• Columna 7

LA ALEGRÍA QUE TODAVÍA HACE FALTA

Por: Elsie Betancourt.


Poco a poco nos estamos acostumbrando nuevamente a la alegría colectiva, que tanta falta nos hace. Las investigaciones han descubierto que la gente se ríe 5 veces más cuando está con otras personas que cuando está sola. Hasta intercambiar mamaderas de gallo con cualquiera basta para desatar al menos sonrisas… eso no quiere decir que no se pueda encontrar placer al ver una serie de televisión como Yo me Llamo, por ejemplo, que puede desatar goce de esa actividad colectiva.


Cuando nos reunimos en torno a un propósito compartido, el sentimiento de energía y armonía que se siente es grande. No más ver cuando juega la Selección Colombia, el país y mas Barranquilla se pone en “modo Selección”. La efervescencia colectiva se muestra, por ejemplo, en todos los vendedores con la amarilla puesta; la gente bailando y coreando a los jugadores predilectos cuando saltan a la grama; últimamente no ha valido distanciamiento ni tapabocas, (cosa con la que no estoy muy de acuerdo… por si las moscas hay que cuidarse) sólo prevalece la ilusión de que la Selección pueda llegar a Qatar. “Juntos” hacemos mucha fuerza.


Con la llegada del Covid, los momentos de conexión colectiva se redujeron a la mínima expresión. Ahora te conectas con el gato, con el perro cuando lo sacas a pasear y con las personas con las que convives y las que están a distancia, a través de medios digitales. Antes, todo el mundo de lejos; ahorita, no tanto y hasta demasiado “desinhibidos”.


Las emociones son como enfermedades contagiosas: se transmiten de una persona a otra. Al comienzo de la pandemia en marzo del 2020, la primera emoción que se propagó fue el miedo. Una ola de pánico se extendió en las comunidades hasta el punto de que paquete que llegaba tenía que ser desinfectado y hasta el gel antibacterial escaseaba por ser acaparado. Muchos perdieron sus seres queridos, otros se quedaron sin trabajo, muchos locales comerciales quedaron desocupados y la gran mayoría perdimos semejanza con la vida normal. Antes, cuando veía a las mujeres árabes con la burka siempre me preguntaba hasta cuando esa moda finalizará y veo que ha llegado al resto del planeta para quedarse. Hasta la depresión o ansiedad se disparó: mientras 1 de cada 10 personas la padecían, ahora 4 de cada 10 la sufren.


En todo este escenario, a pesar de que el sector musical se enfrenta a daños incalculables, famosos artistas, profesionales anónimos o aficionados amenizan “la añoranza de la normalidad” con el poder del pentagrama; se oye música en calles vacías, también desde un patio, una azotea, un balcón, centros comerciales y redes sociales. Ponen la nota linda, que entra a ser fuente de optimismo, solidaridad y arte en estos tiempos tan ajetreados de pandemia en donde las variables griegas van remplazándose.

Todos sabemos que la música siempre ha sido parte de nuestra especie, bajo muchas formas. Ha sido hasta un tipo de lenguaje. En un momento dado es clave para relajar y disminuir el estrés. Escuchar las canciones favoritas ayuda a no sentirnos solos, a levantarnos el ánimo, a cantar así sea en el baño, manifestando emociones de forma creativa.


Tal como dice un artículo del Departamento de Comunicación de Naciones Unidas: “La música no cura una pandemia, pero alegra el alma”. Yo agregaría que es muy necesaria para llenar nuestros vacíos. Con la llegada de diciembre, muy seguramente su papel será protagónico. Esta época del año es la que más carga emocional tiene. Sentimos desde ilusión y alegría hasta tristeza y añoranza. ¿Muchas…? (o pocas) serán las reuniones sociales y familiares que nos pueden hacer disfrutar para rencontrarnos con nuestros seres queridos y recordar a los que se han ido. Ojalá que prime en éstas la mesura y el cuidado.


Para muchos, la alegría que hace falta, es la esperanza por emprender y lograr algún proyecto personal o profesional; la esperanza por mejorar la salud y la ilusión de sentirnos vivos y que cada día esté lleno de lo mejor para que tenga su propio sentido la vida. A pesar de lo que describen los cuentos de hadas, la felicidad no aparece por arte de magia, ni llega porque si… hay que cultivarla. Siento que ésta puede ser una llave para tener una vida plena. Lo único que se lleva uno de esta vida es lo que vivimos, así que hay que vivir con alegría lo que uno se quiera llevar.

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