• Columna 7

EL OLOR DEL TERROR

Por: Pedro Luis González.

No sabían los habitantes de Mapiripán (Meta) que una horda de descontrolados hambrientos de sangre, gritos y dolor llegarían un día a sus empantanadas calles para imponer el reino de la muerte, de la muerte más aterradora.


El día 14 de julio de 1997 aterrizaron en el aeropuerto del Guaviare (una sede antinarcóticos) más de 100 paramilitares, los cuales fueron transportados desde el Urabá antioqueño por dos aviones de las fuerzas militares un DC 3 de bandera norteamericana y un Antonov de fabricación ucraniana. Al bajarse fueron transportados por camiones REO, suministrados por un oficial perteneciente al batallón Joaquín París, en su trayecto desde el aeropuerto hasta el desgraciado pueblo, más de 1.600 efectivos militares no solo no hicieron nada, sino que brindaron apoyo logístico a los asesinos para que llevaran a cabalidad su siniestro plan.


“¿Sabe qué hizo la Brigada militar Móvil 2? Hizo una operación gigantesca que aplastó a las FARC, y colocó un colchón de aire o de seguridad para que salieran los paramilitares. Esto es gravísimo y es un secreto (…) el ejército no sólo tiene vínculos con los paramilitares, no sólo no los combatió, sino que combatió a las FARC para que las FARC no golpearan a los paramilitares” - confesión del general Uzcátegui-.


Al llegar a su objetivo con lista en mano y casa por casa los uniformados al margen de la ley, sacaron de sus casas y torturaron, degollaron y asesinaron a todo aquel “sospechoso de ayudar a la guerrilla”, ese fue el caso de “catumare” (llamado así cariñosamente por los habitantes del sector), quien fue arrastrado por el pueblo, amarrado con nylon a un árbol para después cortarle los testículos finalizando con su decapitación, su cuerpo fue arrojado al río Guaviare con orden irrestricta de no ser sacado so pena de muerte. “Mátenme si me van a matar, pero no me hagan esto”. Fueron sus últimas palabras.


Con don José los cuervos de la muerte fueron más creativos, después de torturarlo, los encapuchados jugaron fútbol con su cabeza ante la mirada atónita de los pobladores. A don Sinaí luego de ser vejado y amarrado, le cortaron toda la piel en vida, su cuerpo y cabeza separados tuvieron el mismo fin que muchos: el río. En ese mismo andar los paramilitares asesinaron a 49 personas y la inmensa mayoría fue desplazada, sumándose a los cientos de miles que conforman esa multitud de más de 7 millones de desplazados internos, llevándose Colombia el primer lugar en el mundo, por encima de Siria o Iraq, países en guerra.

Por este hecho hay altos mandos militares condenados como es el caso de Rito Alejo del Río comandante de la XVII brigada del ejército desde cuyo batallón partieron los perpetradores de la masacre, el coronel Lino Sánchez, delatado por Mancuso y el coronel Hernán Orozco entre otros mandos medios. Nadie se explica como se produjo esta anuencia entre bandidos y fuerza pública para asediar inocentes o combatir a las FARC, es inconcebible pensar como el ejército, esa fuerza destinada a proteger a los ciudadanos haga precisamente todo lo contrario y sea verdugo de sus protegidos. Mapiripán solo es una de los cientos de masacres realizadas mancomunadamente entre militares y los escuadrones de la muerte.


“Los paramilitares son la amante del militar, no se puede llevar a casa, pero hay que tenerla”: -coronel (r) Hernán Orozco-.


El objetivo de las AUC de combatir a la guerrilla solo fue un pretexto para apoderarse las tierras fértiles, ese fue su proceder en todas las masacres y desplazamientos forzados por ellos, según declaraciones de alias “Don Mario” logró traspasar más de 12.000 hectáreas a testaferros y hoy en día esas tierras están destinadas al monocultivo de palma de aceite, lo mismo ocurrió en el Salao, donde el 90% de las tierras hoy en día están en manos de hacendados, unos de buena fe y otros sin fe y con toda la intención de apoderarse de esas tierras compradas a precios irrisorios como fue el caso del ex magistrado Pretelt quien perdió una batalla judicial por comprar tierras donde sus dueños fueron desplazados por las AUC, dado que no pudo demostrar su buena fe exenta de culpa.


Así como cada uno de los habitantes de Mapiripán siguen esperando la llegada de la justicia, que sus tierras sean devueltas y poder enterrar a sus familiares de manera digna, hay millones que ansían lo mismo, pero el Estado quien debería fungir como garante de derechos para estas tristes almas llevadas por el horror y el abandono solo reciben migajas en el mejor de los casos, porque en la mayoría en esta clase de hechos solo son destinatarios de un silencio cómplice y un desprecio por aquellas potestades que en el cielo y en la tierra no les dan respuesta a su sufrimiento y ni por qué padecieron el olor del terror que no se aleja de sus bocas y pensamientos. Un dolor infinito.

81 vistas1 comentario

© 2020 Desarrollo web by WAKAR MEDIA & BUREAU

Dirección General: Rafael Porto C.