• Columna 7

EL DESASTRE NARANJA

Por: Alonso Amador. Twitter: @amadoral_


En su momento bastó una rápida ojeada al libro Economía Naranja de Iván Duque para saber que el país quedaría en manos de alguien con conocimientos estéticos de economía. El libro, al que le hicieron tanta bulla durante la campaña de 2018 para vender una aparente intelectualidad que compensara la falta de experiencia del candidato, resultó ser una cartilla para verdaderos dummies.


El resultado está servido: Duque recibió el país con un dólar que costaba $2.900 pesos el 7 de agosto de 2018, y entregará el país con un tipo de cambio cercano a los $4.000 pesos por dólar; este año aumentó el salario mínimo en 10%, sabiendo que la papa encareció en 140%, la carne 35%, y las frutas 29%; hoy la pobreza es mayor a la registrada en 2018, y el desempleo está en 11%, una cifra que no se veía desde el 2014.


Es cierto que el mayor precio del dólar responde a un fenómeno internacional, ¿pero que Colombia se convirtiera en el país con la moneda más devaluada del mundo? La volatilidad internacional del dólar no ha sido la única variable que ha afectado a nuestra moneda, el mal manejo de la política económica interna también ha contribuido en la devaluación del peso.

Y no por casualidad un reciente informe de la FAO incluyó a Colombia entre los países en riesgo de hambruna, pues con los ingentes niveles de pobreza (21 millones de colombianos), más el exagerado aumento de los precios de los alimentos, es inminente un menor consumo de alimentos. En vez de andar refunfuñando contra la FAO, el Gobierno Nacional debió enviar al exministro Carrasquilla a la tienda de la esquina para averiguar cuánto vale un huevo hoy.


No es menos preocupante que la productividad en Colombia aumentara de 0.6% en el 2020 a 1.19% en el 2021, pero que el aumento del salario mínimo para este año no alcance siquiera para compensar el incremento de los alimentos. Es decir, ahora los trabajadores producen más, pero se les pagará en una proporción que no les alcanza para comer.


Pero claro, en medio de este desastre que entregará el gurú de la naranja, nada mejor que anunciar un dato tan espumoso como su libro: que la economía colombiana (PIB) “creció por encima del 10,2%” en 2021.


Desde luego, un PIB positivo es un aliciente para la recuperación de la economía colombiana, pero no pequemos de dummies: el PIB de Alemania creció 2.8%, el de Estados Unidos 5.7%, ¿significa que Colombia está mejor que Alemania y Estados Unidos? En el 2020, el PIB colombiano se contrajo hasta -6,8% (una crisis económica no registrada en 100 años), de modo que al inflado 10,2% hay que descontarle el efecto rebote para saber realmente qué tan sana está nuestra economía, y retirada la espuma, queda un PIB menor al 3%.


Por mucho que el presidente intente embutirnos un PIB inflado a pocas semanas de dejar la Presidencia, de nada sirve festejar que la economía crezca al 10, 20, o 30% si ha aumentado la pobreza, el desempleo, la inflación. Tampoco asombra la gran cifra si el salario mínimo crece menos, por decisión del gobierno, de lo que aumentan los precios de los alimentos, y menos aún si la moneda colombiana sigue entre las más devaluadas del mundo y sigue perdiendo su poder adquisitivo.


El próximo presidente de Colombia recibirá una economía con serios problemas que han deteriorado la calidad de vida de los colombianos. Tendrá un gran reto para dinamizar sectores intensivos en generación de empleo e ingresos reales para los colombianos. Tal vez ya es momento de mirar hacia la industria colombiana, hacia el campo, y considerar nuevos criterios económicos para fijar un salario mínimo que alcance, al menos, para comer.

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