• Columna 7

DOCTORITIS AGUDA

Por: Elsie Betancourt.


Los cambios que este siglo ha traído son una de las características de los tiempos modernos, porque antes las cosas cambiaban lentamente. El idioma era lo que menos variaba ya que los escasos movimientos que se efectuaban hacían innecesarias nuevas palabras para expresarlos.


Esa situación era particularmente válida en el interior del país en donde por su aislamiento del resto del mundo, se continuó hablando hasta hace poco como los españoles chapetones con algunas innovaciones: Se saludaba con la expresión: “Ala, mi chino”, poco trillada en la Costa; se usa la palabra “provocar” como sinónimo de “apetecer”, cuando se tienen ganas de un alimento; existe la nueva modalidad de emplear el vocablo “regáleme” en vez de “véndame” algún artículo.

A pesar de la tendencia cosmopolita de nuestra región, ésta también está siendo permeada por el dialecto interiorano. A los maestros y maestras, antes conocidos como “profes” o “seños” hoy en día son docentes o catedráticos; directores técnicos de equipos, entrenadores deportivos o de educación física se les llama profesores, término que puso de moda el hazañoso Maturana.


Otro cambio en nuestra manera de hablar es el de que hoy en día no sólo a los médicos y profesionales se les califica como Doctores, sino también a cualquier guacharaco que use corbata. No es extraño que se sepa tan poco, para que sirve una persona que ha estudiado un doctorado, un “Doctor” de verdad. No está de más recordar, que éstos son los que han dedicado muchos años de estudio, paciencia y disciplina a la investigación y producción de conocimientos, para contribuir a nuestro desarrollo.

Según el Consejo Nacional de Acreditación, en Colombia se gradúan 245 doctores cada año, mientras que en Brasil y Méjico, 12217 y 4655 respectivamente. Estos personajes sueñan con solucionar los problemas del futuro y resultan atrapados en la dictadera de clases y cargos administrativos. Investigar, que es su vocación natural, se convierte en actividad secundaria en un país que está necesitando procesos de desarrollo.


Nos hemos acostumbrado a decirle a cualquier persona importante “Doctor/a” no como una máxima distinción, sino como un reconocimiento popular para alguien destacado. Ese tratamiento, destronó al Señor, Don, Misia y hasta el Sumercé. Lo que más impresiona es que con tantos Doctores de pacotilla, pocos contribuyen al progreso y con sus habilidades de lagartos afectan negativamente nuestro desarrollo.

Ojalá no continuemos saturándonos de éstos y observemos lo que han hecho los exitosos tigres asiáticos al incrementar el número de profesionales técnicos para poder entrar en una real etapa de crecimiento. Por lo pronto comenzaré a dejar de llamarle Doctor a cualquiera; mientras, hay gente que goza de ese status y hasta exige ese tratamiento, sin tener idea de lo que significa ostentar ese titulo.

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