• Columna 7

GRECIA GÉNESIS DE LA DEMOCRACIA

Por: Marcos Rafael Rosado Garrido.


Segunda Parte


Donde queramos indagar, cualquier actividad del hombre y ciencia conocer, encontraremos a los griegos como pioneros, el espíritu heleno que no se agota en el arte y la literatura, sino que se proyecta en concepciones mayores como el de la política y las ideas que aquella incumben, como la de la democracia y libertad (eleftheria), mónadas axiológicas de ese espíritu, disposición anímica, y psicología social de una nación que supo llamar a toda esa elación To Hellenikon, lo helénico, lo griego, lo propio y distintivo de ese pueblo.

Dicho sentir, no solamente palpitó en el período heroico, sino también al darse la simbiosis con Roma y engendrar la cultura grecolatina, constituirse el Imperio Bizantino, soportar las invasiones de los bárbaros, y de los catalanes de Roger De Flor; pero, en la circunstancia histórica donde más se refleja aquél heroísmo y amor a la libertad es en la lucha de resistencia a la dominación del Imperio Otomano por parte de los griegos modernos.



Si la guerra de Troya, Las Termópilas, Salamina y Maratón, refulgen en los tiempos mitológicos de la primera, y en los clásicos de lo demás, el sitio de Missolonghi, y nombres como los de Marcos Botzaris (Der. Arriba) y Teodoro Kolokotronis (Der. Abajo), héroes de la guerra de liberación contra los turcos (s. XVIII), en los modernos, no tienen que envidiarles un ápice a aquellos hechos pasados y a los hombres que los produjeron.

Esta vez ya no movidos por los viejos dioses olímpicos, sino por el cristianismo ortodoxo, los griegos subyugados por casi cuatro siglos de despiadado y cruel dominio turco, con su resistencia a este, permiten aseverar que fueron la avanzada de la cruz conteniendo a la media luna en su secular intento de empuñar a Europa. Será esa guerra patriótica el escenario donde el romántico inglés Lord Byron, llegue en su barco “Bolivar” a sumarse a la lucha independentista griega, muriendo en el intento.

Basta, para entenderlo, leer el libro del francés Auguste Fabre[1] sobre la hazañosa resistencia griega a las fuerza turcas en la ciudad de Missolonghi, en el Golfo de Patras. La descripción de los combates y la heroica actitud de los helenos, superados ampliamente en número por el enemigo, es delirante y repleta de ejemplos: la voladura del polvorín de Kapsalis, con hombres, mujeres y niños griegos dentro, sacrificándose para que el fortín no cayera en manos de los otomanos, y matando con la explosión a dos mil de estos; las cabezas de los valerosos jefes griegos muertos en el combate, cortadas y puestas en salmuera para ser enviadas al Sultán en Constantinopla, como prueba de la toma turca de Missolonghi y evitar así que rodara la del comandante turco Mehemet Reschid Kioutaki, a quien aquel había expresado lapidariamente: “Missolonghi o tu cabeza”.

Las respuestas griegas en el cruce de frases entre los contrincantes no tiene nada que envidiarle a la del rey espartano Leónidas a los persas de Jerjes: “Entre griegos y turcos no puede haber tratados, ni más comunicaciones que la de los combates”, y, la burlona post data del general heleno Veicos al turco Thair Abas, amigos, entre otras cosas, rechazando la propuesta de este de una rendición: “P. D. Recibe estas cuatro botellas de ron que podrás dar a tus portaestandartes cuando suban al asalto”.

Esos tiempos inspirarán al pintor Eugene Delacroix para sus oleos La masacre de Quios y Grecia expirando sobre las ruinas de Missolonghi, verdaderos cantos en óleo a esos dramáticos sucesos de lucha por la libertad.


Arriba: Izq. La matanza de Quíos (1.824). Oleo de Eugene Delacroix. París. Museo del Louvre. Centro: Grecia expirando sobre las ruinas de Missolonghi. Oleo del mismo artista ejecutada en honor a Lord Byron muerto en Grecia. Museo de Bellas Artes de Burdeos. Burdeos. Derecha: Lord Byron (1.835). Oleo de Thomas Phillips. Embajada Británica en Atenas. Grecia.


Grecia, ya haciendo parte del imperio turco, se cerrará al resto del mundo junto con sus dioses tan humanos, su arte excepcional, y su dialéctica sabia, pero en ningún momento perderá su celo de libertad. Los otomanos tienden una cortina tan cruel e impenetrable, que es famosa la anécdota del profesor de la Universidad de Tubinga Martin Kraus, quien tuvo que buscar contactos tanto en Constantinopla como en la misma Grecia para poder constatar si Atenas todavía estaba en pie. Ese aislamiento, paradójicamente, alimenta la imaginación de Occidente transformando la cruda realidad de una opresión con ribetes espeluznantes, pero desconocida, en una supuesta tierra de ensueño donde señorean la felicidad y la complacencia de la vida: La Verde Arcadia y sus pastores jubilosos a imagen de Dafnis y Cloe, de Longo de Lesbos (S. II), paciendo sus ovejas y soplando sus flautas como faunos y ninfas de carne y hueso modernos; y, en el barroco representada en el cuadro de Antoine Watteau (1.684-1.721) Embarque para Citerea, la isla de Afrodita, la diosa del amor. Todo ese romanticismo irá desapareciendo en la medida de que los viajeros europeos desde el siglo XVII consigan adentrarse en la peligrosa región plagada de asaltantes de caminos y, sobre todo, del celo otomano hacia lo cristiano occidental. La decepción es grande. Una topografía árida, ciudades sucias, los monumentos ancestrales abandonados y engullidos por poblados y aldeas paupérrimas, y hombres y mujeres que no responden al ideal de la belleza helénica de los clásicos, sino al biotipo común balcánico, una mezcla de eslavo y turco; el aspecto del pueblo, expresión del yugo otomano, difiere del grandioso y soberbio de los antiguos. Pero, poco a poco, por iniciativa de los helenistas europeos, la vieja Grecia va surgiendo del pasado y de la tierra en la medida que las relaciones entre occidente y los turcos se flexibilizan. Personajes e instituciones obsesionadas con la cultura griega comienzan a visitar esas tierras, muchas veces como simples diletantes aventureros, otras como diplomáticos ante la Sublime Puerta, y que aprovechan esa ventajosa circunstancia para expoliar de su patrimonio cultural al lugar. Los nombres de unos y otros son legión, sus logros y actividades llenarían tomos; unos de los primeros sería, en el siglo XIV, el comerciante italiano Ciriaco Pizzicolli o Ciriaco de Ancona, llamado así por su lugar de nacimiento en 1.391, quien recorrió la región y escribió seis libros con descripciones y traducciones, además de dibujos y esbozos de la rica arquitectura helénica. Para muchos helenistas es merecedor del título de "padre de la arqueología griega”. Es anecdótico lo que el destino depararía para Pizzicolli, pues en 1.453, siendo lector de clásicos griegos y latinos para el sultán Mehmet II El Conquistador, sería testigo del episodio de la Kerka porta y la subsiguiente toma de Constantinopla por los turcos, hecho este que desgarró y separó definitivamente a Grecia del occidente cristiano y, que con el descubrimiento de América, servirá de hito histórico para señalar el fin de la Edad Media y el comienzo de la Edad Moderna.

Thomas Bruce, séptimo conde de Elgin y undécimo duque de Kincardine (1.766-1.841), conocido simplemente como Lord Elgin, arribaría como embajador del gobierno británico ante la corte del sultán Selim III en el año 1.799; convencido de que hacía un favor al arte y a la humanidad, mezclado este convencimiento con un interés económico, conseguiría en Constantinopla un permiso oficial o firmán, para trasladar a Inglaterra cualquier pieza que contuviera inscripciones o figuras de la antigua cultura griega, dirigido al gran visir de Atenas. Comprando el alma y la conciencia del alto funcionario otomano con obsequios de fina talla de cristal y modernas armas, Elgin pudo interpretar ampliamente y al acomodo de sus intereses dicho permiso; fue así como prácticamente desbarató la Acrópolis, el summun de la cultura helénica y, más específicamente, del maravilloso Siglo de Perícles, embarcando sus frisos, metopas, esculturas rumbo a Albión. El expolio incluyó partes del templo de la diosa Niké, que había sido en parte destruido por los turcos para construir un baluarte defensivo en el siglo XVII, una de las cariátides del Erecteión, e innumerables obras de cerámica. Todo ese tesoro artístico, material y espiritualmente hablando, tendría un periplo lleno de vicisitudes, críticas y encomios en relación a su obtención por el diletante y diplomático Elgin. Terminaría en el Museo Británico, donde todavía se expone en toda su magnificencia, pero reclamado por la Nación y el Estado griegos. Esos mármoles y su expolio, parecieran representar el ancestral duelo entre el cristianismo triunfante y los viejos dioses de la cultura clásica aniquilados por aquel; la lucha entre la imposición de la voluntad de los países potencias y las débiles naciones, más doloroso aún si estas últimas fueron igualmente fuertes alguna vez; son igualmente un reflejo de los orgullos nacionales respectivos: los ingleses, negando al clamor mundial, su devolución alegando martingalas históricas y un supuesto humanismo conservador de ese patrimonio de la humanidad; los griegos, reclamando lo que es esencia de su cultura, de la cultura de un pueblo que se ha acostumbrado a vivir más de su historia que de otros esfuerzos y, que ve en la anhelada devolución, una reivindicación nacional y patriótica innegable. La adjetivación de Mármoles de Elgin dada por la historia, la arqueología, el arte…y los ingleses, comenzó a ser cuestionada por los helenos, encabezados por la famosa actriz griega Melina Mercouri, quien sería la adalid del reclamo como Ministro de Cultura de Grecia, señalando en 1.986 en Oxford Unión que los mármoles de Elgin nunca han existido, pues jamás han sido propiedad de este sino de la nación griega. La vida y destino de Lord Elgin parecería confundirse con el deterioro de las esculturas por él expoliadas, su rostro quedaría desfigurado y sin nariz, igual que el de aquellas, a causa de un tratamiento con mercurio contra la sífilis.

Ya en el siglo XIX, otro viajero, el escritor norteamericano Mark Twain (1.835-1.910), considerado por muchos como el padre de la literatura norteamericana, y autor de las deliciosas novelas Las aventuras de Huckleberry Finn y Las aventuras de Tom Sawyer, estando en un periplo por esos lares, y encontrándose su barco en cuarentena antes de bajar en el puerto ateniense de El Pireo, logró una noche, sobornando a los aduaneros turcos, saltar a tierra y caminar hasta la Acrópolis, donde quedó anonadado al observar cientos de estatuas mutiladas, parcialmente destruidas y distribuidas en desorden por todo el lugar, iluminadas por la luz de la luna, circunstancia que describiría en su obra “Los inocentes en el extranjero” (1.869).

Maravillosa Grecia, portento en el pensamiento y baza fundamental en la historia de la humanidad, madre de la política democrática y de la sublimación del hombre ante el hombre mismo. No se equivocó el romano Quinto Horacio Flaco en sus Epístolas (65 a.C.) al referirse a ella con relación a su conquista por Roma que: Graecia capta ferum victorem coepit et artis intulit agresti Latio ( Grecia conquistada conquistó a su fiero vencedor e introdujo las artes en el rústico Lazio ).



Fin.

[1] Fabre Auguste: HISTORIA DEL SITIO DE MISSOLONGHI. Imprenta de Sancha. 1.828. Madrid.

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