• Columna 7

HÁBLAME DE TUS ABUELOS Y TE DIRÉ QUIÉN ERES

Actualizado: sep 20

Por: Esperanza Niño Izquierdo.


Nadie puede hacer por los niños lo que hacen sus abuelos, pues ellos rocían polvo de estrellas sobre la vida de sus nietos”.

Alex Haley.


La pandemia que vivimos en esta época ha llevado al gobierno a desarrollar una suerte de medidas legales para que las personas mayores guarden estricta cuarentena y así evitar su contagio y posterior ocupación de salas especiales en clínicas y hospitales, considerando que por viejos ya cumplieron su función. Sin embargo, se olvidan que los llamados “abuelitos”, como los ha denominado el presidente de la República, no solo hay que cuidarlos y protegerlos por esa única razón, sino porque ellos tienen y han tenido funciones determinantes en la formación de las generaciones futuras. Funciones que además de pedagógicas-educativas, encarnan con el paso de los años experiencias y vivencias que luego con su capacidad única de transmitirles, saben inculcar a sus nietos el deseo de soñar, de prepararse, de aprender de la vida, de los quehaceres, de los sufrimientos, que van forjando su personalidad y de paso mostrándoles la necesidad de buscar horizontes y metas que alcanzar.

La modernidad, (siempre hay modernidad cuando se producen cambios sociales, culturales, etc.) como en toda época introduce nuevos vocablos para definir las relaciones interpersonales, comerciales o los descubrimientos científicos, o tecnológicos. Ahora están a la orden del día, anglicismos o expresiones lingüísticas tomadas de otros idiomas. (ej. vinipelar, twitear, mutear, remasterizar, etc.) Pero la que se me revela y hace que exteriorice el sentimiento es la de “abuelear”, expresión, derivada del sustantivo abuelo que sin ser un extranjerismo por lo menos es una forma nueva de declarar ese romanticismo intrínseco de los seres humanos, que no viene del exterior, viene de la persona, de su íntimo yo. Es nada más ni menos que la lucha contra la pura razón. Es fruto eminentemente del sentimiento, a veces incompresible para los demás. No es simplemente ejercer de cuidador es de dador de afecto y de lo mejor de sí.


En Colombia el término “Abuelear” fue acuñado por Otto Morales Benítez, personaje de letras que marcó un hito en el país, con su enorme producción literaria, histórica y piezas de crítica política y quien a sus 95 años escribía aún. En una entrevista colmada de anécdotas y recuerdos de ese país que anheló ver en paz, al ser preguntado por qué estaba tan retirado de las reuniones y del “mundanal ruido” expresó con sus célebres carcajadas que lo habían hecho famoso: “estoy dedicado a “abuelear”. Es el gran verbo que ennoblece la vida. Si no se ejerce la abuelidad, se está perdiendo la alegría que le entrega la vida…no les exijo a mis nietos que sean perfectos sino que sean seres dignos, limpios. No más”.


“Abuelear” hoy demanda un rol diferente, un rol que no solo implica la identidad dicotómica y anacrónica abuelos-niños malcriados. Establece más bien la relación afecto, admiración-arbitraje, de manera recíproca. En el tejido social, de un tiempo para acá, se viene construyendo un espacio vital para esta relación que trae consigo marcas imborrables e inalienables para todas las personas cuyo desarrollo en la primera infancia vivieron bajo su tutela o influencia.


Quizás en el pasado no se utilizaba el término porque los abuelos cumplían funciones de gran importancia para la educación y formación de los hijos de los hijos pero no eran visibles en la mayoría de los casos como podría decirse de hoy, por cuanto en el pasado la familia se componían desde los abuelos, tíos, hijos y nietos, era la familia extensa. Posteriormente, la familia se contrajo solamente a los padres e hijos. Pero más adelante y gracias a la vinculación de las mujeres al mercado laboral, en virtud de su profesionalización y destreza en técnicas antes vedadas para ellas, volvieron a tener presencia los abuelos, no en convivencia como tal, pero sí como red de apoyo a la familia trabajadora. En la unidad familiar por tanto estos se volcaron al cuidado de los nietos, paseando con ellos en sus coches, entrando a las salas de cine, disfrutando en los parques, en fin, desempeñando un papel fundamental como parte integral del desarrollo de los nietos.


Pero lo que aquí queremos rescatar es el papel esencial que a través de los tiempos han desempeñado los abuelos, en el desarrollo de la personalidad y que mejor que adentrarnos por tanto, a bucear en el mar de los artistas y encontrar esas marcas indelebles signadas por sus ancestros cercanos. Generalmente, al preguntársele a un artista, o a cualquier persona que se destaque por su desempeño en la vida, sobre cómo alcancé el éxito, casi y sin dudarlo la mayoría evoca a uno de sus abuelos como referente necesario. La memoria inmediatamente se activa para traer al momento la figura de aquel o aquella, abuela o abuelo que le enseñó seguramente de manera rupestre en la finca o, en otros casos, mediante sus narraciones o en muchos otros en sus talleres de artesanos, o en sus bibliotecas, y generalmente por sus labores o actividades recurrentes, que en el mejor de los mundos retrotraen memorias compartidas, que se han quedado inscritas como una impronta para guiar el camino en la adultez.

Gabriel García Márquez, creció como único niño en el seno de una familia compuesta por abuelos y tías. Sus abuelos eran personajes bien particulares que “marcaron el periplo literario del futuro Nobel”. Nicolás Márquez, le contaba al niño historias de su juventud y de las guerras civiles del siglo XIX; lo llevaba al circo y al cine. Pero fue, Tranquilina Iguarán, su abuela, quien más despertó en el niño una imaginación desbordada, salida de recrear en su mente las narraciónes de fábulas y leyendas familiares y fantásticas que ésta le contaba, llenas de personajes inimaginables haciendo cosas imposibles. “Fue la fuente de la visión mágica, supersticiosa y sobrenatural de la realidad”.

García Márquez, al hablar de “Cien años de soledad” declaró que Úrsula Iguarán como abuela omnipresente, era imprescindible mantenerla con vida hasta el final de la novela, por ser ella, la portadora de la memoria de los Buendía y de todo el historial mágico de Macondo, aunque debía morir antes de la última guerra civil colombiana, cuando se acercaba a los 100 años. En palabras de Martina Vitanea Recoba, García Márquez “descubrió que si moría Úrsula antes, el libro se derrumbaría, por eso sintió necesario prolongarle la vida y, cuando finalmente muere, ya la novela tiene tanto vapor que puede seguir sola.”

Pablo Picasso fue un niño muy creativo. Desde pequeño mostró notables cualidades ingeniosas. Durante un tiempo la familia vivió con la Abuela Inés y dos tías que se dedicaban a coser uniformes, él jugaba a recortar siluetas de animales, figuras geométricas y flores exóticas con las tijeras de sus tías, con sus telas se disfrazaba, y trepado en la alberca emitía gritos infernales, al final se lanzaba sobre ellas dramática y teatralmente para provocarles miedo. Los críticos atribuyen a esas vivencias de infancia la invención del Collage y de las pinturas de mujeres desdobladas.


Amira de la Rosa, una mujer barranquillera que se destacó tanto en las letras como en poesía, fue escritora de cuentos y de obras de teatro, educadora y embajadora cultural. Su abuelo era poeta, orador y político liberal, Diógenes Arrieta, miembro del Olimpo Radical. Cuando apenas tenía 11 años, a las monjas del Rosario, en cuyo colegio cursaba la primaria, no les pareció correcto que esta niña escribiera y menos poesía, (era cosa de hombres y para la mujer pecaminosa). Su acudiente cuando se enteró de la opinión de las religiosas y sin pensarlo dos veces expresó: “a una persona de esa herencia y talante no se podía negar ni el estímulo a su condición, ni mucho menos el derecho a la educación”, porque lo que se lleva en la sangre no se puede esconder, ni desconocer.


Desde luego no queremos referirnos solamente a aquellos niños privilegiados que han tenido buenos abuelos, porque también los ha habido nefastos,-Cándidas Eréndira con sus abuelas desalmadas, hay muchas- y que los primeros sean las únicas personas triunfadoras, o exitosas en los diferentes ejercicios que desarrollan los seres humanos. No, no se trata de eso. Lo que se quiere significar es que los niños al crecer junto a abuelos buenos e inteligentes, son receptores de un alto grado de felicidad, que les abre horizontes de creatividad, observación y curiosidad, aspectos determinantes de la formación de la personalidad y que en el futuro les ayudará a destacarse como adultos.

La Universidad de Oxford y el Instituto de Educación de Londres, realizaron un estudio reciente, con niños entre 11 y 16 años que tenían cercanía a sus abuelos. Dicho estudio concluyó que los lazos entre abuelos y nietos fomentaban la madurez de los niños desde temprana edad, crean estabilidad emocional y seguridad en la adultez.

Las vivencias de los abuelos permite revivir en ellos la paternidad o maternidad de forma amorosa, libre y sin todas la responsabilidad que recaen sobre los padres en contextos de dedicado exceso de trabajo y muchas veces de forzadas ausencias.


Y por último traemos a colación la reflexión de un millennials (generación de los 90s) reconocido “bloguero” en la red, qué se preguntaba: ¿Cómo es que la generación de nuestros abuelos podía ser tan culta e informada sin tener acceso a internet y peor, no tenían esa función tan importante del ordenador, “voy a tener suerte”?


Al mismo tiempo manifiesta, “que la respuesta no está en la escuela porque muchos de nuestros abuelos ni siquiera acabaron la primaria. La verdadera razón eran los libros, libros que nutrían, entretenían, informaban, influenciaban y adoctrinaban a la generación de los padres nuestros. La casa de mi abuelo-dice-, está repleta de libros donde hay ejemplares de geografía, historia, ciencias sociales, educación sexual, música, religión y hasta relatos de los primeros viajeros al Everest. Los abuelos podían sostener conversaciones durante horas por cuanto tenían toda la información que habían descubierto en los libros y gracias a horas y horas de lectura”.


Hoy en tiempos de cuarentenas prorrogadas sin límites, los derechos de los adultos mayores han sido reducidos al máximo con el prurito de “protegerlos”. Recordemos aquí la frase contundente de Daniel Samper Pizano, integrante del colectivo que instauró la tutela para que los mayores de 70 años pudiesen obtener un tiempo superior al decretado por el gobierno, de salir al exterior y ejercitarse, situación que la prensa calificó como “La revolución de las canas”, dijo Samper Pizano: “menos cariño para “los abuelitos” y más sensatez”, permítanos vivir nuestra existencia!

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