• Columna 7

EL SIGNO DE LOS TIEMPOS

Por: Alfredo Avendaño.


El signo de los tiempos es una expresión que, al margen de su contexto religioso, plantea un reto para la exégesis de la historia. Uno de esos signos de los tiempos que corren es el interés, cada vez mayor, de los jóvenes por mostrar y hacer valer su condición política. Incluso se asocian y se protegen de una virulencia que pareciera querer exterminarlos.


La política es consustancial, en la concepción aristotélica, al animal. En efecto, la política es gregarismo, búsqueda de los otros, para integrarse en comunidades y enfrentar colectivamente el ámbito en que se habita. Pero es el hombre quien la racionaliza, la instrumentaliza y la torna análoga al cuerpo humano, con diferentes miembros, todos necesarios para el bien común. De esta manera, entenderemos la negativa de Sócrates para huir de Atenas: la fuga es una desmembración, un rechazo al instinto gregario, una ruptura con la naturaleza. Esa condición política, sin embargo, se corrompe o se prostituye cuando la convertimos en “partidos” porque es aquí donde se incuban divisiones, rechazos y exclusiones y, con ellos, la degradación de las comunidades.


En estos tiempos los jóvenes leen una partitura diferente pero igualmente válida, que consuena con voces juveniles de todo el mundo. Son jóvenes, no hay dudas, transgresores. Una de las varias acepciones de transgredir, es: “…rebelarse en contra”…“independizarse de”. Siempre ha habido transgresores, siempre los habrá. Ellos pueden cambiar el rumbo de una sociedad. Por esta razón, es urgente escucharlos, crearles situaciones dialógicas, abrirse al pensamiento divergente. Nuestros jóvenes, muchos jóvenes, se sienten abandonados por la sociedad, la Iglesia y el Estado, y necesitan ser reconocidos, respetados. Por eso no son aceptables las descalificaciones y, menos aún, comprometerles el legítimo ejercicio de un derecho que surge de la simple condición de ser “homo politicus”. Hay riesgos, pero vale la pena correrlos. Los daños colaterales, no deseados, pero posibles, pueden neutralizarse mediante políticas preventivas, vale decir, acciones y estrategias que se anticipen a la exacerbación de la protesta. “Es la fiebre de la juventud la que mantiene al resto del mundo a la temperatura normal”, escribió GEORGE BERNANOS, un novelista francés, católico, del siglo pasado.


Otro signo inquietante, de estos tiempos, y que algunos con más vanidad que verdad, llaman posmodernismo, es la tendencia a eludir las responsabilidades personales. Culpar a otros de los males que no han generado, no es ya una tendencia sino un hábito. Es un comportamiento que desnuda la irresponsabilidad que ya no puede disimularse. Es aquí donde se dibuja una dirigencia indiferente, pagada de sí misma, que atiza el fuego en la misma medida en que multiplica su patrimonio. A ello se suma la estolidez de quienes permiten que sean otros los que opinen por ellos, y decidan por ellos, si no es que hipotecan la conciencia por un plato de lentejas. Pero esto es apenas una arista de la realidad de nuestros tiempos.


La incapacidad para leerla y para interpretarla, da origen a la credulidad del carbonero y a una lealtad que termina por aceptar cualquier comportamiento, incluido el delictivo para cohonestar la prostitución de la política: “todas las ideologías que justifican el asesinato, acaban convirtiendo el asesinato en ideología”, sentenció YTZHAK RABIN, el político israelí, luchador por la paz que lo hizo acreedor al NOBEL, y que fue asesinado por un israelí intolerante, que había convertido el asesinato en ideología.

Vivimos tiempos preocupantes. Inmensos nubarrones nos circuyen. Y, en medio de todo, una juventud todavía inexperta, incapaz de taponarse los oídos para no escuchar los hipnóticos cantos de sirena que solo conducen al silencio y al olvido. Es una manera de disfrazar las mentiras con su poder de seducción sobre la juventud inexperta. Ante esta desoladora realidad, todos somos culpables, sin excepciones, por acción, por omisión, por desempeñar el vergonzoso papel de idiotas útiles. ALBERT EINSTEIN, (Sobre la Educación), hace más de setenta años, hizo una advertencia, desconocida o ignorada por los llamados educadores: “…lo primero debería ser, siempre, desarrollar la capacidad general para el pensamiento y el juicio independientes y no la adquisición de conocimientos especializados”. Casi por esta misma época, MARÍA MONTESSORI (Educación y paz–Longseller S.A. Buenos Aires. 2003). Auscultaba la educación, y declaraba que a la educación “se la debe concebir, en primer lugar, desde la perspectiva del desarrollo de los valores humanos en el individuo, en particular de los valores morales…”).


La forma fácil de eludir responsabilidades es hablar de vandalismo, de planes desestabilizadores, destrucción de la economía, alteración del orden público, violación de derechos a terceros…; todo ello es verdad pero no la verdad verdadera que nadie tiene y nadie puede abrogar porque es eterna; y mucho menos manipular para hacer ver enemigos imaginarios que todos, sin excepción, hemos venido inventando para no encarar, esta sí, la verdad que no hemos querido reconocer: la frustración de una juventud que reclama “el derecho a tener derechos”, y nuestra incapacidad para leer e interpretar los signos de los tiempos actuales sin entender que las transgresiones de nuestros jóvenes son también nuestras propias transgresiones, incluidos los daños a terceros. Y esto no es eludir responsabilidades sino el obligado y preocupante reconocimiento de que el tiempo se nos está acabando. VALETE.




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