• Columna 7

EL 20 DE JULIO, ¿CELEBRACIÓN DE LA INDEPENDENCIA DE COLOMBIA?

Por: Álvaro Echeverri Uruburu.


“ El conocimiento de la historia nos hace libres y críticos”.

E. Nino.


Las grandes manifestaciones antirracistas que vienen produciéndose en distintos países a raíz del asesinato de George Floyd a manos de un agente de policía de Minneapolis, Estados Unidos, han desencadenado un movimiento de revisionismo histórico que busca derrocar de sus pedestales, tanto físicos como simbólicos, a personajes del pasado que, de acuerdo con las valoraciones éticas del presente, no merecen ningún reconocimiento de parte de los hombres de hoy y menos la sacralización de la gloria que la historia otorga.


Así han caído las estatuas de reconocidos esclavistas británicos del siglo XVIII, la del jefe de los confederados del sur de Estados Unidos que dirigió la guerra civil de 1861 contra la Unión Americana para impedir la liberación de los esclavos negros promovida por el presidente Abraham Lincoln. De este movimiento neo-iconoclasta no se han salvado los monumentos de Cristóbal Colón e incluso, de uno de los “Padres fundadores” de los Estados Unidos, Alexander Hamilton, quien defendió en la Constitución de ese país la institución de la esclavitud.


Por poco no se salva de la furia antirracista la Estatua de Winston Churchill- que nunca disimuló su carácter supremacista racial al llamar por ejemplo a Gandhi, “Faquir desnudo”- situada en Parliament Square de Londres.


En Colombia desde la década de los sesenta del siglo pasado, sin muchos aspavientos hemos venido practicando una profilaxis iconoclasta, en realidad una crítica científica a nuestra historia que ha permitido derribar viejos mitos y falsos héroes del pasado construidos por la historiografía oficial. Mario Arrubla, Luis Eduardo Nieto Arteta, Indalecio Liévano Aguirre, Germán Colmenares, Jorge Orlando Melo, Álvaro Tirado Mejía, entre otros académicos han hecho parte de este movimiento de revisionismo histórico- crítico.


Dicho movimiento, infortunadamente, no ha tenido toda la trascendencia que merece, entre otras razones por la pérdida en la Cultura Nacional del valor de la historia, como lo demuestra la supresión de la cátedra de esta ciencia en los planes de estudio del bachillerato, en un intento, que no vacilaríamos en calificar de intencional de parte de los distintos gobiernos, de arrebatarles el derecho a la memoria del pasado a las nuevas generaciones para que estas no conozcan el veredicto de ella, la historia, que, como juez implacable señala culpas y responsabilidades a muchos, héroes del pasado, líderes y dirigentes nacionales sacralizados por un historicismo acrítico.


Uno de los acontecimientos de la historia nacional mayormente mitificados y peor aún, falsificados, son los ocurridos durante el mal llamado “Grito de Independencia de 1810” y los que se sucedieron en los días posteriores.


El apresamiento del Rey español, Fernando VII, por Napoleón en 1808, generó en toda la península el llamado “movimiento juntista”, que consistió en la creación de Juntas de gobierno en las distintas ciudades españolas que entraron a ejercer el poder en nombre y reemplazo del monarca ausente y prisionero.


Este movimiento comenzó a ser imitado en las colonias españolas en América, siendo la “Junta de gobierno de Caracas”, constituida en abril de 1810, una de las primeras en este continente.


En la Nueva Granada, la élite santafereña, conformada por hacendados esclavistas y comerciantes, buscaron imitar la experiencia caraqueña proponiéndose crear una junta de gobierno, pero sometida en todo caso a la anuencia del representante del poder español, el Virrey Antonio Amar y Borbón. Este se mostró con todo reacio a dar la aprobación a la iniciativa de la élite criolla.


Por tal motivo, algunos miembros de esa élite, reunidos en el observatorio astronómico que dirigía Francisco José de Caldas, fraguaron el plan de procurar un gran tumulto por medio de la provocación que efectuarían los Hermanos Morales al español José González Llorente a raíz de la solicitud del famoso florero- que no debería llamarse por tanto “El florero de Llorente sino de González- pasada la refriega inicial con expresiones airadas contra los españoles por parte de algunos transeúntes, la mayoría de las personas que se encontraban en la Plaza Mayor, comenzaron a abandonar la ciudad. Es entonces cuando José Acevedo y Gómez trata de impedir que esto ocurra y motiva al pueblo para que exija al Virrey la convocatoria de un Cabildo abierto, donde, de acuerdo con el plan trazado el día anterior, se aprobaría la conformación de una junta de gobierno. Pero las célebres expresiones de Acevedo y Gómez que recoge la historia de “Los Grillos y cadenas que os esperan”, las pronuncia ante una plaza semivacía. Para finales de la tarde el plan de los conjurados parece condenado al fracaso y la imagen de Acevedo y Gómez falsamente protagonista como “Tribuno del pueblo” se desvanece.


Es la movilización de los barrios populares de Santa Fe, motivada y dirigida por un joven entusiasta José María Carbonell- que los relatos oficiales han relegado a las penumbras de la historia- la que provoca un giro definitivo en los acontecimientos. Los sectores populares de la periferia urbana al grito de “Cabildo abierto”, asaltan las residencias de los oidores de la Real Audiencia más odiados por el pueblo, lo mismo que los negocios de los comerciantes españoles.


La gravedad de estos hechos obliga el Virrey Amar y Borbón a negociar con la élite criolla. De estas negociaciones saldrá la conformación de la Suprema Junta de gobierno de Santa Fe, presidida por el propio Virrey y como Vicepresidente José Miguel Pey, hijo del Oidor que había redactado la sentencia de muerte del Caudillo comunero José Antonio Galán.


El acta que recoge este acuerdo, falsamente ha sido llamada de La Independencia. Contrariamente en ella se reconocen “los derechos de la corona española y la dependencia del Virreinato de la Nueva Granada a la metrópoli”.


Camilo Torres y Tenorio había definido claramente el carácter del movimiento que había de dar lugar a la constitución de la Junta Suprema, cuando señaló que esta nada tenía que ver con los “Libertinos de Francia, conservándose fieles a Fernando VII”.


En conclusión ni “grito” ni “Independencia”, pues las masas animadas por Carbonell lo que gritaban era “Cabildo abierto”; ni independencia, pues el Acta así llamada consagró todo lo contrario, el reforzamiento de la fidelidad al dominio español.


La ausencia de propósitos independentistas en la élite criolla se demuestra todavía más, cuando el día 23 de julio la Suprema Junta de gobierno hace colocar en el edificio del Cabildo un enorme retrato de Fernando VII, al cual rinden honores todos los miembros de la Junta. Todavía más: el 6 de agosto siguiente, la misma Junta organiza la celebración de” La conquista española”.


En síntesis cabe pues, la pregunta ¿por qué celebramos los 20 de julio de todos los años como el día de la independencia nacional?


De acuerdo con los datos históricos plenamente confiables, no tienen justificación la celebración del 20 de julio como fiesta nacional, porque la independencia sólo será proclamada realmente en la Constitución de Cundinamarca de 1812, promovida por Antonio Nariño y apoyada en una nueva movilización popular dirigida, otra vez, por José María Carbonell, verdadero protagonista de la independencia.


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