• Columna 7

EL ÚLTIMO CACIQUE

Por: Pedro Luis González.


A sus escasos 5 años Manuel Quintín Lame (1880-1967) tuvo que presenciar como su pequeña hermana muda era violada por soldados liberales, ese fue el primer contacto que tuvo el indio con la civilización que trae consigo la guerra y la barbarie. Fue este cruel suceso en los albores de su vida lo que lo arrojó a los brazos abiertos de su tío materno quien, entre cuentos de fantasía y miedo, entre hadas y brujas malvadas, con la ayuda de la naturaleza, palos, hojas y tierra, le enseño los principios de la lectura y escritura, algo que a lo largo de su vida acrecentaría su leyenda como un indio docto en las letras, escudo este para proteger a su gente del abuso y el oprobio. En la adolescencia la muerte visitó a su familia nuevamente. Su hermano Feliciano fue apresado por tropas liberales que luego de torturado fue mutilado a machetazos. El recuerdo de su hermano fue la principal lanza que lo arrojó al ejercito participando en la guerra de los mil días.


Al término de la guerra Quintín volvió a su terrazgo, ese pedazo de tierra al cual debía cultivar y pagar a su dueño. Esa tierra que pertenecía a sus ancestros, él ahora tenía que pagar por pisarla, algo que poco a poco fue minando en su interior un gran resentimiento hacía esa gente que comparada con su sangre Nasa, acababa de llegar y los había relegado a ser simples esclavos. Estaba determinado a cambiar ese ominoso trato. Consultó abogados, letrados, expertos en leyes, los cuales basados en las normas le decían que nada se podía hacer. Esas tierras eran legítimas propiedades de los hacendados.


Con código civil en mano, el inconforme indio fue casa por casa, puerta por puerta, hombre por hombre, proporcionando información vital en defensa de los derechos de los indígenas que no debían soportar los tratos inhumanos de los cuales eran destinatarios por desconocimiento de la ley, al principio no fue bien recibido pero la consistencia venció al tedio y al rechazo, así logró el reconocimiento de los suyos que más atentamente lo escuchaban cual profeta.


Cuando los indígenas se negaron a seguir pagando el insufrible e injusto terraje (impuesto), comenzó la cacería por parte de los amos de las tierras, se apresaron a los desobedientes, actos estos que más adelante abrirían la puerta del congreso al jefe indio para presentar en más de una ocasión sus quejas ante ministros y altos mandos en Bogotá, quienes los llenaron de falsas promesas y acuerdos estériles. A su regreso a las tierras en disputa (Tolima, Huila, Cuaca y Valle) el escuchado por todos decidió que su gente debía levantarse y organizar sus tierras para así crear su propia patria, pero el plan fue revelado, lo cual lo llevo a la cárcel, una de las 108 veces que estaría recluido, donde sería torturado, vejado y humillado. Contra él se abrieron más de 2000 procesos, asumiendo su propia defensa ante jueces y fiscales. Jamás confiaría su libertad al extranjero que le había usurpado las tierras que por derecho ancestral le correspondían. En vista de que el diálogo no daba los resultados esperados el líder tribal decidió armar a su gente y luchar por las tierras, dando inicio a una espiral de guerra donde casi siempre salía perdedor, decenas de sus hermanos quedarían como abono para la tierra, las balas del enemigo eran más certeras, estaba en desventaja. No podía rendirse.


«Una columna formará el día de mañana un puñado de indígenas para reivindicar sus derechos.».


Esa fue la sentencia que daría inicio después de su muerte al movimiento armado que llevó su nombre, convirtiéndose así en la primera guerrilla indígena (1980-1991) de América Latina, cuya finalidad era luchar contra el recorte y la recuperación de sus tierras, constitución de nuevos y ampliación de sus resguardos, así como el derecho de auto organización de sus comunidades, y el desprecio hacia otros grupos guerrilleros que buscaban reclutarlos. Muestra fidedigna de que la lucha sigue, el reclamo persiste, un grito en el vacío en busca de unos oídos esquivos.


El legado de Quintín Lame es hoy más palpable que nunca en las comunidades en las que marcó su huella, escuelas, cabildos, gobernaciones indígenas son hoy posibles gracias a su lucha. En el congreso hay presencia indígena, algo que fue bandera de las exigencias de su movimiento. Manuel Quintín Lame fue y es causa viva, reivindicación latente, un patrimonio que es escuchado y amado por todos aquellos que en su nombre ansiamos el derecho que fue cercenado hace 500 años, una lucha que ahora es en el campo de las ideas pero que no deja cuartel. Los usurpadores hoy como ayer se cobijan bajo la ley, esa barrera creada por ellos mismos, para su propio beneficio y que sin proponérselo aviva aún más el recuerdo y la lucha del último cacique.


El indio díscolo observa el árbol, conversa con el oso, aprende del jaguar, siente que vuela como el cóndor. Antes de terminar el día regresa a su choza, sabe que la lucha no ha terminado, que no será fácil. El hombre blanco nunca reconocerá su error, no dará justicia, solo dolor, engaño y traición. A sus 87 años sus huesos le hieren, su visión no es la misma, la vitalidad lo abandona poco a poco, se duerme. No despertará jamás.


«Estas tierras son exclusiva propiedad que dio el juez omnipotente a nuestros primeros padres, lo de los indios, de la cual eran dueños y señores hasta el 12 de octubre del año de 1492, quien hubiera dicho entonces sin temer a la locura, que más tarde unos huéspedes ambiciosos habían de constituirse dueños de nuestra adorada tierra, a estos se les apoya el mal, y a nosotros se nos niega la justicia, como ha pasado, y que ninguna de las sociedades llamadas por la ley para elaborar justicia vuelva una mirada de amparo para consolar nuestros sufrimientos, por graves y gravísimos que sean los crímenes que contra nosotros comenten los usurpadores, que en compañía de aquellos disfrutan del resultado de sus crímenes. La sagrada doctrina de la ley para esto no es más que letra muerta y sin valor alguno.»

Quintín Lame.


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