• Columna 7

FUTILITARISMO: ANOTACIONES SUELTAS SOBRE LA MUERTE DE IVAN ILICH Y LA VIDA EN ALASKA

Por: Edimer Latorre Iglesias.

Cuando leí por primera vez el texto de León Tolstoi[i], La muerte de Iván Ilich, me abrumó la idea central del escrito. Iván es una expresión del típico ser que desprecia el mundo en el que habita, exige un trabajo que cree merecer, toma una esposa por la fuerza de la expectativa social, tiene hijos por exigencias de sus padres y no le gusta saludar a las personas, puesto que es mejor no mezclarse con “el populacho”. Su existencia perfectamente individualizada y llena de hedonismo, surge un vuelco inesperado cuando un golpe accidental en el vientre, lo va sumiendo lentamente en una inmovilidad y al final le termina costando la vida. Ilich empieza a descubrir en la soledad de su dolor y en la autoconciencia de la cercanía del final de sus días, que su acontecer vital había carecido de sentido. Unos minutos antes de morir, entendió lo que era la vida, por ello abraza a su hijo y ahí, justo en ese pequeño momento, cuando estaba cerca de fallecer, comprendió que siempre había estado muerto.

En el súper mundo de los viajes del turismo a la luna y donde hemos alcanzado el máximo nivel del progreso y desarrollo de la ciencia positiva, poco a poco nos hemos ido creyendo la auto narrativa de que somos seres invencibles. Uno de los autores más vendidos de la ultima década es Noal Yuval Harari[ii], en su libro de animales a Dioses, explica el ascenso de ese atávico mono peludo a gran Dios, a través de las tres revoluciones: la revolución cognitiva, la revolución agrícola y la revolución científica. Su texto tiene mucho éxito por una sencilla razón, nos dice lo que siempre quisimos que nos dijeran. Cuando devoré sus páginas, llegue a la convicción irónica de que el infinito estaba a la vuelta de la esquina.

Este historiador, en su libro, que es un súper ventas, señalaba que los humanos estamos llegando, gracias al avance imparable de la ciencia, a ser prácticamente amortales. Es decir, aumentar e incrementar nuestra esperanza de vida, asumir la vejez como una enfermedad y ahuyentar con métodos clínicos el umbral de la muerte, prácticamente era una realidad. En el aquí y en el ahora, es factible que afirmemos que Harari se equivocó radicalmente, basto un simple virus microscópico para recordarnos el futilitarismo de la condición humana.

La palabra futilitarismo[iii] se compone de dos vocablos fútil y útil. Se define como la futilidad de las acciones, es decir, nada de lo que hacemos o hagamos termina siendo de utilidad en el mundo. Los seres humanos tenemos la convicción arraigada que con nuestras acciones impactamos el mundo y transformamos la realidad. Cuando uno mira los intentos desesperados de la ciencia para frenar la pandemia, comprende la amarga enseñanza de este vocablo que empezó a emplearse en el año de 1827.

Si encontramos la vacuna, lo más seguro es que surgirán nuevos virus. El famoso cisne negro[iv], siempre acabará volando encima de nosotros y los esfuerzos se verán truncados por los nuevos monstruos que se despiertan a la sombra del desarrollo de una ciencia irrefrenable. El Futilitarismo se instaura en la acción política, en el desarrollo de políticas públicas, que cada vez evidencian su imposibilidad de trasformar el mundo de la vida real. Lo veo en todas partes, pero donde más logro apreciarlo es en el amplio y cada vez más creciente apogeo de la búsqueda de alternativas utópicas, en especial en los freeganos, ese fuerte movimiento global de los que renuncian al dinero y deciden irse a vivir una vida en los bosques sin la obligatoriedad del pesado mundo unidimensional[v] en el que habitamos.

Esa búsqueda de la felicidad y del abandono del agobiante mundo postindustrial y tecno capitalista, también tiene sus referentes icónicos, me refiero al mundialmente célebre libro de Jon Kracauer[vi], donde se narra la vida y muerte de Chris McCandless, de 24 años, autodenominado como Alex Supertramp. Éste joven renunció al prestigio y a la gloria que le deparaban sus orígenes familiares y su fondo educativo de más de 24 mil dólares, el cual donó a la caridad, antes de iniciar un viaje sin retorno tras la búsqueda de la libertad y de la felicidad. Emulando a sus autores de cabecera Thoreau, Kerouac y London, este joven sin ningún tipo de adiestramiento, decidió vivir de la naturaleza salvaje en una de las zonas más agrestes del mundo: Alaska.

El final de su viaje iniciático lo llevó a Fairbanks, exactamente en las inmediaciones del Denali National Park, donde quedó atrapado por la creciente del rio Teklanika. No sabiendo nada de supervivencia, este joven duró 112 días comiendo plantas silvestres y tratando de cazar. Al final, posiblemente murió envenenado por comer semillas de papa esquimal, las cuales son portadoras del veneno L-Canavanina. Murió de inanición, como el mismo lo señala en su diario, terminó sus últimos días literalmente “hundido en la naturaleza”. Lo triste de esta enseñanza, es que muy cerca de su ubicación había un puente colgante que pudo ser su salvación.

Las autoridades de Alaska se vieron en la necesidad de retirar el bus abandonado que le sirvió de refugio, el famoso “Magic Bus” donde este joven vivió gran parte de su frustrada aventura. El motivo, miles de seguidores a nivel mundial querían imitar el mítico viaje y seguir el postulado central escrito del puño y letra de Chris: “ocúpate viviendo u ocúpate muriendo”. El resultado, más de tres muertes y más de 15 rescates de turistas que colocaban su vida en riesgo, en la búsqueda frenética de la foto en el mítico bus, que garantizaría la felicidad portátil y que hacía patente “el ocúpate muriendo”.

Cuando se lee el texto de Kracauer, se analiza la película dirigida por Sean Penn y se revisan todos los artículos posibles sobre la temática, se puede llegar a comprender lo futilitario del viaje de McCandless y de la horda de turistas que lo imitan. Justo antes de morir, las últimas palabras que alcanza a escribir el gran Max, el buscador incansable de la felicidad en su diario personal, le dejan a uno la claridad de su aprendizaje: La felicidad solo es real cuando es compartida.

En el ahora, aún resuena la frase radical de Sartre[vii], advirtiéndonos que el infierno son los demás, este ahora, es también el mundo, donde el culto al individuo y las esperanzas en la amortalidad se toman los debates científicos, nutriendo las representaciones colectivas con el mito de que somos Dioses indestronables. Este terrible mundo tan normal, nos exige pensar en los demás, reflexionar en que la felicidad no es el si mismo exponencial, no es la naturaleza extrema, es un nosotros, es ahí donde está la felicidad por explorar. Asumir esta trágica y dura verdad es tal vez el reto que nos haría dejar de creer, en que el futulitarismo se está tomando los destinos de la humanidad y que no necesitamos estar cerca de la muerte como nos lo enseñan Iván y Chris, para entender que en lo profundo de los infiernos anida el camino al paraíso.

Notas

[i] León Tolstoi, La muerte de Ivan Ilich, Alianza, 2016. [ii] Noal Yuval Harari, De animales a Dioses, Debate, 2016. [iii] El autor agradece al filosofo y matemático Jhon Toro de la Stony Brook University en New York por la profunda y argumentada conferencia sobre futilitarismo, que me aclaro dudas sobre la vigencia del pensamiento negativo en la filosofía clásica. [iv] Nassim Nicholas Taleb, El cisne negro, Paidos, 2011. [v] Marcuse Herbert, El hombre unidimensional, Planeta de Agostini, 1993. [vi] Jon Kracauer, Hacia rutas salvajes, De bolsillo, 2018. [vii] Jean Paul Sartre, A puerta cerrada, Orbis, 1982.

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