• Columna 7

DESACELERACIÓN DE LA ECONOMÍA TAMBIÉN UNA DECISIÓN PERSONAL

Por: Esperanza Niño Izquierdo.


Sin adentrarnos en el mundo incierto de la economía, que posee tantas teorías salvadoras aplicadas en diferentes países y que han tenido que revaluarse una y otra vez, se nos presenta hoy una teoría que no tiene nada de novedosa pero si muy necesaria y profunda de analizar para nuestro sistema de vida.


En días pasados la Ministra de Minas y Energía de Colombia Irene Vélez, propuso en un foro económico denominado Congreso Nacional de la minería (ACM), la necesidad de hacer un llamado a los países desarrollados a desacelerar los modelos económicos con el propósito de disminuir el acelerado cambio climático del que estamos siendo testigos de excepción.


De inmediato los gremios en cabeza del presidente de ANIF (Asociación Nacional de Instituciones Financieras) Mauricio Santamaría, que no solo desconoce las particularidades y beneficios de la teoría sino que de manera abrupta e irracional saltó sobre la presa para devorarla con comentarios tan insólitos como infantiles: “Es una cosa absurda, sería tanto como pedirle a los equipos de futbol de los demás países que jueguen mal para que Colombia pueda clasificar al mundial”. Argumento con el que quiso ridiculizar la posición de la Ministra. Más peregrina y falaz no puede ser su reacción.


La teoría de la desaceleración no es ajena a ningún ser humano que habita este mundo capitalista. Los pronósticos del crecimiento global llevarán en menos de 40 años al colapso sin precedentes debido al infarto en los recursos naturales y otros fenómenos efecto de la producción industrial a gran escala.


Aplicar la teoría de la desaceleración como decimos, es asunto de todos y cada uno de nosotros. Si fuésemos conscientes del gasto personal, del estilo de vida que llevamos impulsado por la imperiosa necesidad del consumismo instalado en nuestros cerebros envueltos en la bataola propagandística recibida a diario, que nos convierte en seres autómatas incapaces de dejar de consumir.


El llamado de la Ministra no solo está encaminado a que los países frenen el desmedido crecimiento económico sino a que pensemos en la responsabilidad personal de mantener el equilibrio con la naturaleza, volviendo además a rescatar valores comunitarios que hoy han sido devorados por el individualismo y el deseo acumulativo objetal en nuestro entorno.


Llegados los seres humanos a cierta edad, acompañados únicamente de la soledad, se encuentran con un mundo inservible, que nadie quiere, lleno de objetos desuetos, viejos, pasados de moda, atiborrados en sus estantes y muebles, vajillas, jarrones, espejos, ropa, maletas, carteras, zapatos y cuanto elemento acumuló durante su vida, para querer ahora reducir su existencia a lo simple, a lo necesario. Habitar un pequeño lugar, más amable, más intimo con solo aquello que en verdad es vital. Sus costuras, sus pinceles, su taller, sus plantas, su música, los libros que le acompañaron durante años y que nunca regaló, serán entonces los contertulios o su distracción artística según haya acumulado eso sí, sensibilidad con la belleza. Solo eso, lo necesario.


Todo esto nos lleva a repensar y reflexionar seriamente que estamos haciendo con el compromiso social responsable en la reutilización de elementos, en el reciclaje de tantos otros y en regalar aquello que no necesitamos y que otros sí.


Entonces es hora de preguntarnos qué hacemos en los Centros Comerciales cada fin de semana buscando objetos que no necesitamos y que solo los queremos tener por el gusto de poseer. Será entonces cuando debemos recordar aquello que decía el cantautor argentino Alberto Cortez, tan lleno de contenido y que nos hace temblar el espíritu: “Me gusta ir a los centros comerciales solo para ver todo aquello que no necesito, solo necesito una razón para vivir”. Emulando al sabio y filósofo griego Diógenes que siempre que pasaba por el mercado se reía… porque decía “que le causaba mucha gracia y a la vez le hacía muy feliz ver cuantas cosas había en el mercado que él no necesitaba…”.




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