• Columna 7

DULCE ET DECORUM…

Por: Marcos Rafael Rosado Garrido.


…est pro patria mori (Dulce y honorable es morir por la patria) es una expresión del poeta Quinto Horacio Flaco (Venusia-65 Roma-8) inserta en sus Odas, y refiérese a la lucha de Roma contra los partos. Con ella se quiere significar el honor que era para un romano el máximo sacrificio por su urbe, y se extiende para todo caso de muerte luchando por la patria.


La máxima siempre ha estado en mi mente, porque nos la enseñaron una y otra vez en las clases de Cívica e Historia patria en la primaria y el bachillerato. La traigo a colación por el recuerdo de la respuesta que después de un examen me diera un alumno aspirante a abogado a la pregunta de que si él sería capaz de morir por Colombia.


La respuesta del togado en ciernes fue contundente: apartándose de un salto con horror de la reja en la cual se apoyaba, espernancando los ojos sorprendido gritó: “lo último que yo haría sería morir por Colombia profesor”. El examen fue un clon de la personalidad del muchacho y de su posterior respuesta, y obviamente la calificación se pareció también, un contundente 1.0.


Pero tampoco hay que ser extremo pensando que solo muriendo es honroso el servicio prestado a la patria. Sirviéndole desinteresadamente y exponiéndose a recibir como contraprestación el desconocimiento del servicio y de los sacrificios por parte de los compatriotas también se honra quien así sirve. Los ejemplos cunden.


El primero que acude a mi mente es Cristo, pero el Cristo de carne y hueso, el líder político dispuesto a morir por su pueblo luchando contra el imperialismo romano y la propia oligarquía judía aunada con éste. Sabe lo que le espera si pierde: la mors stilatim, la muerte gota a gota, la crucifixión.


Pero se expone por su pueblo, ese mismo pueblo que manipulado por el Sanedrín, el Consejo de ancianos judío, representante de la clase dominante judía aliada de Roma, pedirá que se le ejecute. Todos sabemos que pasó después.


Siglos antes, en la República de Roma, esa misma del S.P.Q.R (El Senado y el pueblo romano), la de la Retirada al Aventino, la Ley Licinia - Sextia y la Ley Publilia, los hermanos Tiberio y Cayo Graco, tribunos de la plebe, elegidos por esta para que defiendan los intereses populares ante el patriciado optimate senatorial, sufrirán los embates de la injusticia y del desagradecimiento ante dos suyas iniciativas plétoras de puro patriotismo y amor a su pueblo.


Su intención de propiciar una reforma agraria que impidiera la ruina del campesinado llamado a filas por las continuas guerras, a manos de los usureros patricios, sería la causa del asesinato de Cayo (121 a. C.) por parte del ejército romano y la clase patricia terrateniente afectada por la posibilidad de aquella reforma. Acuchillado, su cadáver fue lanzado al río junto con los trescientos seguidores suyos.


Posteriormente caería Tiberio (133 a. C.), esta vez a manos del propio pueblo romano, del populus, de la plebs, manipulado por senadores patricios y oficiales del ejército iguales, quienes lo convencieron de la deshonra que sería para cualquier romano que un no nacido en la Urbs pudiera ostentar la ciudadanía romana, ese estado de derecho supremo que incluso en la psicología popular, solo un nacido en Roma podía tener.


Otro en las mismas circunstancias es el Libertador Simón Bolívar, quien plenamente consciente, cuando su sol declinaba, se declaró a sí mismo uno de los más grandes majaderos de la historia junto con Don Quijote de La Mancha y Jesucristo. Narrar las iniquidades, desgracias y desagradecimientos de los cuales fue blanco no hace falta.


Desde atentados, calumnias, motes burlescos (“longaniza”), hasta la decisión del Congreso de Valencia, de no dejarlo ingresar a Venezuela vivo o muerto, demuestran hasta donde puede la memoria de los pueblos, o de las naciones si lo prefieren, quedarse corta o perderse. E ironías del destino, moriría recibiendo asilo en las propiedades de un español, en Santa Marta, la ciudad que junto con Pasto fue fiel hasta el final a S.M el Rey de España.


En los países comunistas también se presenta el fenómeno. Josef Stalin, habiendo heredado el poder supremo en la U.R.S.S a la muerte de V. I .Lenin, industrializado y puesto el país en orden, incluso con métodos non sanctus, conducido a la victoria al pueblo soviético sobre la Alemania hitleriana durante la II Guerra mundial, muerto en 1.953 fue denunciado por el que fuera su comisario político y su sucesor en el gobierno Nikita Krushov, aduciendo errores de conducción militar durante la guerra, culto a la personalidad y exceso de poder.


Sus retratos, estatuas y todo lo que lo representara fueron retiradas en un intento de desvanecer la historia borrando sus imágenes, actividad en la cual los rusos son maestros, y de los cuales parece que los españoles socialistas contemporáneos han aprendido lo suficiente, como para imitarlos derribando monumentos pedestres y ecuestres, y exhumando cadáveres.


Más a la mano, guardando las debidas proporciones y perspectiva históricas, tenemos en América Latina a Alberto Fujimori en el Perú, y a Álvaro Uribe Vélez en Colombia.


Sin panegíricos a uno y otro, pregunto quién podría negar que ambos países estaban al borde de ser Estados fallidos ante la actividad en el Perú de la guerrilla “Sendero Luminoso”, y los grupos guerrilleros colombianos conscientes de su poder y convencidos de la próxima victoria ante la debilidad del ejército nacional y el desprecio mundial por el consentido narcotráfico.


LLegaron en el momento preciso, con apoyo electoral lleno de angustia y esperanza. En el país inca con firme decisión gubernamental, Fujimori consiguió que el Sendero dejara de iluminar, incluyendo la toma de la embajada japonesa en manos de los guerrilleros senderistas, por el ejército peruano.


En Colombia, la decidida acción en el primer cuatrienio uribista, fue decisiva para cierto orden en este país, y para, como señaló alguna vez Mario Vargas Llosa, se ablandara la guerrilla y aceptara sentarse en la mesa de negociaciones en La Habana.


El exceso de poder y confianza recibidos hicieron daño en aquellos mandatarios. Áulicos dañinos, influencia nefasta de familiares, y sociedades que no aprenden, inclinaron la balanza hacia lo condenable. Porque lamentablemente al sopesar lo bueno y lo malo de los gobiernos y funcionarios lo negativo marcará ineludiblemente al sopesado.


Siempre será honroso servir a la patria, en cualquier forma, aun cuando la retribución sea o no sea la merecida. Y, volviendo a la frase de aquel alumno citada al comienzo de este escrito y al examen calificado, se mantiene la nota.

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