• Columna 7

EL HURACÁN DEL ADIÓS

Por: Catalina López Lafaurie.


Hay amores que se desvanecen con el tiempo y otros, que el soplo del Covid destruye, así le ocurrió a los 37 años de matrimonio entre Claudia Patricia Reyes y Óscar Ramírez Reyes; los vientos huracanados pusieron fin a esta historia de amor.


La palabra que no queremos pronunciar, el sentimiento que evitamos vivir, sobre todo lo difícil que es decirlo a la persona que amamos; pero es así, todos sin discusión tenemos como una obligación en la vida que decir: adiós.


Hay quienes afirman que decir adiós es radical, quizá un hasta luego o hasta siempre podría suavizar el ineludible dolor que trae el más fuerte acontecimiento que viviremos con absoluta certeza: la muerte.


El 26 de octubre del 2020, el desastre rebasó la vida de Claudia Reyes a sus 59 años, mientras esperaba en completa soledad en la entrada de la clínica noticias de su esposo, el amor de su vida, compañero fiel y cómplice, un último minuto le revolcó el alma, el corazón y su estabilidad psicológica tras conocer que Óscar, de 61 años había fallecido.


Un huracán que se lleva todo a su paso, te deja paralizado en el desastre y fuera del ring de boxeo, tendido en el suelo y tratando de juntar los pedazos de ti que han caído. Así veo al dolor que trae el decir adiós a un ser querido para siempre, al menos en este plano terrenal. Esta tormenta, había alcanzado a Claudia Reyes en shock, totalmente fuera de sí y desolada.


Covid se llama este huracán que llegó y destrozó la vida de millones de familias, personas que aún no encuentran sus pedazos para rearmarse, soplaron tan fuerte estos vientos que es la hora y algunos todavía no entienden el vacío que alguien ha dejado. El huracán que no tiene un comportamiento específico, ni una dirección exacta; tocó la puerta de hogares y no trajo nada, solo dejó ausencias 1.24 millones de ausencias en el mundo para ser más exactos, es el huracán Covid.


Claudia Ramírez, hija del matrimonio entre Reyes y Ramírez cuenta que sus padres tuvieron síntomas días antes, por lo cual decidieron realizarse la prueba sin contarle, pero que solo le confesaron su estado cuando los pulmones de su padre se vieron severamente comprometidos debido a que sufría de obesidad, mientras que su madre tenía síntomas manejables. “De hecho, no me contaron a mí directamente, mi papá llamó a mi esposo Héctor Rodríguez y fue él quien me dio la noticia”, asegura Claudia (hija).


La angustia y la desesperación se apoderaron de una hija que vive en la distancia, ella en Bogotá y sus padres en Chaparral, Tolima. Imposibilitada por socorrer a sus seres queridos, comenzó a llamar a todos las personas conocidas para saber de su papá, cada 10 minutos sonaba el celular de Claudia (madre), como una alarma que la trajera de nuevo a la realidad, sin embargo, esto estaba cada vez más lejos.


Tienen indicios, pero nada a ciencia cierta sobre cómo pudieron contagiarse.


“A las 12:38 minutos de la noche, recibí una llamada. Era una mujer, me preguntó que si era la hija de Claudia Patricia y de inmediato dije que sí, me respondió diciendo que necesitaban que alguien estuviera con mi mamá porque mi padre acababa de fallecer”, comenta Claudia Ramírez.


El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud decía: “Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte”. No obstante, creo que jamás llegamos a estar preparados para esto, jamás.

Que te digan previamente que sucederá, que pienses que es lo mejor para esa persona que sufre, incluso que entiendas la situación no evita que el huracán arrase con todo a su paso, el golpe no pierde su intensidad y los pedazos igualmente caen.


De las tantas cosas que hemos aprendido y también, perdido en esta catástrofe, es el derecho a despedirnos de nuestros seres queridos. No hay unas últimas palabras, un último beso o abrazo, no hay una ceremonia en la que sintamos que podemos despedir a alguien según cada creencia, no hay nada para decir adiós.


Lo único que hay son metros de distancia, un carro fúnebre alejándose con quien nos deja rotos con su partida, la ausencia en casa y miles de recuerdos a los que nos apegamos para transitar el camino de la aceptación al dolor.


“Hubiera podido hacer más”, dice Claudia al referirse a los tiempos en que ocurrió todo. No manifestaron a tiempo los síntomas y esos días pudieron ser vitales para Óscar. “Tengo muchas herramientas para mantenerme estable frente esos episodios, solo me concentré en que mi mamá estuviera bien, pero no pude evitar la rabia y la impotencia”, menciona.


Claudia Ramírez, es psicóloga Positiva con Magister en Terapias de Tercera Generación de la Universidad Internacional de Valencia en España y analiza su experiencia como la de muchas personas: “me llamaron muchísimas amigas a contarme que su papá o mamá también habían fallecido por Covid y de inmediato entendí que estamos viviendo un duelo traumático; la base del duelo es la despedida, pero si no hay una despedida es muy difícil de aceptar, y nos queda una sensación de irrealidad”, explica.


Frente a lo anterior, acudo a la frase de Camilo José Cela, escritor español: “la muerte es dulce; pero su antesala, cruel”. La muerte es el descanso de los padecimientos terrenales, pero dramáticamente desgarradora antes de consumarse.


Cuenta Claudia (hija) que es una sensación extraña el no saber sí de verdad la persona que sepultaron era su padre, debido a que no pudieron verlo, solo está ahí y de repente en una bolsa o cajón, no conocer cómo vivió sus últimos momentos, ni saber qué sintió es doloroso.

No hay consuelo, así que no intentemos darlo cuando expresemos condolencias, ofrezcamos apoyo, es todo lo que necesitan quienes viven el duelo, sentir que no están solos en el momento más vacío de sus vidas.


Claudia Patricia (madre) quedó varios días enmudecida y haciendo parte de una realidad desconocida, viviendo en la frialdad de un espacio en el que Óscar ya no pertenecía. Aún el tiempo no hace su proceso, y los recuerdos se quedan quietos porque al final la dura tarea de la superación es para quienes se quedan.


“Para mí, el Covid es el soplo de la muerte. Basta que respires, para que te dañe todo por dentro y acabe con tu vida”, expresa la psicóloga.


Después del desastre, los vientos se calman, el cielo se aclara y el sol vuelve a salir; queda el desorden, pero no hay maestro igual a lo que hace el tiempo. Las grietas de la infraestructura de nuestro interior quedan, aunque resanemos y nos reconstruyamos, hay fisuras con las que aprendemos a vivir. Hay quienes lo entienden con rapidez y también quienes tardan toda la vida en comprenderlo.


Quizá, estas palabras no serán suficiente. No conocemos el huracán hasta que lo vivimos en carne propia. Sin embargo, escribo esto para la vida, porque sé que algunos lo han necesitado, otros lo necesitan ahora mismo y todos, como dije al inicio lo necesitaremos inevitablemente. Después de todo y como dice Mario Benedetti: “la muerte es solo el síntoma de que hubo vida”.


En memoria a Óscar Ramírez Reyes y todas las víctimas del huracán del adiós.

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