estudiantes, el mejor ilusionista para que, sin levantarlos del asiento, mentalmente los transporte a conocer culturas remotas, el sacerdote que sujete la mano de sus estudiantes cuando advierta que están cayendo en el barranco de la degradación, el motivador que los impulse a ver la luz al final del túnel, el más fiel imitador de Dios para que les perdone setenta veces siete sus errores y nunca desista de enseñarlos.

Ahora bien, el éxito del proceso educativo también depende del reconocimiento y valor que se asigne al maestro. No es una muestra de arrogancia ni de egocentrismo expresar que ninguna profesión, arte u oficio está por encima de la docencia. No hay empleo público o privado que lo supere, ni la máxima dignidad política de un Estado se le compara. El más destacado de los científicos, el más reputado de los estadistas, el más ilustrado y justo de todos los jueces, así como el exitoso empresario, se deben a sus maestros.

A los docentes, mayor crédito moral ha de destacarlos. Un sagrado respeto debe revestirlos, incluso más del que reclaman y se ofrece a las desacreditadas autoridades políticas. Merecen una remuneración superior de la que se le asigna a quienes nos despojan de nuestra riqueza social y truncan nuestras expectativas individuales.

La población mundial está en deuda con los docentes. Está en mora de retornarles el sitial que les corresponde y del cual fueron despojados por los gobiernos que decidieron emplear la nefasta estrategia de embrutecer al pueblo para obtener provecho de su deplorable situación.

Reclamamos coherencia en las reglas jurídicas del sistema estatal y en el contenido de los discursos de las autoridades. No podemos obtener resultados favorables mediante la vinculación de farsantes, mediante la precariedad de las instalaciones, la ausencia de medios tecnológicos y la mezquina remuneración de simple subsistencia que se reconoce a los docentes.

Como cualquier profesional, el docente aspira a reportar provecho de su arte, también anhela la riqueza y desea participar en la actividad de alto vuelo que se promete a los estudiantes. Resulta extraño, chistoso, y hasta ridículo, ver en nuestra sociedad que un maestro pobre enseñe a sus alumnos de escasos recursos conocimientos que les permitirán convertirse en ricos. Pareciera que estuviéramos escuchando una voz del cielo gritando que un ciego no puede conducir a otro ciego. Sin embargo, así funciona esto.

Hoy evidenciamos a docentes ocupando su mente planificando el ejercicio de actividades alternas que les permitan incrementar sus ingresos y, por tanto, mejorar su calidad de vida. La precariedad de los salarios y el direccionamiento de su atención en otras actividades le roban tiempo para perfeccionarse en el arte de la edificación. No pretendo desmeritar ningún arte, ni restarle importancia a ningún oficio, todos son dignos ante los ojos de Dios, pero no podemos aspirar al progreso mientras permitamos que una persona sea docente de día y taxista de noche.

Regulaciones jurídicas coherentes, instituciones serias y comprometidas, docentes auténticos, justamente remunerados y respetados, un saber teórico y práctico útil, estructuras físicas y tecnológicas adecuadas, y un compromiso real con los consumidores en cuanto al suministro de la información relativa al estado presente y la proyección social y económica de la profesión que desea emprender, es cuanto se requiere para que el sistema educativo retorne al sitial que le corresponde y se rescate la dignidad del maestro.

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