• Columna 7

EL LLAMADO CELESTIAL

Por: Rosember Rivadeneira Bermúdez


El padre ha abierto las puertas del cielo.


Llama a sus ovejas al redil para alimentarlas con el pasto celestial y saciar su sed espiritual con el río de agua viva.


Parten los amigos, la familia, el padre, la madre, los hermanos, los desconocidos y también los seres queridos.


Aunque el alma de quien parte entona el grito de victoria y goza del abrazo celestial, nuestra carne se desgarra, se estremece el corazón, y los ojos se entristecen, desbordando por nuestro rostro el manantial cristalino con el que se expresa el llanto y el dolor.


Yace a nuestro lado el cuerpo del ser amado y no responde a nuestro llamado.


Luchamos por rescatar su perfume en la brisa matutina, su voz en el canto de las aves que nos asisten durante este sufrido despertar, su ternura en la mariposa que se posa en la flor de la ventana y su calidez en el lecho abandonado.


Buscamos, buscamos y buscamos, pero no los hallamos.


Gritamos confundidos y elevamos nuestra vista al cielo reclamando respuestas que el cuerpo es incapaz de comprender.


En vano nos esforzamos para retornarlos a nuestros brazos, porque la muerte, al rostro del ser amado, lo ha cubierto con su velo.


El cuerpo se reduce a polvo y el espíritu retorna a la fuente celestial.


Nuestros ojos materiales no perciben el ascenso del alma del ser amado, pero la fe en la promesa de Cristo nos brinda la confianza, y por eso ante Dios, hincados de rodillas, elevamos nuestra alabanza.


¡Padre! danos consuelo, pero también entendimiento para que el gozo del alma sofoque el dolor que anida en nuestro pecho.


Escucha nuestra oración, sácianos con tu palabra, fortalece nuestro espíritu, permite que nuestros ojos rasguen el velo de la materia, para que nuestra alma pueda besar por última vez el rostro de nuestros seres amados.

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