• Columna 7

“IDENTIDAD” UNA CONSTRUCCIÓN DE CIUDADANÍA

Por: Edwuin Z Agudelo Badillo


“El mundo forma una unidad por sí mismo y no ha sido creado por ningún dios ni por ningún hombre, sino que ha sido, es y será eternamente un fuego vivo que se enciende y se apaga con arreglo a leyes” Heráclito de Éfeso.


En Colombia, desde hace mucho se celebran fechas que conmemoran un suceso importante en la historia del país pero que con el transcurrir de los años se quedan en el olvido, configurándose en una excusa para descansar, salir de viaje, pasear con la familia y los amigos. Por lo que el olvido es asumido como mecanismo de defensa, convirtiéndose en el acompañante de viaje del colombiano que ha dejado de lado esa historia sangrienta, de dolor y sufrimiento para asumir estas fechas como un tiempo de esparcimiento y escape a la rutina diaria. Actitud fomentada desde “el establecimiento” al borrar del plan de estudio en los colegios la asignatura de historia[1], aquella encargada de recordar el cuándo, cómo y por qué existen fechas de relevancia nacional y que aparecen resaltadas como festivos en los calendarios.


La población colombiana como construcción colectiva carece de una identidad, de una actitud que los congregue y les permita generar procesos integrales como beneficio mutuo. El contexto de guerra, agresivo y hostil que se ha ido consolidando a través de los años ha formado en los ciudadanos una coraza frente al dolor y al sufrimiento ajeno, a tal punto que, los sentimientos se han volcado y popularizado hacia la indiferencia y el desinterés por la tragedia, la pobreza y/o desigualdad social y cultural, verbigracia, las sistemáticas muertes de los líderes sociales que vienen incrementándose en el último año, sin existir un pronunciamiento de la población civil que presione al gobierno para realizar una acción efectiva que acabe con este flagelo.


En parte se podría señalar que es precisamente por la constante violencia vivida en el país, que el colombiano se ha acostumbrado a vivir en medio de la guerra y ha logrado de alguna manera identificarse con ella, ello lo demuestra las pasadas elecciones, en donde ganó una propuesta que buscaba “hacer trizas” los acuerdos de paz firmados en la Habana. Esta afinidad hacia las expresiones de fuerza y violencia han moldeado el comportamiento de la mayoría de los colombianos para convertirlo en un ser manipulable, debido tal vez, a los bajos índices de educación y preparación, hecho que se ve reflejado en los últimos gobiernos a través de la reducción de fondos para mejorar la calidad de la educación.

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[1] De acuerdo con lo establecido en la Ley 115 DE 1994.


El estado en el que se encuentra Colombia está marcado por una constante guerra alimentada por el dolor y sufrimiento de muchos colombianos, que, desde el siglo pasado se ha acrecentado con la ayuda del narcotráfico de tal forma que han permeado los diferentes escenarios políticos. Éste problema se presenta hacia el país como un reto a superar, pues en el discurso que manejan quienes están a favor de la irregularidad manifiestan una doble moral que busca confundir a las masas para ganar aprobación, esto se puede evidenciar en la forma de hacer política, pues se condena públicamente el delito cuando el opositor lo realiza, pero cuando es propio, se encubre y si éste es publicado, generalmente lo categorizan como persecución política o difamación por parte de los contradictores, evadiendo así la responsabilidad que como infractores tienen.


Esta forma de gobernar basada en la confusión es utilizada frecuentemente por la clase politiquera a través de sus discursos, en los cuales de forma intencionada manifiestan un pensamiento político radical hacia sus intereses que pueden ser denominados de extrema “izquierda” o de extrema “derecha”, apoyándose en el populismo y en la ignorancia de sus electores quienes desconocen el origen de estas expresiones. Origen que se enmarca de forma accidental en la Francia del siglo XVIII a inicios de la revolución francesa, cuando se estableció la Asamblea Nacional y en dónde de forma casual se buscaba realizar una votación para vetar o no al Rey, por consiguiente, los asistentes que tenían una posición radical se ubicaban a la derecha de éste y quienes conservaban una posición más liberal se ubicaban a la izquierda. Este desconocimiento por parte de muchos ha llevado a tildar a compatriotas de forma peyorativa con términos como de izquierda o derecha, cuando en el fondo lo que buscan es encubrir sus verdaderos intereses que nada tienen que ver con el bienestar del país.


Acciones como estas han generado odios en la población que se encuentra en medio de la desinformación, la falta de educación y el bombardeo de información errada por parte de los diversos medios de comunicación y que ahora se viraliza por el manejo de las redes sociales con publicaciones que en su mayoría son “fake news” o noticias falsas. Con un panorama así, se hace cada vez más difícil discernir entre lo bueno y lo malo, entre la verdad y la falsedad. Adicional a esto, la facilidad y rapidez con que la humanidad olvida hace que indirectamente se presten con mayor disposición al juego de palabras de los politiqueros, en donde impera el famoso dicho latino “divide et impera” divide y reinarás, con el cual generan confusión en los ciudadanos para luego manipular sus acciones y decisiones según sus conveniencias.


Ante este escenario obscuro que se presenta, se podría pensar que las medidas que se pueden tomar son demasiado complejas para poder cambiar la realidad generando una transformación de pensamiento que lleve a producir nuevos procesos, cambios en la educación y así formar líderes con fundamentos teóricos e históricos, que amplíen, diversifiquen su pensamiento hacia criterios más libres, estructurados, flexibles, con visión de país y en donde se pueda participar desde los diferentes escenarios de colaboración de este nuevo siglo.


Por lo que, de acuerdo con este ámbito crucial se hace igualmente importante trabajar en la construcción de un país con equidad, que conlleve a la formación de ciudadanos íntegros, humanistas, miembros de una ciudad, de un Estado, en donde participen activamente de las decisiones y acciones en pro del bienestar y de la calidad de vida de todos, con alto sentido de responsabilidad y deber hacia el Estado, antes que del beneficio e interés particular.


Sin olvidar las tradiciones socioculturales, políticas y económicas que han hecho parte de la identidad colombiana, que con el tiempo han ido cambiando hasta llegar a determinar un actuar con una tendencia hacia el camino corto, hacia la trampa, hacia “la cultura del vivo”. Para poder transformar ésta realidad se deben tomar las herramientas necesarias que promuevan un cambio hacia la reconstrucción de actitudes positivas y no violentas. Un cambio en el cual el empuje, la berraquera, la pasión, la honestidad, la dignidad, la palabra y la valentía sean un común denominador que genera una corriente de pensamiento y acción enfocado en el bienestar de todo el país.


Para llegar finalmente a recuperar la historia e identidad que ayudaron a tejer la cultura social del país desde sus raíces y herencias, por lo que, es inevitable incluir en esta, la cosmovisión dejada por los ancestros, quienes desde su experiencia y sabiduría lograron encontrar el equilibrio natural, armónico entre las necesidades humanas y los recursos provistos por la “Pachamama”, aportando ese discernimiento sobre el papel del hombre en el mundo y sobre la concepción del cómo alcanzar la conexión con él mismo, con el otro y con todo lo que lo conforma.


Quizás sólo hasta que se entienda la historia y se introyecte la herencia cultural de los hermanos mayores que poblaron antes estas tierras se podrá vencer el carcinoma del poder y el dinero para repensarnos en un país en dónde la justicia y la política coexistan.


#Identidad #Ciudadania #Construcióncolectiva

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