• Columna 7

EL RECLAMO DE UN AMIGO CUARENTÓN

Por: José Eduardo Barreneche Ávila.


Cuando llegamos a las cuatro décadas, entendemos muchas cosas. De pronto es la edad donde más florece o inicia el agradecimiento, y sin estar viejos comenzamos a corresponder.

Ya dejamos la década de los treinta, donde todo es prisa y existen prioridades, en muchos casos, sin cimientos espirituales. Dedicamos momentos a cosas importantes, pero en esta década, la de los cuarenta, es cuando realmente dimensionamos la vida y lo bella que es.


Si tienes pareja estable, familia, padres vivos y un trabajo digno, simplemente grita al mundo: ¡Estoy coronado!


No necesitas más nada. Ponte unas chancletas, una franela y báñate en el mar, nada, ríe, canta, y hasta baila, así no tengas ritmo.

También sucede que a los cuarenta es cuando más jóvenes nos sentimos, así florezcan los primeros signos del envejecimiento. Unas cuantas canas no quitan la efervescencia de las ganas de vivir, ni mucho menos lo rico que es dormir al lado de la mujer amada. Abrázala fuerte, para que ella sienta lo que es la fuerza de un cuarentón y ejerzas la fogosidad de los veinte, pero multiplicado por dos. ¡Vamos cuarentón, tú la puedes llevar donde tú lo desees!, ahora tienes más experiencia.


Todavía no tienes achaques, pero unos cuantos dolores de columna o rodilla apenas se asoman. Fresco eso no es nada. Con el tiempo te permite agradecer más la salud.


Ya no quieres perderte ni una reunión con los amigos, y lamentas, tal vez, no haber asistido a uno que otro evento importante con ellos.

Seguramente has trabajado arduamente durante los veinte y treinta, y quieres seguir consolidando tú profesión, pero ya con una estampa de hombre con experiencia que puede aportar muchas cosas más que el diario vivir. La dimensión de la vida la dan los lentes de la experiencia, y vaya que has adquirido bastante.


Recordar es vivir, y comenzamos a sentirlo. Inmediatamente comienzan las frases como: ¿tú te acuerdas cuando hacíamos esto?, o tal vez se dice, ¿“oye compa qué es de la vida de aquella novia que tuviste”?, ¿“aún vive con la mamá”?, ¿“se separó, sigue soltera o más nunca quiso saludarte”?


Esas frases solo se dicen cuando la amistad se sienta al lado tuyo, junto a un amigo cuarentón. Allí inicia todo. La amistad es perfecta, es ciega y ante todo es sincera.

En esos momentos, comienzas y quieres hacer las paces por cualquier error que hayas cometido. No quieres enemigos ni mucho menos enemigas, y si son por temas amorosos, mucho menos. Es el momento de saldar cuentas con la vida por los engaños cometidos en la fogosidad de los veinte, pide excusas.


Recuerda algo cuarentón, lo más importante es tu presente. Vaya, que bella es la vida a los cuarenta.

Por nada del mundo te tiñas las canas o te pongas cabello si tienes alopecia, son el fiel reflejo de que estás en una década de oro.


Y vienen los amigos, esos cuarentones, amigos de verdad, con los que creciste, unos más gordos que otros, pero todos sonrientes dispuestos a saludarte, abrazarte y compartir esta bella década.

No falta el que te da un justo reclamo: ¡Nunca tienes tiempo compa!

Con justa razón te hacen ese reclamo. Lo sientes en el corazón porque sale de lo más profundo de su ser. De igual forma tú lo lamentas y recibes esas palabras de tu amigo, que es tu hermano, como un llamado a compartir más y así te prometes hacerlo.


Que bello son los cuarenta, y que bueno ese reclamo, para poder así generar más espacios con esos cuarentones que son tus hermanos.

¡A compartir más tiempo juntos cuarentones!

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