• Columna 7

GRECIA GÉNESIS DE LA DEMOCRACIA

Por: Marcos Rafael Rosado Garrido.


Arriba: Friso de la Gigantomaquia en el altar de Pérgamo dedicado a Zeus y a Atenea. La diosa toma por los cabellos al gigante Alcioneo, y levantándolo del suelo hace que pierda contacto con su madre la Tierra (Gea) de la cual recibe la fuerza. La serpiente de Atenea matará al gigante mordiéndolo en el pecho, y Niké –la Victoria- corona a Atenea vencedora, mientras que Gea, a la derecha, llora el destino de su hijo. Pergamonmuseum. Berlín.

Algargosarte.blogspot.com/2014/10/el-altar-de-pergamo-dedicado a Zeus.

Toi gounata elysa… [1]es una frase en griego que traduce “te he doblado las rodillas” con el sentido metafórico de “te he vencido”. En La Iliada, Homero utiliza expresión parecida en el canto XIII, el referido al combate, ante las naves helenas, del troyano Deífobo y el cretense Idomeneo durante el cual el teucro arroja su jabalina al aqueo con tanta fuerza que rebota en el escudo de éste alcanzando en el hígado bajo del diafragma al griego Hipsenor “haciéndoles doblar las rodillas” o “inmediatamente las rodillas así le desató”.

Hermoso juego de palabras a pesar de la inmensa carga de tragedia y dolor que contiene pero, que nos demuestra cómo se entendía aquello de lo heroico y lo épico en esa remota cronología. Leyendo la homérica obra donde confluyen lo humano y lo mitológico, el horror, la belleza, el valor y la cobardía, lo noble y lo perverso, cantado todo esto con maestría descriptiva, y gramatical, comprendemos por qué los antiguos griegos llamaban a la circunstancia creadora de un bardo o un dramaturgo estar ninpholestoi, o sea; poseído por una ninfa o musa que le potenciaba aquella.

En el corazón y la memoria del ciego poeta griego debieron habitar las musas, las diosas de las ciencias, y las artes liberales; hijas de la titánida Mnemosina y Zeus, Clío la musa de la historia, Melpómene la de la tragedia, y sobre todo, Caliópe la de la poesía épica y de la elocuencia esas huéspedes poseedoras, aunadas a la teología antigua griega, hicieron posible la narración de la guerra por la conquista de Ilión colocando en un mismo saco a dioses, semidioses y a hombres, cada uno con sus virtudes y defectos, pasiones y afectos, narrados con tal arte que lo cruel se vuelve poético y lo espantoso, épico; y también Eris, la discordia – descrita por Hesíodo como hija de la noche, madre de las disputas, las matanzas y los desacuerdos, hermana de Deimos (el temor), Fobos (el espanto) y de las Keres o las fatalidades– narradas por Homero como insaciables en furores “corriendo por el campo de batalla, esparcían a ambos bandos una rabia funesta y acrecía los gritos de sus guerreros”.

Las tenebrosas Keres, parientes de las Parcas o Moiras, según Hesíodo son las encargadas de corretear hostigando a los que han caído en culpa sean mortales o divinidades, sin cesar en su atosigamiento hasta penalizar al culpable. Las Keres, de negro aspecto, muestran rechinando sus dientes, sus ojos inyectados en sangre y hechos para infundir terror, nunca se sacian, se disputan como buitres los cadáveres de los caídos. Siempre sedientas de sangre humana, asedian a todo soldado muerto o herido y hunden sus largas garras en las carnes de aquel haciendo que su alma se precipite al Averno. Arrojando el despojo mortal se introducen en demencial carrera entre la masa de los guerreros y la carnicería buscando nuevas víctimas. Se les daba el adjetivo de las “perras de Hades”, dios soberano del mundo de los muertos. Para los griegos cada hombre desde su nacimiento hasta la muerte tenía su Ker.

Con semejante marco sobrenatural y divino para adelantar la actividad –la guerra hazañosa– que debería conceder la areté (la virtud) y la condición de admirado agathós (ciudadano excelente) y de spoudaios (virtuoso), el griego tenía que entregarse a conciencia a la lucha sin esperar ni dar cuartel al contrario vanagloriándose de una superioridad de origen, e incitarlo al combate, choque éste tan brutal, lleno de despliegue de valor, odio y egocentrismo, que conociendo las circunstancias enunciadas y los honores a alcanzar con el esfuerzo guerrero, se nos permite comprender porque Homero hace esas descripciones bélicas, y que no podía cantar en otra forma sin faltar a la psicología de su pueblo en aquel momento histórico:

… Y (Diómedes) tiró su lanza; por Atenea fue dirigida al lagrimal del ojo, y dentro de la nariz hasta la boca penetró. Y por la blanca dentadura pasando, le cortó junto a los labios la lengua, y por debajo de la barba vino a salir el indomable hierro. Cayó del carro y retembló la tierra en derredor.

(Combate entre el griego Diómedes y el troyano Pándaro. La Ilíada, Canto V)

… Más cuando alegre el matador volvía a sus legiones, le alcanzó Toante, jefe de los etolos, con su lanza; y atravesando el pecho, en los pulmones el hierro se clavó. Corrió el etolo hacia el herido, y la robusta pica arrancó de su pecho, y desnudando la cortadora espada y por el medio abriéndole del vientre, de la vida le despojó.

(Combate entre el Troyano Toante y el griego Piroo ). La Ilíada, Canto I.

Abajo: representación en un ánfora ática de guerreros griegos combatiendo (570-565 a. c).Museo de Louvre. París. https://commos.wikimelia.org/wiki/file/:Amphora _warriors_Louvre_E866.jpog



De semejantes pasiones y acciones aparentemente sólo propias de humanos, también participan los dioses. Zeus reprende a su esposa Hera su odio de ella a los troyanos con duras palabras:

...¡Cruel! ¿Qué ofensa recibiste de Príamo y los hijos de Príamo, que siempre la ruina pidiendo estás de la soberbia Troya? Si dentro de las puertas y los muros penetraras, y vivos a Príamo y de Príamo a los hijos y los demás troyanos, sólo entonces el odio que le tienes saciarías. (La Ilíada, Canto IV).

Presentándose así las cosas, para un hombre del siglo XXI le es difícil aprehender y aprender la convicción del griego de que la virtud que crea a los ciudadanos deba alcanzarse con semejante despliegue de capacidad bélica homicida. Sin embargo, debemos ubicarnos en la época y comprender que nos hallamos en aquella donde predominaba la denominada “moral heroica” o “moral épica” en la cual los actos de esta índole no eran juzgados por la mentalidad pagana con la severidad y rechazo con la que posteriormente lo haría el cristianismo, sino todo lo contrario, era admirado todo aquel que era capaz de ejecutar esas atroces acciones.

Pero en el griego encontramos en puridad la sustancialidad humana a plenitud, esa mezcla de lo noble y bueno con lo malévolo y siniestro; es el pueblo, sí, que derrota al medo y al persa y salva la cultura occidental, cultura esta de la cual es reconocida cuna. La nación capaz de transmutar el horror y lo infame en belleza y arte, explicar el mundo con su impecable dialéctica racionalista, pero que permite a Eurípides en su “Medea” utilizar una frase totalmente opuesta a esa capacidad racional: “Reconozco la maldad de mis intenciones pero puede más el instinto que la razón”. Empero, no pierde la pieza dramática el brillo y la belleza en medio de tanta pasión, no lo pierde siquiera al final de la obra en el diálogo de Jasón y Medea:

Jasón: –¡Oh hijos queridísimos

Medea: –Para su madre sí que no para ti.

Jasón: –¿Y, con todo, los mataste?

Medea: –Sí, por afligirte.

Señala Emil Ludwig en su obra “El Mediterráneo” que en las manos y en el cerebro de los griegos todo se volvía grácil, elegante y bello: el idioma, las artes y hasta el gobierno. Lo primero queda patente al espectar cualquiera de sus obras para teatro, sea una comedia o drama, aun cuando no dominemos el idioma sonará en nuestros oídos agradable y armónico, nos gustará escucharlo. La obra asistida será degustada por el espectador con base en esos dos elementos: el poder y la capacidad histriónica de los actores conjugados con el leguaje –el idioma– griego. No importará que no entendamos lo hablado, pero sí captaremos lo que nos quiso decir, y con toda seguridad habrá Katarsis. El griego, el idioma de Aristófanes, antaño, y de Nikos Katzanzakis, hogaño, con el cual aun cuando se describa una circunstancia desagradable o se adjetive negativamente, siempre se presentará el vocablo cantarín y hasta gentil. Así parecía entenderlo Terencio que titulaba sus obras en ese idioma y quien al escribir “El hombre que se atormenta a sí mismo” lo supo decir en griego: Heautontimoroumenos, y, elaborado el título, con todo y el terrible significado que encierra el vocablo, éste no dejó de ser hermoso.

Lo elaborado de su idioma, no es sino un reflejo de la también elaborada psiquis helénica, psiquis que permitía explicarse el mundo a través de grandes filosofías y representarlo por medio del más sublime arte. Johan Joackim Winckelman (1717-1768) fundador de la arqueología clásica, no escatimó elogios para el arte griego al señalar que estudiar la historia de éste era hacer la historia de la humanidad. Quizás exagera, pero no se queda corto. En los artistas griegos fuesen alfareros, pintores, escultores y arquitectos, encontramos el esfuerzo de entender lo que es la belleza (kalón) y reflejarla, creándola ellos mismos, en el mundo material de los hombres. Esa sensibilidad no es simplemente tendencia natural a lo bello, a lo estético y a lo perfecto, no, es enseñanza y aprendizaje de lo que debe entenderse por aquello y entendiéndolo, amarlo y gozarlo creándolo.

Solo así pueden comprenderse y apreciarse las portentosas esculturas, pertenezcan al período que pertenezcan, de las korei y los kuroi, y de las hermosas afroditas, los irrepetibles templos y edificios públicos, de sus acrópolis y ágoras. No basta con ver el Partenón, sino entender su construcción a partir del conocimiento de las leyes de la óptica y la perspectiva que los arquitectos constructores Ictinos y Calícrates y el escultor Fidias poseían. El templo dedicado a Atenea nos maravilla con su técnica contenida: todas las columnas presentan una inclinación de siete milímetros hacia el interior y las columnas en ángulo diez milímetros en diagonal. Los muros en su parte interior son verticales pero, los exteriores se encuentran inclinados hacia adentro. Las líneas horizontales presentan una leve e imperceptible curvatura y las verticales la inclinación comentada. Es ésta la razón por la cual los bloques de mármol que lo conforman no son cuadrados o rectangulares perfectos, sino en forma de trapecio con particularidades en esa forma cada uno de ellos por el motivo de que las curvas y las inclinaciones crean a lo largo y ancho de la construcción ángulos y superficies no concordantes.

Esto explica el porqué de que desde donde se le observe, el Partenón presente líneas rectas impecables, algo que se obtuvo inclinando y curvando las líneas, creando así el efecto óptico y de perspectiva total.

Así pues, no debe sorprendernos cuando al visitar la Acrópolis el guía hace la observación de que los constructores del templo de Atenea tenían que conocer rudimentos de trigonometría y cálculo. Tal vez fue así, y de haberlo sido no cabe sorpresa alguna para el hecho de que los griegos fueran pioneros de la ciencia y buscadores del saber ya alejados de los conceptos tradicionales mitológicos sobre el mundo. Ahora se trataba de utilizar la razón (logos) para encontrar la verdad, pero con objetividad: aquello que es por lo que es y no por lo que el sujeto crea que es. Es por ello que aquella actividad del intelecto a la cual llamaron philosophiaen, en determinado momento histórico incluyó el concepto de lo que modernamente se le llamó ciencia.

Esa inquietud por explicarse el cosmos (kosmos) palabra que puede traducirse también como “orden”, hizo que los que teorizaban con el nuevo sistema racional y objetivo sobre la physis (“naturaleza”) explicaran desde un nuevo punto de vista los orígenes del universo, la vida y todo aquello perceptible por los sentidos y posible al método de la observación. Los physicoiophysiologoi (“los físicos”) de las ciudades jonias, éstas sobresalientes precisamente por su filosofía y por su estilo arquitectónico que junto con él dórico y el corintio conforma la famosa trilogía, comenzaron a especular si el principio de todo podía ser el agua (Tales de Mileto), el aire (Anaxímenes), el número (Pitágoras de Samos), o el fuego (Heráclito de Éfeso), dando pie a un desarrollo científico del cual muchos postulados todavía contemporáneamente mantienen su vigencia, por ejemplo: Pitágoras con su famoso teorema y su concepción geométrica del universo; Aristóteles y su clasificación u orden natural que permaneció vigente hasta el siglo XVII, y que dio origen a la taxonomía o clasificación de los seres vivos actual; Arquímedes, matemático y físico, nos legó su famosa ley de hidrostática: “Todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical hacia arriba igual al peso del fluido desalojado”, y además pudo determinar el número PI (3.1416), o sea, el cociente entre la longitud de la circunferencia y su diámetro, fundamental para toda geometría y materias conexas. En otro campo, la medicina, el aporte heleno fue categórico con Hipócrates (S.V. a. C.), nacido en Cos, y quien creara una escuela médica que desarrolló toda una técnica basada en el estudio objetivo y experimental de las enfermedades y sus remedios alejando definitivamente la ciencia médica de cualquier influjo de lo mágico y lo divino. Hipócrates dio la debida importancia a la higiene y por sus observaciones concluyó que las heridas no deben tener contacto con la suciedad, y comprendió que tanto la geografía como el clima incidían en la salud de las poblaciones. Su juramento médico es un verdadero monumento a la ética profesional.

Tal capacidad creativa solamente podía desarrollarse en las ciudades donde de practicaba un criterio de libertad ciudadana. Las quebradas costas del Jónico y el Egeo permitieron a los griegos volverse admirables marinos y comerciar con la costa africana, el cercano oriente, llegar hasta el Mar Negro en busca de cardúmenes de atún y para intercambio comerciales con los escitas. Fundaron colonias en Egipto y la costa africana, en el sur de Italia y en Sicilia crearon la “Magna Grecia”, que llegó a convertirse en otra Grecia con ciudades de riqueza y cultura trascendente. Tarento, Crotona, Sibaris, Siracusa, son el mundo griego trasladado a Italia, y precisamente en Siracusa Arquímedes desarrolló sus estudios físicos y matemáticos en el siglo III a. C. En la actual Francia un marino griego llamado Massilio fundó Massalia, la actual Marsella, en España se fundó Ampurias, nombre derivado del vocablo griego Emporión (mercado), de gran valor comercial, de esa palabra deriva nuestra frase “… es un emporio de riqueza”. La costa mediterránea ibérica se pobló de colonias griegas: Alone, Hemeroscopeion, Zazynto, Aretalia, Kallípolis, y otras más, lo que explica la inmensa cantidad de raíces griegas en nuestro español. La fundación por el griego Bizas de la colonia o ciudad de Bizancio, hoy Estambul, está obviamente relacionada con el control del Bósforo –“Por donde pasan los bueyes” – y la colonización de las costas del Mar Negro por los marinos de la ciudad de Mileto que fundaron casi un centenar de ciudades, hasta llegar a Crimea, y la actual Rusia. Semejante expansión por territorios desconocidos y exóticos, unida a la amplia mentalidad helénica, creó el hermoso mito de Jasón y lo Argonautas, y su partida a la Cólquide (Crimea), en búsqueda del vellocino de oro, mito que a su vez será el tema de la tragedia Medea de Eurípides.


Arriba: Ulises y las sirenas. Oleo de John William Waterhouse. National Gallery of Victoria, Melbourne, Australia. https://es.wikipedia.org/wiki/Ulises_y_las sirenas_(cuadro _de_John_William_Waterhouse)

En la gesta homérica, concretamente en “La Odisea”, el bardo ciego vierte ese espíritu viajero y aventurero en Odiseo y sus hombres, en ese inacabable periplo de diez años antes de retornar a Ítaca después de la destrucción de Ilión. Circe, los lotófagos, el cíclope Polifemo, Escila y Caribdis, las arpías o sirenas con su hipnótico canto, y al final la bella y compasiva Nausicaa, y la fiel Penélope, todos personajes que significan una cualidad, un defecto, bondad, maldad, lealtad, amor y odio; la naturaleza humana en todas partes es enfrentada por Odiseo, su viaje es una globalización de la visión del mundo que tienen los helenos. Todo se concatena para conformar una cadena de belleza que rodea a ese pueblo y su mente, y que Umberto Eco describe con los siguientes términos: “… Según la mitología, Zeus habría asignado una medida apropiada y un justo límite a todos los seres: el gobierno del mundo coincide así con una armonía precisa y mensurable, expresada en las cuatro frases escritas en los muros del templo de Delfos: “Lo más exacto es lo más bello”, “Respeta el límite”, “Odia la Hybris (insolencia)” “De nada demasiado”. En estas reglas se basa el sentido general griego de la belleza, de acuerdo con una visión del mundo que interpreta el orden y la armonía como aquello que pone un límite al “bostezante Caos” de cuya garganta brotó, según Hesíodo, el mundo. Es una visión que cae bajo la protección de Apolo, que efectivamente está representado entre las Musas en el frontón occidental del templo de Delfos”.

A esta eclosión migratoria y expansiva de los griegos se le conoce como “la segunda colonización griega”, (la primera había sido aquella de los pueblos aqueo y dorio sobre la Grecia misma) y se produjo entre los siglos VIII, VII, VI a.C. Aquello permitió el contacto helénico con nuevas culturas y mentalidades: la sabiduría de los sacerdotes egipcios, las creencias cosmogónicas y científicas de estos, y de los pueblos de la franja sirio-palestina y de Mesopotamia. Todas esas vertientes del saber confluyeron en los griegos, siendo asimiladas por ellos, lo que aupó la apertura de sus mentes a nuevas estéticas en diferentes campos del saber, y, entre ellos, el de los criterios de los distintos tipos de gobierno y sus respectivas ideologías políticas. En este último aspecto, la humanidad deberá rendir perpetuo agradecimiento al pueblo griego y a sus dirigentes, que supieron captar la necesidad de cambios políticos en la sociedad helena que exigía ésta a través de la presión de masas popular. En efecto, la toma de conciencia social por parte del pueblo griego con respecto a sus derechos como miembros de un conglomerado en el cual la actividad de ellos, fuera como soldados o como factores de la economía, permitía el desarrollo de esa sociedad, y ayudaba a solucionar las necesidades y expectativas que se derivaban de ese conglomerado, consiguió conformar un criterio definido de lo que es un ciudadano, quien puede serlo, y qué derechos, como el de participar en las decisiones sobre el destino de la Polis, debían estar en sus cabezas y serles reconocidos legalmente.

Era la culminación de todo un proceso mental y social de una nación nunca estancada en su racionalidad y pensamientos dialécticos: primero, la explicación del universo a través del mito, luego, esa misma explicación con la palabra – el logos – para posteriormente obtenerlo con la visión del mundo desde el mundo mismo –la physis– sin retóricas metafísicas ni intervención de dioses, y al final del fenómeno cognoscitivo desarrollado, la concepción de la Ley –el nomos– de la cual se deprendería otro criterio, el de la igualdad ante la ley –la isonomía– que va de la mano con el de la ciudadanía y el ciudadano (polites) y que con la evolución de los gobiernos griegos, especialmente en Atenas y sus ciudades aliadas, desembocarán en su máxima expresión: La Democracia (dēmokratía).



Desde el legendario sacrificio del rey ateniense Codro o Codras ante los invasores dorios, cumpliendo con el vaticinio de la pitonisa del Oráculo de Delfos de que vencería en el combate el bando cuyo rey muriera en este; hasta las reformas de Solón, y posteriormente de Clístenes, pasando previamente entre ambas la dura prueba de la Tiranía pisistrátida, no vemos sino una sociedad en marcha evolutiva, ciudadana, política, y dialéctica. La madurez política del pueblo griego y de sus dirigentes se palpa en el reclamo continuo de derechos y justicia social del primero, y, en la clarividencia y visión política de los segundos de no encerrarse en tercas y mezquinas actitudes de clase dominante, sino en una flexible y realista disposición de ceder ante lo justo de aquellas exigencias. Podría hablarse ya de una presión de masas, y de la percepción y reconocimiento de esta por la dirigencia ateniense, en un dialéctico reordenamiento social acorde con el principio de la Armonía, tan caro para los griegos como también lo era el de la igualdad ante la Ley o Isonomía, y que entonces no solo se reflejaría en su arte y arquitectura sino también en su obsesión por buscar una sociedad más justa acorde e isonómica.

Arriba, Izq. Busto de Perícles. Su discurso en honor a los atenienses muertos en lid en el primer año de las Guerras del Peloponeso, señala el ideal democrático de la capital ática. Museo Pio Clementino. Roma.

Fin Primera Entrega

[1] Rosado Garrido Marcos. El pensamiento ético y político de Aristóteles en la formación del ciudadano colombiano. Ediciones Sergio Arboleda. Bogotá. 2014.

186 vistas2 comentarios

© 2020 Desarrollo web by WAKAR MEDIA & BUREAU

Dirección General: Rafael Porto C.