• Columna 7

EL DERECHO A LA RAZÓN

Actualizado: jul 19


Los ciudadanos combatiendo por la razón en la calle, proclaman el derecho a influir directamente en la suerte del mundo. Y ya no renunciarán nunca a ese derecho a servirse de la razón en su propio interés y en interés de wla humanidad, al derecho a vivir en un mundo gobernado racionalmente y no en medio del caos de la locura de la guerra.”


George Lukács. “El Asalto a la Razón”.



Por: Álvaro Echeverri Uruburu.



En los últimos años hemos asistido– casi en tiempo real gracias a los modernos medios tecnológicos–, al conocimiento de hechos que hasta hace pocos años considerábamos que no podían ocurrir por su naturaleza absolutamente irracional, como por ejemplo, la orden ejecutiva del entonces Presidente de Estados Unidos, Donald Trump de separar a niños inmigrantes de sus padres y confinarlos en prisiones como vulgares delincuentes. Nunca pensamos poder ver en directo cómo un policía ahogaba a un presunto infractor de la ley hasta ocasionarle la muerte. O aquella imagen alucinante de un “buque fantasma” recorriendo sin destino cierto el Mediterráneo porque llevaba una carga de “indeseables náufragos africanos”.


La comunidad internacional desde hace ya bastante tiempo ha permanecido impasible ante otro hecho de irracionalidad absoluta, como lo es la existencia del más grande campo de concentración del mundo al aire libre en la Franja de Gaza, impuesto a los Palestinos por parte del Estado de Israel. El mismo Estado habitado en la actualidad por hijos y descendientes de judíos que en el pasado fueron víctimas de “progromos” (linchamientos colectivos de judíos) o de confinamiento en los campos de exterminio Nazis durante la Segunda Guerra Mundial.


Muchas personas en el mundo creyeron que con la derrota de los fascismos al término de esta última conflagración, la irracionalidad, inherente a sus concepciones ideológicas, había desaparecido para siempre. Pero los hechos que hemos reseñado a modo de ejemplo –existirán muchos más–, demuestran cuán equivocados estaban los que así pensaron.


A propósito de la irracionalidad que hoy campea en tantos lugares, la novelista y ex-directora Jefe del diario “El País” de Madrid Rosa Montero, ha podido decir: “Están pasando muchas cosas a la vez, todas nefastas, que tienen el común denominador de la obnubilación mental, de un apagón mundial de raciocinio” (El Tiempo, Antonio Albiñana, “Imperios arrepentidos”, junio 4 de 2021).


Lo expresado por esta escritora española, nos ha traído a la memoria el recuerdo de una importante obra del filósofo húngaro, George Lukács, titulada “El asalto a la Razón”– que los editores sustituyeron por el título original dado por su autor de, “La aniquilación de la razón”, por considerarlo excesivamente fuerte–.


En este texto Lukács, efectuó un recorrido crítico por las distintas corrientes filosóficas irracionalistas y/o anti racionales desde el siglo XIX hasta la confluencia de estas en los fascismos europeos en la década de los años veinte, que terminaron siendo receptores de las ideas que exaltaban las fuerzas oscuras de lo irracional, legitimadas, sin duda, gracias al poderoso pensamiento de filósofos como Nietzsche y por supuesto de Haidegger y cuyos esfuerzos intelectuales se habían orientado a derrocar a la razón humana del pedestal en la cual los “Philosophes” ilustrados del siglo XVIII la había colocado.


Colombia, no ha sido ajena a la irrupción del irracionalismo que hoy parece dominar en muchos espacios de la vida contemporánea y particularmente en la “praxis” Política. En el pasado cercano, el liderazgo eficaz de Álvaro Uribe Vélez, contra la inseguridad y con algunos éxitos en el combate antisubversivo, engendró en muchos sectores de la sociedad una atmósfera espiritual caracterizada por una fe ciega e histérica en las capacidades cuasi sobrehumanas de ese líder político. Pero ésta ha sido desde entonces una fe de seres abrumados por el temor de perder sus privilegios y que terminaron, cómo se lo proponía Hitler en su “Mein Kampf” (“Mi Lucha”), declinando todo esfuerzo de “pensar por sí mismos” como se recordará, Kant había definido la racionalidad ilustrada en el atreverse a pensar por sí mismo” (“sapere aude”). Sólo el pensar autónomo marca el paso de la edad infantil a la madurez de la edad adulta.


Los hombres atemorizados que seguían ciegamente al líder, renunciaron a pensar y elegir por sí mismos, para que éste pensara por ellos y eligiera al titular de la dominación política. Medio país, por tanto, prefirió la infantilidad a la adultez democrática. Esto, en palabras sencillas, se llama fascismo, ya que la meta de todos los movimientos de este signo ideológico consiste en “quebrantar el libre albedrío y la capacidad de los hombres a pensar por cuenta propia” (Eduardo Lizalde, “Algo más que un mal sueño”).


La irracionalidad en la política colombiana a lo largo de los últimos setenta años, no se ha revestido del ropaje prestigioso de grandes filósofos como ocurrió en Italia y en Alemania con el fascismo y el nacionalsocialismo, a lo sumo se expresó en versiones de un dudoso intelectualismo conocido como “Greco-caldense” durante el período de la violencia bipartidista de la década de los cincuenta del siglo pasado, y del cual nacieron consignas que llamaban a las masas conservadoras a “la acción intrépida” y “al atentado personal” que parecían aludir al “Slogan” Mussoliniano del “vivere periculosamente” (vivir en situación de riesgo) y su concepción de la guerra y la violencia como los medios de realización del “ser” hombre. Al tiempo que se lanzaban estos llamamientos a la irracionalidad, el jefe del conservatismo Laureano Gómez convocaba a sus huestes a “hacer invivible la República”, en un acto supremo de la sin razón política.


Importa recordar estos hechos– sin que podamos detenernos en el detalle de sus aspectos más trágicos y dolorosos– porque las palabras que llaman a la guerra, esto es, a la más grande irracionalidad de los seres humanos, nunca resultan inanes y sin consecuencias.


El antecedente más significativo de los tiempos de sin razón que estamos viviendo en nuestro país, sin duda lo constituyó la derrota en las urnas del plebiscito que pretendía darle respaldo ciudadano a los acuerdos suscritos entre el gobierno de la época y la guerrilla de las FARC. A este resultado contribuyó una oposición fanatizada, como más tarde lo reconoció el jefe del debate por el voto negativo a los acuerdos. Porque era necesario para el hoy partido de gobierno que dichos acuerdos fracasaran, “hacerlos trizas” como lo proclamó Fernando Londoño uno de sus más caracterizados voceros. Para este sector, la guerra, que había catapultado a su líder, debía continuar pues como lo sostuvo precisamente Lukács: “desde Hitler la preparación de la guerra constituye la gran fuerza encaminada a destruir la razón…” y la destrucción de la razón, como ocurrió en el pasado y como ocurre hoy, es indispensable para cimentar en la gente el temor y el miedo que conduce a la demanda y sumisión al líder-salvador que promete restablecer el orden.


Así, los sentimientos del temor y el miedo se constituyen en los factores de los cuales el viejo fascismo y el actual, extraen la legitimidad que necesitaron y que necesitan hoy para conquistar y mantener su dominación política sobre la sociedad.


En contra de esa perspectiva alienante y antidemocrática, la ciudadanía liderada por su juventud, desconociendo la irracionalidad de la violencia vandálica, se viene manifestando en las calles de todas las ciudades del país por la recuperación de la racionalidad en la conducción de la política. Proclama su derecho a remover a una vieja dirigencia, cada vez más inepta en la conducción de los destinos comunes, sin objetivos capaces de despertar las esperanzas y responder a los anhelos colectivos y sustentada tan sólo en la fuerza del autoritarismo militarista y en la más desvergonzada corrupción. Esta ciudadanía movilizada “ya no podrá renunciar al derecho a vivir en una sociedad gobernada racionalmente y no en medio del caos [las masacres] y la locura de la guerra”.

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